Opinion

-Camina a su fin como el rey desnudo

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GPS / Dominical

domingo, 13 septiembre 2020 | 05:00

En el sistema político mexicano el presidente es el presidente, un tlatoani muy poderoso, más en la popularidad que actualmente posee, que ha caído pero se conserva en niveles de envidia para muchos gobernadores, entre ellos el de Chihuahua.

Tiene un poder metaconstitucional que jamás ha podido ser acotado. Lo advirtieron Felipe Tena, Elisur Arteaga, incluso Miguel Carbonell, doctrinarios del constitucionalismo, a quienes el titular del ejecutivo ni por cultura general conoce.

Habíamos advertido que el gobierno caminaba con extravío sin un líder auténtico y legítimo fuera del indudable triunfo en las urnas. 

Sin brújula alguna pasa lo mismo de la estridencia mediática a ocultarse detrás de los secretarios, como ocurrió el viernes con el responsable de Desarrollo Rural, René Almeida; y el Director de la Aurech, Martín Parga. Ni por error viajó el titular del ejecutivo a la zona del conflicto, menos tomó el micrófono para seguir el enfrentamiento con la federación.

Una pasadita por Sun Tzu hubiera sido muy útil en algún momento de su vida, al menos en su licenciatura a distancia en Sinaloa. Un líder lidera con el ejemplo, no con la fuerza.

Sin apoyo social, teme una nueva andanada presidencial con todos los flancos abiertos que tiene. Su posición es muy débil. No sería el primer gobernador defenestrado por ingobernabilidad. Las presas son estratégicas para el país, se ha dicho una y otra vez desde el púlpito presidencial. 

El agua sólo es un asunto más que de tanto estar estancado apesta. Manoseado de principio a fin, era una bomba de tiempo que está explotando en sus manos.

Y es el motivo que lo coloca como sándwich. Se negó a acordar y acompañar a los agricultores, los despreció e incluso envió a sus fuerzas estatales contra ellos tanto en las presas como en Palacio.

Cerró las puertas de madera de la casa de cantera a piedra y lodo. Soberbio se negó a contestar y reunirse en la cúspide del poder, ahora Andrés Manuel le paga con la misma moneda. El derecho de picaporte se acabó por el momento.

Los campesinos no creen en él; la federación tampoco lo quiere de interlocutor, porque jugó con ellos, se sentó a su mesa, negoció durante largos meses y ahora se hace el inocente.

Las equivocaciones de Conagua y de la Secretaría de Seguridad son también de él, que obsequioso las consintió en sus devaneos de amor político con Blanca Jiménez y Alfonso Durazo.

Salió a la calle contra Peña Nieto, ahora ni de chiste.

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En ese contexto los augurios no son nada buenos para Chihuahua. Los gobernadores que se han peleado con los presidentes nunca han sacado nada bueno para la entidad. Menos cuando les tiemblan las corvas.

Se pusieron los guantes Francisco Barrio con Carlos Salinas y Patricio Martínez con Ernesto Zedillo. Hubo distancias y tibieza de José Reyes con Vicente Fox y de César Duarte con Calderón.

Corral fue complaciente en principio incluso en campaña pese a unos escarceos mediáticos y complicidad con vacío a Ricardo Anaya; utilizó posiciones políticas de pseudo-izquierda, acompañado de algunos personeros en gabinete, pero no podía durar para siempre.

Pendenciero incongruente hasta el tuétano no construyó nada en lo político ni lo institucional más que lo coyuntural. La traición y la mentira como divisa tenía que develarse y Andrés Manuel lo ha expuesto tal y como es.

En los dos extremos termina como el rey desnudo. Pasea entre las gentes sin ropas, pero no es un niño el que lo descubre como en la fábula de Andersen, son sus propias falsedades las que lo exhiben.

