Opinion

-No tuvo cara para llegar a Juárez ni a Chihuahua

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Columna de El Diario
domingo, 16 junio 2019 | 05:00

Son siete meses del inicio de la administración federal. Empieza a observarse el desgaste y cansancio en el señor presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador.

No sólo en lo físico aparece el agotamiento, como pudimos verlo en Ojinaga, prácticamente recargado sobre el pódium.

También su discurso se desgasta a pasos agigantados. Ahora entendemos por qué no estuvo en Juárez ni en evento público en la ciudad de Chihuahua. No hay nada nuevo qué decir con respecto a la zona franca que afecta a las dos principales poblaciones del estado. Traía los mismos anuncios de hace meses.

Armando Cabada, el independiente alcalde juarense, tuvo que ir a pepenarlo a la Perla del Desierto en busca de oportunidad para intercambiar opinión.

Su buena relación con el superdelegado federal, Juan Carlos Loera, lo llevó hasta allá. No tuvieron la misma suerte líderes sociales ni empresarios afectados por el incumplimiento de AMLO. Ninguna invitación les fue corrida. Por allá en Cuauhtémoc le entregaron una petición para que regrese a Juárez.

El discurso del señor presidente, desafortunadamente, es lo mismo: que va contra la corrupción, el nepotismo, aderezado con el estribillo infaltable, “me canso ganso”, que el público le celebra con risas y aplausos.

Entregó en Ojinaga, Cuauhtémoc y Parral cheques a personas de la tercera edad y jóvenes, en una estrategia clara y efectiva de fortalecimiento de imagen.

De paso, y por no dejar, tocó base en Palacio, sólo para que abuchearan a Corral en las escalinatas, como ya había ocurrido en la visita anterior. “Me da mucha pena”, le dijo sin duda con simulada aflicción López Obrador.

El gobernador mostró su doble discurso, falsa diplomacia, de halagos y abrazos. Hábil, muy hábil, presidente mata gobernador. Le dio atole con el dedo. Nuevas promesas sin asidero alguno.

No vimos al gobernador rijoso o combativo. Vimos al señor sumiso y complaciente, mientras el Estado se le cae a pedazos en seguridad, salud, finanzas, y educación.

El despacho del gobernador se convirtió en una agradable tertulia y obligadas fotos, desplazando la silla, entre el escritorio y el cuadro de Abraham González.

El mensaje político de tal acción es inevitable. Está López Obrador literalmente metido hasta el tuétano en Chihuahua.

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El análisis del discurso del presidente se resume en las grandes líneas generales de estrategia planteadas en el ámbito nacional, con pocos brochazos locales.

Así encontramos el nuevo sistema de salud con medicamentos fuera de cuadro básico y de patente y la regularización de plazas, la reforma educativa, la Guardia Nacional, el reciente incidente con los Estados Unidos en el tema migratorio.

De los temas locales, la zona franca ocupa necesariamente ese espacio, con el régimen fiscal de excepción en materia de Impuesto al Valor Agregado e Impuesto Sobre la Renta. Así como el aumento salarial al doble anunciado desde principios de año y la disminución en el precio de la gasolina.

Pero hasta ahí. Se esperaba un plus, algún anuncio, datos concretos sobre cumplimiento. No hubo detalle porque todo es un relajo.

El problema es que los temas se encuentran muy manejados mediáticamente y en redes sociales. Hay una saturación de información presidencial.

El aporte en la gira no es entonces el contenido del mensaje, sino la presencia física del presidente y su diálogo directo con los ciudadanos.

Sin intermediario alguno, incluso ni de su propio gabinete. Salvo excepciones. María Luisa Albores, de la Secretaría del Bienestar, es el caballito de batalla. Cuida para efectos de Chihuahua sólo al senador, Cruz Pérez Cuéllar. Aparece en todos los presidiums. Su voto es importante en la Cámara Alta.

De ahí en más nadie ni nada entre la temática. Ni el recién estrenado titular del Instituto Nacional de Migración, ni de Relaciones Exteriores, ni de Economía.

No se cumplió entonces la expectativa de que la visita presidencial tuviera un alcance de revisión de la aplicación de la zona franca.

Fue una gira cosmética, de aplauso y porra, con excepciones que se empiezan a visualizar en los diferentes eventos presidenciales.

En Cuauhtémoc se dejaron ver cartulinas de exigencia en materia de seguridad, empleo, educación, obras y salud. Bien cuidado en Parral por Lozoya.

