Opinion

-Así dobla las manitas y se pone el delantal

.

La Columna de El Diario

domingo, 09 febrero 2020 | 05:00

El manazo presidencial en la coordinación para prestar servicios de salud a través del recién creado Instituto de Salud para el Bienestar, no tenía ningún sentido, pero fue producto de la terquedad y cerrazón de quien recibió el castigo.  

 La tempestad de enfermos, muertos y deudas en los hospitales no lo hicieron hincarse, sólo la decisión presidencial. No lo inmutaron ni los niños con cáncer sin medicamentos.

 Parece que Javier Corral no ha terminado de comprender el estado de ánimo del presidente, que no se anda con medias tintas en temas como el Insabi.

 Andrés Manuel lo tiene bien claro. Quiere recuperar el control del manejo en esta materia tan delicada que las administraciones anteriores fueron cediendo paulatinamente, hasta perder, en los hechos, incluso la rectoría, porque las entidades federativas se sentían verdaderamente soberanas, hasta derivar en auténticas ínsulas baratarias de corrupción.

 Se olvida que el tema de la salud es ante todo una obligación federal que en los últimos 30 años ha evolucionado a una descentralización que parecía culminar con la creación del Seguro Popular y sus recursos financieros a los Estados, pero que éstos desaprovecharon por el mal manejo de los recursos, despilfarro y robo vil.

 Medicamentos, construcción, insumos, recursos humanos, etcétera. No había área alguna exenta de los abusos del poder. Hasta tráfico con medicamentos no sólo oncológicos, en hemodinamia y otras especialidades, son el pan de cada día.  

 Ante la indolencia oficial incluso se caen los techos de los Centros de Salud, como ocurrió en uno de los más antiguos y famosos, el localizado en la vieja colonia San Felipe, en la ciudad de Chihuahua. Igual los de Ciudad Juárez.

 Ha documentado la Auditoría Superior de la Federación mal manejo de recursos del extinto Seguro Popular por nueve mil millones de pesos de todas las entidades federativas, en procedimientos que siguen vivos, y que son demostración del desorden imperante.

 No hay cara entonces para argumento alguno por parte de Corral, cuando su secretario de Salud toma recursos federales y se da bonos de 100 mil pesos, o cuando se compra a precios exorbitantes medicamentos a empresas favoritas. ¿Qué le puede decir el gobernador en un cara a cara al mandatario federal al respecto? Nada, más que ponerse el delantal y cocinar pan.

 Pero además, algo que lo debe poner con los pelos de punta es que, recular en el asunto del Insabi, lo expone de nueva cuenta ante los chihuahuenses, que ya lo tienen muy bien medido en el 16 por ciento de aprobación ciudadana.

 El ciudadano común que lo tiene con credibilidad en los suelos, festeja la exhibida de un funcionario testarudo y torpe en la conducción de los asuntos tan delicados de la administración pública, como es el caso de la salud, que depende casi al 100 por ciento del recurso federal.

 Es evidente que el gobernador no es corto de entendederas, sólo que estira la liga hasta niveles en que requiere un “estate quieto”, que Andrés Manuel le aplica con singular alegría. Le hace al vivo, sólo que calcula mal. Nunca ha sido corto el presidente para jalar las orejas y con Corral ya van varias.

 Es público y notorio: no sólo se trata del Insabi, lo mismo ocurre con Seguridad y ahora recientemente, con la presa La Boquilla, y el pago del convenio internacional de aguas con los Estados Unidos. No se diga el asunto de los famosos puentes enanos en Ciudad Juárez.

 En el fondo el diagnóstico es simple. Enredado en sus mentiras y dobles juegos, el gobernador se pasea tomando café con titulares de organismos públicos federales, en sus oficinas en México o en caros restaurantes, pero sin llegar a ningún acuerdo sólido. Es pura grilla sin trabajo.

 Por eso los problemas explotan en su rostro, sólo que ya no hay a quién culpar. López Obrador no es Peña Nieto. Su pecho no es bodega. No le tiembla la mano para darle un zape, con todo respeto. Y es claro que Corral está aprendiendo a tenerle miedo.

