Opinion

-Ódianos más... La frase sin cargo de conciencia

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GPS dominical

domingo, 28 junio 2020 | 05:00

El odio por envidia hacia María Eugenia Campos no es gratuito desde la casa principal.

Operó la alcaldesa hombro a hombro con su gente, muy en serio y sin dejar cabo suelto para tumbar la reforma electoral insensata mediante la cual pretendía el gobernador hacer harakiri a su propio partido, y de paso, meter las narices en la selección de candidatos a modo en otros, basado en un superficial pensamiento snob con cariz democrático.

Ella misma entró directamente a la talacha del convencimiento con los diputados(as) del PAN. Con sus propios nudillos tocó puertas para llamar a la razón. No tuvo empacho en hacerlo. Además, ya traía puesto el overol que no ha dejado ni un minuto, velando armas desde la jugarreta armada con el plebiscito.

Otros más fueron convencidos mediante hábil manejo desde la Secretaría del Ayuntamiento, colmillo retorcido de César Jáuregui, con mil batallas en la administración pública y la práctica legislativa. Armó cuarto de guerra con Omar Bazán y Bazán con él.

Son pocos los secretos del cabildeo que se le ocultan a este extracto de todos los caldos mejor condimentados. Ha tejido Jáuregui mil conexiones y lazos de comunicación que han resultado cruciales al momento de construir alianzas. Poder tras el trono en Juárez y Delicias, en su cárdex.

Los diputados de Morena fueron cabildeados a través de la expertiz campirana del originario de Santa Isabel, expresidente del PAN estatal, Mario Vázquez Robles, que tenía y tiene ligas cercanas con algunos legisladores, incluso fuera de su partido, con quienes comparte momentos de luchas anteriores. Es una gente de campo con manejo sin problema en temas rudos. 

Frente a ellos, una clase política construida bajo la comodidad del poder en los últimos sexenios federales, y hoy enquistados en la administración estatal. Han crecido y se han alimentado de la ubre pública sin empacho alguno, de un proyecto a otro, convertidos en séquito real y adulador, sin pensamiento propio más que su interés personal y el de su protector ocasional, quien trató de meter las manos en último momento, con aire de suficiencia y repartiendo regaños a diestra y siniestra, lejos, muy lejos del espíritu panista.

Pensó que el poder era para poder (al fin mimetizado en el duartismo). Que su orden bastaba y era suficiente para pasar por encima de la tradición democrática, discutidora y en ocasiones insurrecta de la base que compone y nutre su partido.

Perdió definitivamente el piso. Iluso pensó que podría engañar a personajes del colmillo de Alfonso Ramírez Cuéllar, el presidente nacional de Morena, incluso con el uso de interpósitas personas, intelectuales orgánicos fifí, enquistados en las filas de izquierda hipócrita, defenestrados todos los días en discurso presidencial. 

Fue el líder morenista muy claro el fin de semana, con mensaje expreso, que sólo Gustavo de la Rosa desobedeció, ya en caída libre prefirió atender su compromiso personal que el colectivo. De ese tamaño fue el despropósito legislativo pretendido.

Los resultados de la votación, 22 a 11, son entonces producto de una operación meticulosa muy lejana a la suerte. Fue el trabajo lo que una vez más edificó, y no la holgazanería insulsa, lúdica, de un poder estatal que se desmorona pese a las mil tenebras fabricadas.

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Ha sido la titular del ayuntamiento capitalino una hormiga en la operación electoral, la que consigue votos, desde aquel lejano 2016, pasando por las terribles y desastrosas intermedias del 2018, donde el corralismo fue barrido, por una ola guinda-morenista y la única ínsula azul fue Chihuahua. Todo lo demás se perdió.

Piensa el gobernador que las mayorías electorales se construyen desde el discurso, ora engolado, parsimonioso y doble, ayer incendiario y lleno de adjetivos agresivos, injuriosos. Se equivoca. Fueron las bases panistas, militante, simpatizante, adherente, ejército azul, que salió a convencer y construir triunfos.

