Opinion

-Echar mentiras ya parece enfermedad

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GPS / Columna

miércoles, 12 febrero 2020 | 05:00

-Choferes hacen lo que les pega en gana

-Qué creen?...Ya no hay fotos para Aparicio

-Todos contra Joaquín Sotelo...

 

Es de plano una especie de enfermedad que lleva a la distorsión de la realidad, pero hay una negación completa a aceptar los hechos ocurridos el fin de semana en conocido y cómodo hotel, en Juárez.

Ahí el gobernador, Javier Corral, se presentó a un acto partidista, en horas que no son de oficina, pero haciendo uso de todo el aparato del estado con todo el desparpajo posible. Por menos que ello -por un oficio- un Secretario de Ayuntamiento serrano pisó la cárcel durante casi un año en tiempos de Francisco Barrio.

Los vehículos oficiales lucieron por doquier.

Existen testigos sobre las expresiones de Escamilla, auténticas amenazas a un compañero de El Diario para impedir la búsqueda de información. 

Lo corrió de un área pública del señalado hostal.

El jefe de escoltas convertido en un energúmeno, encaró al periodista, sin importar la presencia de varias personas. Desfachatez y sordo abuso de autoridad.

Es de risa por supuesto que se nieguen los acontecimientos con una facilidad pasmosa, en una conferencia de prensa como lo hizo Corral.

Pasa por encima de los principios de libertad de expresión, desde Chapultepec, allá en la década de los noventas, hasta la declaración de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos en la materia.

Al respecto no tiene desperdicio el principio segundo de la mencionada declaración de principios sobre libertad de expresión, que estipula que “toda persona tiene el derecho a buscar, recibir y difundir información y opiniones libremente en los términos que estipula el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos”.

Ello sin distingo alguno ni discriminación, por ningún motivo, entre ellos, “por opiniones políticas o de cualquier índole”.

No hay pierde al respecto. La violación flagrante a la libre expresión de las ideas y al ejercicio periodístico fue patente, rematado con adjetivos mil y acusaciones sin sustento en la comparecencia ante los medios de comunicación, como para dejar evidencia palpable de tal conducta.

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Está convertido el transporte público en un pingüe negocio sin revisión ni control alguno. Hacen los choferes lo que les pega la gana en la impunidad más rampante.

Ahora ya ni siquiera prenden el aire acondicionado o la calefacción, lo cual convierte a las unidades en verdaderas latas de sardina en las horas pico.

La imagen que le mostramos es precisamente de una de esas unidades que circulan por la ruta troncal, donde se supone que existen mejores condiciones de servicio.

Pero es una ilusión. Nos dicen que era cerca de la una de la tarde de uno de estos días en que hizo bastante calor en este clima cambiante, las personas hacinadas arriba del vehículo, enchamarrados y sin aire acondicionado.

El contexto de esta situación es la disputa por el aumento a la tarifa a través de una ley de transporte que provocó manifestaciones de los concesionarios.

Una ley que de poco beneficio será para los miles de usuarios, que deben soportar condiciones infrahumanas, mientras legisladores juegan a hacer como que trabajan, y lo que se requiere es auténtica voluntad para meter al orden a los choferes y concesionarios como responsables finales.

Esa ley es un auténtico albazo que poco aporta en los hechos a la mejora del transporte, con antecedentes de opacidad muy lejanos de cualquier propósito positivo.

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Dos cosillas para el anecdotario en las mesas de coordinación de seguridad que de manera rimbombante se llama reunión del Grupo de Coordinación para la Construcción de la Paz en Juárez, del pasado lunes.

El primero, que el gobernador no llegó puntual como es su costumbre. El horario, como sabemos, se modificó por su propuesta e insistencia, en un pleito que obligó a Presidencia de la República a evidenciarlo en una de las mañaneras con gráficas de incumplimiento que lo dejaron muy mal parado.

Entonces, ni a las seis, ni a las siete ni a las nueve. No hay horario que le acomode.

El segundo, que hizo falta un invitado que ya se había acostumbrado a las fotos y al café a con cargo a la mesa de seguridad. Pocas veces faltaba.

Se trata de Oscar Aparicio, el titular de la Comisión Estatal de Seguridad, que como se aprecia en las imágenes que circuló profusamente la Coordinación de Comunicación Social, no aparece en ninguna de ellas.

Antes dado a las selfies y fotos con su jefe, Aparicio desapareció del radar. Ahora enseguida del gobernador, y dueño de todas los flashazos, el recién estrenado -ahora sí- secretario de seguridad, Emilio García Ruiz, que acaparó reflector, en una pose que le encanta a Aparicio, saludando de mano al Jefe.

No se contentó García con su presencia en la reunión de seguridad, ayer repitió en el gabinete, casi a un lado del gobernador. Rostro adusto que hay quienes vieron como de susto. Del otro, el fiscal general, César Peniche.

Un mensaje de que sus brazos fuertes son la prevención y persecución de los delitos, aspectos en los cuales continúa por la calle de la amargura, con estadísticas para el olvido.

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Fue una auténtica bomba el proyecto de Marco Emiliano Anchondo en relación al cochinero judicial porque no dejó títere con cabeza.

La ponencia no fue sometida a votación y se utilizó un subterfugio, en el más completo desorden, con gritos y sombrerazos, para que en una nueva sesión del pleno del Tribunal Superior de Justicia, se presente uno o más proyectos.

Dejó muy en claro Anchondo, en más de 20 páginas de un documento de 80, el desaseo en la selección de jueces, que contamina no sólo el proceso de quien presentó el recurso, sino toda la elección en las distintas ramas.

Tanto se caldeó el tema que hubo señalamientos directos, con epítetos mil, contra Joaquín Sotelo, a quien inclusive se propuso, casi casi, quemar en leña verde. 

Impensable en otros tiempos de activismo partidario por parte del ahora magistrado Luis Villegas Montes, punta de lanza contra el Consejero. Antiético y mentiroso fue lo menos que le lanzó.

Hasta a la chunga -pese a la seriedad que implica- se prestó el tema enviado al final de la sesión, entre el público asistente.

De ese pelo.