Opinion

-Crónica de las arengas de odio

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La Columna de El Diario
domingo, 11 agosto 2019 | 05:00

Transcurrieron cuatro años desde el primer discurso abierto de Donald Trump con motivo de su aspiración presidencial.

A mediados de junio del 2015, fue enfático y contundente en materia migratoria. No dejó lugar a dudas en cuanto a su pensamiento radical.

“México manda a su gente -a los Estados Unidos-, pero no manda a lo mejor. Están enviando a gente con un montón de problemas... están trayendo drogas, el crimen, a los violadores...”.

Era vitoreado por sus seguidores, ataviados con camisetas con la leyenda “hacer América grande de nuevo”. Era la Quinta Avenida, frente a la Torre Trump, en Nueva York.

Era el inicio de la era Trump, con un discurso incendiario en materia de inmigración, terminante y sin simulación alguna. No tuvo necesidad de presentarse con capucha de KKK; abiertamente y sin tapujos racista.

Iba por la construcción del muro que sus vecinos mexicanos pagarían, aunque ha quedado en quimera, asfixiado presupuestalmente.

Una retórica virulenta para atraer votantes, pero que en los hechos y reproducida a lo largo de un año y medio de campaña y tres años de mandato, es señalada como causa principal de la polarización racial.

Su discurso es generador de estereotipos criminales, que desde la visión de los defensores de derechos humanos y detractores demócratas, no es otra cosa que discurso de odio, que subyace en la terrible agresión fatal en El Paso con un saldo de 22 personas muertas, gran cantidad de heridos y toda una comunidad traumatizada de terror. Coincidentemente después de Walmart fue Dayton, con nueve muertos y casi 30 heridos.

En el transcurso del tiempo, las palabras del entonces aspirante republicano en las elecciones internas presidenciales poco han variado, aún hoy de nuevo en campaña por la reelección en 2020.

Aún más, se han convertido en útil ariete.

Que si con el presidente Peña Nieto encontró débil oposición -incluso lo recibió en Los Pinos-, con López Obrador ha enfrentado una cómoda línea contestataria limitada al formalismo diplomático, más originado en el temor que en una estrategia seria de defensa.

Un muy atento presidente mexicano, que ni con un pétalo de rosa se sale de una línea de respeto en sus conferencias mañaneras, y deja toda la carga en el secretario del exterior Marcelo Ebrard y sus notas diplomáticas.

Más aún, México desplegó miles de efectivos militares en la frontera sur y en los hechos se constituyó como tercer país seguro, invirtiendo millones de pesos en acciones sociales y empleos en los vecinos países centroamericanos.


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Un año después de aquellas palabras, a finales de julio del 2016, Trump había sido ya designado candidato presidencial del Partido Republicano.

Ahora en Cleveland, Ohio, al asumir oficialmente la postulación, se propuso ser el gobernante de la ley y el orden, opción de quienes piensan que el país está fuera de control y anhelan un líder que implemente medidas tajantes, incluso extremas, para protegerlos.

Rindió homenaje a las víctimas de delitos cometidos por inmigrantes indocumentados.

“La primera tarea de mi nueva administración será liberar a nuestros ciudadanos de la delincuencia, el terrorismo y la anarquía que amenazan a sus comunidades”.

Fue un año muy largo, de continuos alardes en el tema migratorio, siempre apuntando a la responsabilidad que estos tienen en materia de inseguridad y pérdida de empleos.

Vino la elección y los resultados que le dieron el triunfo de 304 votos electorales muy por encima de su rival Hillary Clinton, quien paradójicamente recibió dos millones más de votos directos. Fue electo el cuadragésimo quinto presidente norteamericano.

Su toma de protesta, el 20 de enero de 2017, fue escenario discursivo en el que es inevitable no encontrar el tema de inmigración.

La retórica agresiva no se detuvo en ningún momento. 

“El sistema se protegió a sí mismo pero no protegió a los ciudadanos de nuestro país... las madres y los niños atrapados en la pobreza... la delincuencia, las pandillas y las drogas que han robado demasiadas vidas y le han robado a nuestro país tanto potencial desaprovechado... esta masacre termina aquí y ahora....hemos hecho ricos a otros países...”