 ***

 La crónica del Insabi es un deleite periodístico, sin desconocer el grave drama que se esconde debajo del mismo, porque se juega la salud y el bienestar de la mitad de la población de Chihuahua, esos que menos tienen y menos pueden, a los que Corral se refiere siempre en el discurso, pero que en la realidad no atiende.

 Lo dejó muy claro López Obrador desde la campaña, en su toma de protesta y en el primer año de gobierno: la Federación retomaría el control, auténtica rectoría de la salud, a la cual había renunciado en los hechos desde hace varias décadas.

 La mayoría en el Congreso convirtió la propuesta electoral en ley, con las reformas a mitad del año pasado y su entrada en vigor en 2020. Ha sido entonces un caminar pausado pero firme en el propósito presidencial anunciado, que no debería sorprender a nadie, salvo a Corral.

 El gobernador hizo como que la virgen le hablaba. No atendió con seriedad al asunto, pensando en una negociación que le permitiera continuar con el control de los miles de millones de pesos que la Federación envía anualmente en el presupuesto ordinario para salud, más los millonarios recursos anunciados, cerca de 40 mil millones, que recibirán las entidades con la creación del Insabi. Ni se hable de las comisiones y robos multimillonarios con proveedores.

 Es una bolsa jugosa de dinero que se traduce en proveeduría beneficiada con contratos sin licitación y compras directas, en una danza de dineros fabulosa que hay que retener a toda costa, aún con el débil pretexto de brindar salud de calidad, retórica sin sustento alguno.

 En esos afanes de obtener raja se enredó el gobernador de Chihuahua. Le hizo a la Chimoltrufia: “como dijo una cosa dijo otra” y al final un lacónico texto en red social donde se entrega completito a la decisión presidencial: va con el Insabi como se le había propuesto inicialmente; es decir, la entrega del sistema de salud a la Federación.  

 ***

 Tuvo que llegar la llamada de atención presidencial, como ya ha ocurrido en otras ocasiones muy recientes.

 La seguridad es prueba palpable de la postura sumisa a la que ha llegado finalmente. Es la Federación quien le impone el ritmo y las formas. Ha regañadientes ha tenido que sentarse en la mesa de coordinación -a las cómodas nueve de la mañana-, incluso a tropezones crea una Secretaría exprofeso con un mando palomeado por México.

 El cumplimiento del tratado de aguas con los Estados Unidos es otra muestra de su doble lenguaje, doble juego; aventó a sus diputados para hacer escándalo, pero él no se apareció a las puertas de La Boquilla. En su desfachatez con ese pretexto y el del Insabi se fue toda la semana a la Ciudad de México para nada.

 Los puentes enanos, con una cerrazón inaudita, violentando normas nacionales e internacionales, son otra muestra palpable de su tozudez e ignorancia supina: se empeñó en una altura que hace inviable a la infraestructura vial, a grado tal que debió ser amenazado con el retiro del Fideicomiso de Puentes Fronterizos. Ahora la pagan o con el látigo de su desprecio o persecución administrativa Manuel Sotelo y Andrés Carbajal Casas, quienes pusieron el cascabel al gato.

 Puso en riesgo un logro financiero histórico de los juarenses, que incluso debería estar en manos del ayuntamiento, pero que se apropió igualito que Duarte.

 En este contexto usa y abusa del poder en cuanto puede. El caso de su sobrino Casiano, contratado en gobierno, es un asunto innecesario, que lo retrata de cuerpo completo. Nepotismo puro y llano.

 La severa, dura, reprimenda presidencial, tácita, que se lee en la decisión final del Insabi, viene entonces a coronar lastimosamente a un desubicado funcionario público que se niega a asumir su responsabilidad y que se defiende de la retórica hacia afuera; hacia adentro quisiera salir huyendo y olvidar los peores años de su vida en Palacio de Gobierno. No supo ni quiso saber cómo gobernar y como consecuencia ha obtenido una reprobación por muy poco unánime.