Opinion

-La hipocresía del diezmo subido al 20 por ciento

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GPS / Dominical

domingo, 26 septiembre 2021 | 05:00

Desde donde se encuentre, en su retiro introspectivo, dándose golpes de pecho por todo lo que no hizo, Javier Corral mastica uno por uno sus actos de gobierno, tratando de encontrar respuesta a su rotundo fracaso, cuando la explicación está a la vuelta de la esquina. Fue un vil engaño de principio a fin.

A mitad de la administración tuvo un destello de luz y volteó hacia la cruda realidad que le gritaba la ausencia de obras necesarísimas, como los hospitales en Juárez, el de ginecobstetricia en Parral, las carreteras que se caían a pedazos, las escuelas abandonadas, el aeropuerto en Creel.

En todas las áreas de la administración existía necesidad de poner atención a múltiples peticiones que agolpaban el reluciente escritorio, provenientes de todos los sectores de la población, que exigían atención a sus demandas. Pero él siempre hizo oídos sordos.

Se sacó de la manga el Plan de Inversión Estatal, que después de los expedientes equis, se convirtió en su caballito de batalla, con una peligrosísima condición. Contrario al Rey Midas, lo que tocaba el veleidoso mandatario lo convertía en fracaso, porque todo lo que quería resolver con marketing en internet, y peor, basado en mentiras y mentirotas, cacaraqueadas una y mil veces por bots y un millonario gasto en multimedia y redes sociales.

Hizo a un lado a los medios de comunicación tradicionales, los atacó y estereotipó, por las verdades publicadas, que sacaban ronchas y generaban incomodidad insoportable en su delicada piel, hasta hacerlo caer en posturas y actos irascibles, francamente delictuosos contra periodistas y empresas.

Pero las obras requieren necesariamente un administrador, alguien que vea, mínimo supervise. 

Ahí estuvo el detalle. Si no cuidó el derroche de recursos de las tarjetas de débito que usaban a su nombre, y para personal deleite, su secretario particular Pancho “Coty” Muñoz y el jefe de escoltas, Juan Manuel Escamilla, que gastaron millones en viaticada, auténtico insulto a la austeridad, menos le iba a echar un ojo siquiera a la administración en general y al supuesto Plan de Inversión, que terminó en fracaso y en jugoso negocio.

El tiradero de obras, aquellas inconclusas o mal hechas está a la vista de todos, es lo superficial y gravísimo, pero no es lo fundamental en el caso. Lo toral son los presupuestos amañados, las licitaciones dirigidas, la prevalencia -como en el pasado inmediato que siempre criticó hasta el cansancio- de licitaciones directas, y lo más reciente, los sobreprecios muy por encima de lo permitido por ley, como mecanismo tramposo con tufo corrupto.

No es el 10 por ciento famoso, sino el 20 por ciento con el que “extrañamente”, y de manera generalizada, se encuentran la mayoría de las obras concluidas y no concluidas. Es un patrón de comportamiento, casi una cuota religiosamente cumplida.

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Con gran alarde se anunciaron miles de obras con costo histórico de hasta 30 mil millones de pesos en el quinquenio, pero eran puras fanfarrias.

La capital, aquella que en 2016 le dio el triunfo electoral, el asiento de los poderes del Estado, fue maltratada a más no poder, por una simple y sencilla razón: era gobernada por una mujer a la que había qué descarrilar a como diera lugar. Una de esas maneras era castigando el presupuesto de los capitalinos.

A unos metros de Palacio de Gobierno está el mega-foco de infección más grande del estado, miles de metros cúbicos de agua pestilente, pudriéndose desde hace cinco años, por su resistencia a invertir un solo peso en un proyecto que ahora será rescatado por encima de filias y fobias. 

Esa inmundicia fue respirada, día con día, por Corral cuando se despojaba del cubrebocas, pero pudo más su odio que la responsabilidad de gobernante.

Así como le dio la espalda a los chihuahuenses, así hizo con el resto de la entidad, incluidos los privilegiados juarenses, a quienes destinó la mayor cantidad de recursos, pretendiendo impulsar a su delfín morenista, pero con muy mal tino, porque fueron obras impuestas, efectuadas sin el respeto mínimo al Cabildo, con proyectos ejecutivos a medias, ejecutadas, aventadas, como se dice coloquialmente, como “El Borras”.

Ahora sí, con trabajo conjunto, serán revisadas una a una en sus trazos y características, para efectuar las modificaciones que resulten pertinentes con el fin de componer el desorden que no es casualidad, sino consecuencia de un mañoso trasfondo.

Es aquí donde debe entrar la Secretaría de la Función Pública a auditar en primera instancia las miles de obras que se presume fueron desarrolladas durante el último lustro, para sacar la putrefacta basura que se encuentra escondida bajo toneladas de papel y tinta.

Se encontrarán los sabuesos con varias sorpresas, que han venido siendo develadas. Por ejemplo, las licitaciones directas, dándole olímpicamente la vuelta a la ley de obras, o bien, por medio de declarar desierta la primer y segunda convocatoria, por falta de interesados. Otra artimaña era apretar los tiempos al mínimo legal para ahorcar a las empresas que pudieran tener interés, ante la imposibilidad de presentar proyectos sólidos. 

Una más, licitar a un bajo precio, para luego, sobre la marcha, hacer convenientes ajustes.

Esta última mañosada, porque no se le puede llamar de otra manera, es lo que esta semana salió a la luz en boca del nuevo titular de la Secretaría de Obras Públicas, Carlos Aguilar.

Se ha encontrado un incremento hasta del veinte por ciento, parejito, en una gran cantidad de obras que hasta el momento son revisadas.

Si hablamos de 30 mil millones de inversión, pensar en el veinte por ciento es una millonada, una auténtica balandronada, una burla a los chihuahuenses.

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Los golpes de pecho de su discurso inaugural en contra de la corrupción, aquel 4 de octubre del 2016, entraron y salieron por sus oídos apenas pronunció las frases con su engolada pose farisaica.

Con esa misma facilidad decidió que se enmohecieran las obras negras de los hospitales de cancerología y de especialidades en Juárez o que se oxidaran los fierros -que ya son viejos- del teleférico de Parral, o se deteriorara -el costoso y aún sin funcionar- aeropuerto de Creel.

Así con las rodillas emprendió las miles de obras que presumió en su último informe, en cuyas entrañas se alimentó el bicho de la corrupción, que ladino, escondió en el desorden perfectamente ordenado.

Tenía una extraordinaria oportunidad de comportarse como un auténtico estadista, como siempre se soñó, pero en lugar de ello prefirió olvidarse del trabajo rudo, se abrazó de la raqueta, del vino caro y del corte fino de res, en ambientes intelectualoides o mazatlecos.

Ahora tendrá que explicar desde el banquillo de los acusados las irregularidades que están ahí y no son invento de nadie. Sus secretarios y directores traen culpa, pero él es el principal responsable.

Están documentadas la ausencia de proyectos ejecutivos, los sobre precios, los favoritismos, el veinte por ciento de sobre costos. Sin prisas y aspavientos se cocinan los expedientes, sin necesidad de tanta alharaca como él nos tenía acostumbrados. Es la espada de Damocles colgada sobre un fino y delgado hilo.