En 2016 la entidad pudo haberse perdido si no hubiera sido por la operación azul, que hoy critica sin detenerse en que gracias a ellos goza de las mieles del poder.

No tenía Corral mayor base social ni condescendencia en la militancia. Había otros personajes con los cuales debía competir para ganar la candidatura, pero prefirió la decisión cupular, cómoda, aquel tres de febrero del 2016 por parte del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PAN. Un odioso dedazo le regaló la postulación.

Su precampaña prendió en el centro y sur del Estado con el apoyo de su partido, que hoy reniega y traiciona. No ganó Juárez como debía haberlo hecho -siendo méxico-norteamericano- ni con el apoyo de los Osorio Chong-Baeza.

La zarandeada de Armando Cabada fue descomunal casi cuatro a uno de diferencia con el PAN, en una candidatura independiente construida en el trabajo cotidiano y permanente del periodismo. Apenas tuvo Corral en la elección a gobernador en Juárez 136 mil votos. Si por esos resultados fuera, habría perdido.

Fue Chihuahua y el resto de los municipios quienes lo sacaron a flote. Eso es lo que no perdona. Subido en el ladrillo piensa que llegó por mérito propio, lejos de la realidad y propio de un megalómano empedernido.

En la Capital, Maru Campos ganó con amplia diferencia e impulsó a los candidatos a diputados. Si en Juárez Cabada ganó con 48 por ciento (200 mil votos), Maru logró el 44 por ciento (154 mil votos). Votaciones de amplia aceptación ciudadana y con repercusión directa en el impulso a la gubernatura.

Cabada le dio cien mil votos a Chacho Barraza en Juárez, Maru le arrimó 183 mil a Corral en Chihuahua, un mundo.

Las elecciones de 2018 tienen igual o mayor importancia, en un contexto de verdadero incendio. Un corralismo en franco declive, obsesionado en persecuciones políticas, empleitado con Presidencia de la República, sin programa de obras, sin recursos, jugando malabares financieros con reestructuras que resultaron a la postre inicuas; inseguridad insoportable, continuas y descaradas deudas a corto plazo.

Hace dos años fue otra vez la operación panista, con Maru a la cabeza, como pudo el régimen estatal sacar la cabeza a flote con una mayoría pírrica en el Congreso. El tsunami morenista acabó con Juárez. Ni un solo distrito pudo ganar el PAN. El ayuntamiento lo refrendó Cabada.

Si no fuera por la militancia partidista que operó en Chihuahua capital y el sur de la entidad, el Congreso no estaría dividido en tercios, sino en una abrumadora mayoría anti PAN. De ese pelo.

Maru de nuevo le arrimó a su partido 200 mil votos, la mitad de los sufragios obtenidos por el PAN a nivel estatal.

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Ódiame más, entonces. Sin remedio. La alcaldesa no hizo otra cosa que operar en defensa propia y de su partido, frente a un personaje que pretendió imponer designios exógenos, extraños, como las primarias y las segundas vueltas, reducción injustificada de regidores y elección directa, más otros arrimadijos convertidos en zanahoria para ilusionar a la fracción morenista que no cayó en el garlito. Costo injustificable en época de austeridad.

Miguel La Torre -presa del síndrome de Estocolmo-, Fernando Álvarez, Roberto Fuentes y Carlos Olson, los operadores de Palacio, fueron simplemente barridos de la escena, por los aventajados ejecutantes de Maru. Vendían -y compraron- espejitos. Se echaron a dormir la siesta, confiados en el tráfico de influencia que otorga la primer magistratura del Estado.

Amenazaron de manera velada, confundieron, trataron de comprar voluntades con cuentas de vidrio y quedaron como auténticos merolicos entremezclados con amanuenses jurídicos.

Corral, desde el mullido sillón en su Palacio, sentado, sin hacer nada, pensó equivocadamente que siendo el gobernador todos habrían de plegarse a sus designios.

Ya en los estertores de la votación, comió con Cabada y con la misma Maru, en fechas diferentes, pero la suerte estaba echada.

Cinco días no son suficientes para desandar un camino errático y fofo de tres años. Los idus de junio son preludio claro y contundente.