Opinion

-Culiacán al estilo Escobar en Colombia

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La Columna de El Diario
domingo, 20 octubre 2019 | 05:00

Nunca sabremos hasta dónde pudieron convertirse en realidad espantosa las conjeturas del presidente de la República sobre las masacres de civiles que implicaría en Culiacán y otras ciudades de Sinaloa la detención del supuesto capo Ovidio Guzmán, el ahora célebre hijo de “El Chapo”.

Lo único cierto es el poderío tremendo exhibido por el Cártel de Sinaloa y la debilidad proverbial de las instituciones de seguridad pública en el país que reconocieron como fallido el operativo mediante el cual sería detenido “provisionalmente” Ovidio, con “fines de extradición a los Estados Unidos”.

Debió ser políticamente muy doloroso para Andrés Manuel López Obrador reconocer que dio su respaldo a jefes policiacos, civiles y militares para la liberación de Guzmán. 

Se agradece también la sinceridad del secretario de Seguridad, Alfonso Durazo Montaño, pero en lugar de advertir que habrá una investigación interna por el “operativo fallido” contra el capo, debió presentar su renuncia al cargo junto con los jefes de la institución bajo su mando y los propios comandantes del Ejército responsables del fracaso. Se trató de operativo conjunto.

Es evidente que el crimen organizado fue auxiliado con información desde el interior de las corporaciones policiacas, que debe ser sólo una de las líneas de investigación, porque además destaca la imprevisión dolosa en la planeación del operativo y el rompimiento de las líneas de mando en tan delicada operación, sin contar la evidente ruptura en las tareas de inteligencia que hoy sabemos son una nulidad.

Y mientras la infiltración siga, el país continuará bajo fuego de las organizaciones delictivas que suman con AMLO 33 mil 558 homicidios, de los cuales Chihuahua aporta una de las mayores cuotas, con mil 788, así que Javier Corral en lugar de ofrecer apoyo por lo ocurrido en Sinaloa debiera renunciar a su cargo para evitar más muertes ante una estrategia fallida que se ha prolongado ya tres años por incapacidad también en lo local.

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La crónica de lo acontecido el jueves en Culiacán es obligada en sus puntos finos. Pasadas las dos de la tarde ocurrió el operativo en una zona residencial en la localidad de Tres Ríos, una zona conocida por todos como “caliente” en el argot policiaco. 

Ovidio Guzmán López fue “detenido” junto con otras tres personas durante cinco horas, lapso en el cual cientos de hombres armados en tanquetas hechizas sembraron el pánico, protagonizaron balaceras, incendiaron vehículos, asaltaron el penal y liberaron decenas de presos, hicieron suspender operaciones del aeropuerto internacional y retuvieron personal del Ejército y civiles como rehenes para negociar.

En la práctica se apoderaron de la capital del estado de Sinaloa, sede de los poderes estatales y de la representación del Gobierno federal con una población aterrorizada de un millón de habitantes. Mostraron músculo, armamento y decisión inédita.

En medio de esta crisis, el presidente de la República se encontraba de gira en Oaxaca, en vuelo comercial y en vehículos sin blindaje por carretera, y los mandos de seguridad resguardados en bunker en la Ciudad de México, desde donde -a mil 400 kilómetros de distancia- tomaron la decisión de liberar al hijo de “El Chapo” Guzmán, agobiados por la crudeza de los videos que inundaron las benditas redes sociales.

Horas más tarde, ya en la noche, rostro desencajado, junto al secretario de la Defensa y el jefe de la Guardia Nacional, en lo que parece un video casero, sobre una patética mesa apenas con un mantel y una pared desnuda de fondo, Alfonso Durazo leyó de un Ipad un comunicado confuso que sería prácticamente desmentido unas horas después por él mismo, pero ya en Culiacán, en donde estuvo apenas unas horas, para volar de nuevo al confort del centro del país.

En Oaxaca, a las seis de la mañana, ya del viernes, la conferencia de prensa del presidente fue una evasión completa al tema -mirada al piso-, sin detalle alguno -trató de evitar más contradicciones-, más que la aceptación de un respaldo presidencial a la liberación de uno de los hombres más buscados por la DEA norteamericana por el trasiego de droga. Tuvo conocimiento y lo autorizó. Hicieron bien, dijo el presidente, para evitar una masacre.