Y continúa: “una a una las fábricas cerraron... la riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada... a partir de este momento será Estados Unidos primero... beneficiar a los trabajadores estadounidenses… debemos proteger nuestras fronteras de la devastación provocada... la protección conducirá a una gran prosperidad y fuerza”.

Para ello, “seguiremos dos reglas sencillas comprar productos estadounidenses y contratar trabajadores estadounidenses. Cuando se abre el corazón al patriotismo, no hay espacio para los prejuicios. 

Estaremos protegidos por los grandes hombres y mujeres de nuestro ejército y nuestras fuerzas policiales, y lo que es más importante , estamos protegidos por Dios”.

“El tiempo para las palabras huecas se acabo”.


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Efectivamente no perdió tiempo alguno. Unos días después visitó el Departamento de Seguridad Interior.

Sobre el escritorio, todo debidamente preparado, había dos carpetas presidenciales, conteniendo órdenes ejecutivas.

La primera de ellas se refería a la construcción del famoso muro para detener el aumento sin precedentes de la inmigración ilegal, en busca de mejorar la seguridad para México y Estados Unidos, disuadiendo a inmigrantes ilegales y miembros de bandas criminales.

Un muro que sería pagado por México, y que de acuerdo con Nancy Pelossi, la congresista demócrata, costaría no menos de 14 mil millones de dólares.

La segunda de las órdenes era una reducción de recursos federales para las ciudades santuario, que se han convertido en refugio para los inmigrantes, y que se han negado a aplicar a raja-tabla sus medidas adoptadas al respecto.

El presidente no perdía tiempo alguno en lograr sus propósitos, y enviaba un mensaje muy claro de intolerancia.


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Desde el inicio de sus discursos antiinmigrantes, Trump ha sido blanco de críticas severas por defensores de derechos humanos y sus contrincantes políticos. Nada de ello lo ha desviado en su pensamiento.

Más aún, los hechos prueban que la crítica lo impulsa.
 El 2019 inició con un renovado Donald Trump en busca de su reelección. Eligió El Paso, como la primera ciudad del año en su intento electoral.

Fue en febrero cuando se presentó ante sus seguidores para insistir en la construcción del muro y las ventajas para reducir la inseguridad, con cifras de delitos que fueron muy cuestionados.
 Trump se enredó con los datos, cuando El Paso es considerada una de las ciudades más seguras de la Unión Americana.

Pretendió justificar que el muro redujo la violencia.

Hace mes y medio, en Orlando, Florida, al presentar su candidatura a la reelección, se dijo víctima de la mayor cacería de brujas.

Pese a victimizarse, no afloja su discurso radical. Unas horas antes de presentarse ante sus seguidores, insistió en la expulsión de miles de extranjeros ilegales, que “serán retirados tan rápido como llegaron”.

Diez días después, a principios de julio, volvió al ataque mediante su vía favorita, las redes sociales. “Si los inmigrantes ilegales están descontentos con las condiciones de los centros de detención rápidamente construidos y adaptados, dígales que simplemente no vengan, ¡y todos los problemas solucionados!”.

Hace un mes arremetió contra congresistas demócratas -Alexandria Ocasio Cortez, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley- sugiriéndoles que se regresaran a sus países “que son un desastre”. 

Luego sobrevino el fatídico 3 de agosto en Walmart. Se vio obligado a viajar a la ciudad vecina por la inmediata reacción crítica del excongresista y precandidato presidencial demócrata, Beto O´Rourke.

Se tomó fotos y videos con personal del hospital y seguridad, pero la mayoría de las víctimas rehuyó al encuentro. No hubo mensaje para los paseños ni mucho menos para los juarenses.

Una semana después el discurso xenofóbico no se detuvo, y seguramente no se detendrá. En el contexto de las detenciones masivas en Mississippi, el presidente norteamericano insistió contundente: “quiero que la gente sepa que, si vienen a Estados Unidos ilegalmente, se van a ir”.

Una cosa es la obviedad en la aplicación de las leyes en la materia y otra muy distinta seguir azuzando y encabezando en la retórica de odio a los Patrick Crusius para que tomen las armas de asalto y siembren el terror entre los mexicanos, los latinos, los americanos hacia el centro y sur del continente... los que no comparten igual color de piel, religión, idioma y costumbres...