Perdidos allá a la distancia del presídium, los manifestantes identificados como “Antorcha Campesina”, apenas se escuchaban ahogados por la multitud de personas seguidoras y simpatizantes del presidente.

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Lo mismo que en Ojinaga, en Cuauhtémoc y Parral hubo un mensaje de concordia presidencial hacia los opositores políticos.

No hubo discurso del conservadurismo fifí ni el liberalismo rapaz. Presumió el presidente que lo primero que hizo en Chihuahua fue visitar al gobernador en Palacio de Gobierno.

La visita, ya reseñada, poco aporta al anecdotario, más que la rechifla, el grito de “huevón” y la foto desplazando la silla del gobernador.

Por supuesto, los mensajes de Corral a posteriori fueron de esperanza en sacar adelante el proyecto de los hospitales inconclusos, más obra, seguridad, reestructura de deuda, pero sin aterrizar nada.

Puros espejitos.

Así como llegó, sonriente, así salió el presidente de Palacio. Astuto, sabe que prometer no empobrece, y que no habrá recursos adicionales que no sean administrados directamente por la Federación. Lo ha reiterado mil y una vez.

Va por el ejercicio financiero centralizado de salud y educación, recuperando el manejo total de dichos programas, a contra pelo de medio siglo de avance en la cesión de responsabilidades a los estados.

No hay en la Federación ánimo de compartir el ejercicio del poder, ni financiero ni político. Tendrán los gobernadores juego cuando sea necesario, como ocurrió con la estrategia de migración en la zona sur, y como sucedió este fin de semana en Chihuahua.

Tendría un pequeño espacio de juego el gobernador Corral en Parral, ayer cerca de las cinco de la tarde. Pero canceló el panista de último momento. Prefirió Camargo para este domingo, donde gobierna su filial, Arturo Zubía.

Ojalá el cálculo le haya salido bien al gobernador, porque con “El Caballo” Lozoya, alcalde parralense, hay un buen entendimiento político. Veleidoso como es, cambió de opinión de último momento.

En Cuauhtémoc ni soñar su presencia. Sólo de pensar en el presídium le salieron ronchas. Carlos Tena, el alcalde morenista, tiene una larga lista de agravios contra el mandatario estatal.

Para empezar, el obsequio de una orden de aprehensión que lo llevó ante un juez de manera reciente, y lo mantiene en este momento procesado penalmente, siendo alcalde en funciones.

Pero no fue la única razón para evadir Cuauhtémoc, Ojinaga y Parral. La otra razón fue justo su compadre en el presídium, Cruz Pérez Cuéllar, con quien tiene una larga y reciente historia de encontronazos.

En ese sentido, la gira no era nada cómoda para el gobernador. La visita en Palacio, con todo y el grito, le salió barata.

Sólo tuvo que poner camiones del ViveBús de Chihuahua para transportar militares vestidos de civil a Ojinaga y seguramente hacerse cargo de algunos otros arrimadijos, que poco a poco iremos descubriendo.

Una colaboración que a nadie sorprende, pero que se dijo hasta el cansancio habría de terminarse con los eventos faraónicos de culto a la personalidad, acarreos, lonches y matracas.

Y lo que vimos es más de lo mismo.

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Empezamos el recuento de la gira presidencial con la fecha de arranque de la Cuarta Transformación, el pasado 1 de diciembre.

Con un cansancio presidencial, al cual abona mucho el agotamiento natural de la carretera. A Ojinaga, a buena velocidad, son dos horas y media.

El transitar por tierra, con las temperaturas que hemos estado viviendo en los últimos días, particularmente en Ojinaga, convierten a Chihuahua en un infiernillo.

El calor de Tabasco es muy distinto, no se diga el clima templado de la Ciudad de México. Vino el presidente a una zona que hierve no sólo en temperatura, sino en delincuencia.

Los homicidios de las últimas semanas nos colocan de nuevo en escenarios que pensábamos ya superados.

Las mismas zonas visitadas en la gira presidencial soportan ese flagelo todos los días, crímenes sin resolver a plena luz del día, en un trasiego de droga y negocio vil de extorsión sobre el comercio formal e informal.

Más aún, el costo de la vida. El elevado precio de la gasolina, el desempleo y los bajos salarios, la falta de obra pública y un Gobierno estatal en franca quiebra.

Ante ello los discursos estratégicos, de promesas y anuncios de castigos, caen en vacío, aunque arranquen aplausos y sonrisas por las ocurrencias presidenciales, de una comunicación elemental, lisa y llana, muy común, recargado sobre el pódium.   .