Antes de concluir dicho encuentro presidencial con medios en el sureste mexicano, en Sinaloa se enfrentaron Durazo y los jefes militares, a una ríspida reunión con representantes de medios casi exclusivamente culichis, donde les llovió sobre mojado. No pudieron explicar fehacientemente las partes torales del operativo, ambigüedades mil.

Los temas neurálgicos en cuestión, fueron la liberación de Ovidio y la negociación de trasfondo, la improvisación del operativo, el rompimiento del mando e información en una aprehensión de un capo de alto nivel, la ausencia de planeación estratégica, nula inteligencia, falta del elemento mínimo indispensable -insólito- orden de aprehensión y cateo judicial. Ternura a más no poder.

Fue demoledora la metralla de cuestionamientos de la prensa sinaloense, en la cual, incluso, terminaron por escucharse adjetivos de cobardía, vergüenza y renuncia. El gobernador Quirino Ordaz se removía en su asiento. A sus espaldas el logotipo de su gobierno. No había ningún logo de la SSP, ni de la 4T, ni del Gobierno de México con los héroes patrios. Se hablaba al oído Ordaz continuamente con Durazo. Luis Crescencio Sandoval perdía la paciencia en momentos. Fue otra vez un caos de comunicación.

Los días aciagos siguieron con la prensa nacional e internacional, que criticó sumisión y humillación de las fuerzas policiacas y las armadas, doblegadas por un joven capo que no llega a los 30 años, que por su captura pírrica y momentánea puso en jaque a la seguridad nacional. Fue una extorsión lisa y llana al estilo de Escobar en Colombia.

Hay un ingrediente que a largo plazo tendrá un costo en la confianza y credibilidad mexicana: Ovidio es reclamado por Estados Unidos, fue detenido, interrogado por cinco horas y después liberado.

No estarán muy conformes los mandos militares y de inteligencia norteamericana antidrogas, en un asunto donde fueron relegados de cualquier cooperación. Trump feliz, tiene un elemento adicional de presión.

Como epílogo y como si hiciera falta en este cuadro bizarro, en el Club de Periodistas ubicado en la Ciudad de México, en una antigua casona porfirista, a unas cuadras de Palacio Nacional, los abogados de la familia Guzmán aparecen encorbatados agradeciendo al presidente haber respetado la vida e integridad de Ovidio, y ofrecen reparar los daños ocasionados. Es más, anuncian la construcción y sostenimiento de una universidad.

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En ese contexto de un operativo fallido, el gobernador de Chihuahua, Javier Corral apareció maliciosamente para ofrecer su apoyo al presidente Andrés Manuel López Obrador, con quien habló por teléfono, anunciando que se han tomado medidas de seguridad, que no es otra cosa -desafortunadamente- que discurso.

Chihuahua se encuentra incendiada desde hace tres años ya. Lo acontecido en Culiacán es lo mismo -guardadas las proporciones- que ocurre en nuestra entidad, con una ausencia de coordinación, filtraciones, acciones aisladas, celos y recelos entre mandos policiales y el Ejército.

El burocratismo y corrupción de los que se duele Alfonso Durazo para explicar su incapacidad, es lo mismo que invade a la operación de seguridad en Chihuahua, colgada sobre alfileres con el agravante de un gobernador aislado de la responsabilidad de gobernar -con graves problemas incluso en su partido- y que en una posición caprichosa protege en el mando de policía a Óscar Aparicio, cuando es el retrato vivo de esa irresponsabilidad que en Culiacán arrastró al fracaso una acción que pudo darle al Gobierno federal un bono de confianza.

Es el jefe de la Comisión Estatal de Seguridad ejemplo de esos rescoldos de la Policía Federal, a la cual en repetidas ocasiones se refirió el secretario de la Defensa en el trabalenguas para distinguir improvisación de precipitación, de un piquete de agentes antinarcóticos mexicanos asociados con Guardia Nacional, que le pegaron al avispero sin saber -aparentemente- lo que hacían.

De ese tamaño.