Anuncia un millonario plan de obras sin dinero y lo poquito que había lo distribuye de manera discrecional con interés electoral. No le cumple a la burocracia precaria, los deja colgados con su basificación. El bono Covid fue una farsa. 

La seguridad es una ilusión en toda la entidad, operada desde 2016 por exsubordinados de Genaro García Luna. Los empresarios traicionados ante la debacle económica por el Covid, con un semáforo caprichoso que premia y castiga.

Son tantos los asuntos en que ha mostrado un doble discurso, que es insostenible a estas alturas del sexenio asociar con el nuevo amanecer las palabras confianza y congruencia. 

Los números que arrojan las encuestas en cuanto a credibilidad, aun en los mejores casos, están pésimos. No es de extrañar.

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El problema es que la política -lo sabe muy bien porque él lo ha hecho con los ayuntamientos, aun en aquellos pintados de azul a los cuales ha castigado- determina la distribución de recursos. 

La gran bolsa, aún raquítica, sigue siendo federal. Los recursos que por ley corresponden de acuerdo al Convenio de Coordinación seguirán fluyendo en salud, educación, seguridad y las otras ramas de la administración, pero son centavos.

Los pesos determinados con timing político no llegaron con Peña Nieto y tampoco, como vamos, llegaran con López Obrador.

La federación tiene una justificación extraordinaria, la crisis por el Covid y la caída de los ingresos, con una economía en debacle. En el fondo, ya en el discurso político, la ausencia de austeridad y corrupción, que se desliza ya en la prensa nacional en relación al corralismo.

Ese gobernador que viaja en avión y pinta de azules las casetas, al que se refirió el Presidente en una de las mañaneras de esta semana, no es otro que Corral.

Por tanto vendrá una disminución el próximo año en recursos, que se calcula en general para todas las entidades en un 6.5 por ciento en participaciones, pero el Ramo 23 es del 41 por ciento y los convenios del 23, pero podría ser mayor. Sin embargo, ahí no radica el problema. Lo está en las aportaciones palomeadas por la mano presidencial, discrecionalidad pura.

Los hospitales en obra negra están pendientes, las carreteras federales requieren mantenimiento mayor, la deuda a largo y corto plazo con déficit claman por las medidas remediales de fin de año que por las vísperas no llegará. 

En seguridad, la extradición de Duarte, con resoluciones importantes colgadas de un hilo en juzgados de distrito son cruciales. Indudable el vínculo jurisdiccional y político. El gobernador lo sabe porque ha hecho uso de él en exceso.

Es lógico que esté desesperado por el inminente fracaso de un sexenio perdido, poco margen tiene. Aun así, en lugar de atender la emergencia por el agua, mientras los campesinos sangran, lloran a una joven señora en Estación Consuelo, anda con su banderita inaugurando pequeñísimas obras a bordo de alguna de las aeronaves. Eso hizo el viernes. 

Es cierto que el gatillo en Delicias no lo apretó el gobernador, pero mucho hay de su responsabilidad en un problema que pudo haber abanderado desde el principio y prevenido, pero que ninguneó con tufo electoral.

Las inconsistencias en las versiones oficiales en relación con el homicidio de Jessica son indudables y evidentes. Ni así quiso tomar el asunto verdaderamente en sus manos, cuando debió hacerlo, se escurrió la posibilidad como el agua de los chihuahuenses hacia los Estados Unidos.

El responsable de la gobernabilidad es él aunque el asunto del agua sea federal. Pero no quiere entender. Los aires de estadista quedaron en el pasado lejano. 

Mejor no hubiera bajado del atril donde es muy cómodo hablar con irresponsabilidad social, política y económica, muy lejos de la batalla diaria de los ciudadanos, con sueldazos y vinos caros en bohemias interminables. 

Allá puede lucir su traje nuevo sin pudor, en el ambiente cortesano que adora, aquí no lo puede hacer, con Fuente Ovejuna enardecida en busca de justicia. No se ha dado cuenta, pero él es el comendador.