Opinion

“Qualunquismo” o el terror de las clases medias

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Daniel García Monroy

domingo, 17 mayo 2020 | 05:00

De acuerdo al segundo tomo del “Diccionario de Política”, creado por los maestros filósofos italianos: Norberto Bobio, Nicolai Mateucci y Gianfranco Pasquino (Ed, Siglo XXI. 1983), la extraña palabra “Qualunquismo” significa: “una serie de actitudes y comportamientos muy difundidos en los países occidentales… que tienen como sustrato común la exaltación del individuo y de la propiedad, de la promoción del orden y la ley”. El concepto surgió del semanario italiano “Luomo qualunque” (El hombre ordinario) fundado en Roma en 1943, y dirigido por un famoso actor-comediante de la época, llamado Gluglielmo Giannini (vaya cosa, pero claro que nada que ver con nuestro respetable Brozo-mexa).

Siguiendo al excelente diccionario, se establece que este movimiento social estuvo soportado en las clases medias italianas “pequeñoburguesas despolitizadas que habían constituido la masa de maniobra del fascismo” justo a mitad de la segunda guerra mundial; con el animal político Benito Mussolini, feroz líder de la penosa y católica Italia. Luego de una incubación que traspasó el fin de la guerra, el “qualunquismo” llegó a convertirse en partidos políticos, expandiéndose por todo el mundo capitalista, destacándose en Francia, Dinamarca y hasta Estados Unidos. 

Sus máximas líneas de acción fueron el combate contra todas las medidas asistencialistas que los incipientes estados benefactores, establecían a favor de los más pobres, de los ancianos, los enfermos y las madres solteras. Los “qualunquistas” pelearon en buena y mala lid, contra esas políticas de estado que repartían apoyos directos entre los más jodidos por el capitalismo, y en contra-versión, plantearon exigencias de menos impuestos, menos trámites gubernamentales y mayor libertad de comercio y libre empresa. Fue un fenómeno claro del egoísmo individualista de las clases medias atemorizadas ante la posibilidad de caer al nivel social inmediato inferior, siendo que ellos anhelaban --como siempre ha sido--, subir, reptar, trepar en el poder adquisitivo para el consumo de cosas inútiles, tal cual su clase social paradigmática y ejemplar: la alta sociedad de la riqueza del desperdicio, el de la vana vanidad de los lujos fatuos.    

En Estados Unidos en la década de los 60, el “qualunquismo”  asumió la forma de la llamada “mayoría silenciosa”. Las clases medias blancas alarmadas por los movimientos de los estudiantes, los hippies, los protestantes contra el racismo --del black-power-panteras-negras, y la radicalización de los intelectuales y artistas de “izquierda”, que se agrupaban en contra del “establishment” y combatían frontalmente la guerra de Vietnam. El aumento de la criminalidad en todas las urbes norteamericanas, mantenía aterrorizadas a las mujeres y hombres “ordinarios” de la clase media estadounidense. --Paradógicamente, el sistema económico que este sector económico sostiene y apuntala perpetuamente--. El status-quo del más grande imperio moderno atravesaba su mayor prueba de fuego histórica. Y la superó, con toda su tragedia intrínseca, que hoy se demuestra con una pandemia que no puede controlar por su pírrico y desastroso sistema de salud pública. (¿A ese sueño, más bien pesadilla americana queremos llegar?). 

En el México de mediados del siglo pasado el “qualunquismo” pasó de noche. No pudo ser, pues apenas afloraba la clase media nacional, mientras el férreo priísmo presidencialista de la dictablanda perfecta, mantenía el control político “democrático” de sus pobres masas. Pero innegable es que provocaba su surgimiento a un ritmo sorprendente: el del añorado crecimiento del 7 por ciento anual del PIB, ese del internacionalmente reconocido “milagro mexicano”; con su genial sustitución de importaciones. Y entonces se construyeron las clases medias mexicanas.

Hoy en nuestro país las ideas promovidas por el antiguo y desaparecido “qualunquismo” son más que actuales y virulentas. La clase media mexicana es la que más se revela en las redes sociales contra toda forma del estado benefactor. Su encono y miedo se hace cada vez más evidente. No le gusta que el gobierno regale dinero en efectivo a los pobres. Concuerdan con la idea de que todo dinero, todo pago, todo billete debe provenir de las empresas privadas, las pequeñas, las medianas, y las grandes. La distribución de la riqueza debe pasar por las manos, sus gerencias, sus departamentos administrativos y de recursos humanos, que discriminan a los improductivos-tontos y tratan muy bien a los trabajadores y obreros inteligentes e incasables que nunca piden aumento de sueldo. 

Jamás el ogro filantrópico llamado Secretaria de Hacienda, de algún nefasto gobierno populista debe repartir el dinero de nuestros impuestos. Pues sólo regala dinero para obtener votos. La historia del nefasto pripanismo-ejecutivo-federal, ya no existe en sus cerebros, ¿por qué? ¿dónde están sus críticas a ultranza contra los programas Solidaridad, Progresa, Prospera? ¿cómo es que ahora todo es contra del “bienestar”, la actual marca gubernamental del “populismo” repetido, pero más condenable por instituido constitucionalmente?

El nuevo “qualunquismo”, que ha tomado fuerza en esta pandemia, grita a voz en cuello; menos impuestos, menos reglas para poner un negocio, menos burocratismo que nos controle, más libertad para generar la supuesta riqueza que luego les debe caer en monedas como bello rocío celestial y cristiano a las sirvientas, a los jardineros, a las meseras, a los albañiles, a los choferes, a todos los buenos obreros y trabajadores. Más orden y ley, que nos convenga y menos estado benefactor que nos relegue. Los analistas de la comentocracia, casi toda clasemediera, se ve cada vez más “qualunquera” que nunca en este país. Pero será esa la verdad que nos conduzca a un nuevo y mejor orden de cosas. O será peor la ruta del miedo de las clases medias para retrogradarnos a la peor pandemia mental que nos dirija al infierno egoísta, del sálvese el que pueda, la del infierno de todos tan temido.