Opinion
Parte uno.

12 de octubre: La hazaña marinera y lo negro del descubrimiento

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Héctor García Aguirre

martes, 28 septiembre 2021 | 05:00

“Dentro de veinte años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las que hiciste. Así que suelta las amarras. Navega lejos del puerto seguro. Atrapa los vientos alisios en tus velas. ¡Explora! ¡Sueña! ¡Descubre!” Mark Twain.

El próximo 12 de octubre estaremos conmemorando la llegada de Colón al actual territorio de América. No se puede negar que fue una hazaña marinera nunca antes vista, pero también tuvo su lado oscuro: el del despojo, sometimiento, robo de identidad, privación de libertad y esclavitud. A una y otro les dedicaré estos tres martes hasta llegar al 12 de octubre, día en que soltaré los demonios que inspiraron a Colón y a la Corona Castellana para someter pueblos enteros de nativos.

La cuestión contractual.

Las Capitulaciones de Santa Fe fue un contrato de aventura marítima celebrado entre los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón) y Colón en Santa Fe, Granada, el 7 de abril de 1492. En ellas, los primeros se comprometían a financiar al segundo una expedición a las Indias Orientales (a donde realmente les interesaba era llegar era a Japón, también conocido, en la mitología de la época, como Cipango), navegando hacia occidente, por parecerle a Colón, que siendo la tierra redonda, la ruta sería más corta. Así, previendo que se encontrarían tierras nuevas para España en esa dirección, fue que durante seis o siete meses estuvieron negociando entre unos y otro la descabellada idea de que se podía llegar a las Indias Orientales en rumbo opuesto al que tradicionalmente se navegaba. La Corona de Castilla contribuiría con el financiamiento para la aventura, y Cristóbal Colón con su amplia experiencia náutica.

Las principales cláusulas establecieron la concesión a Colón de los títulos de almirante, virrey y gobernador de todas aquellas islas y tierras firmes que descubriera. Colón podía proponer una terna para que los reyes escogieran a la persona que más les conviniera para el gobierno de esas tierras. También se le concedería un diez por ciento de las riquezas habidas dentro del almirantazgo. Sería el juez de todo pleito que surgiera entre mercaderes dentro de su jurisdicción. Finalmente el genovés podía aportar una octava parte, en calidad de armador, de cuanto navío se construyera, concediéndosele a cambio una octava parte de las ganancias generadas.

La navegación.

Parece ser que la idea de Colón era llegar a Cipango (una región, según la leyenda, pródiga en oro, piedras preciosas y especias) sin tener que rodear el cabo de Buena Esperanza, cruzar el océano Índico ni adentrarse en los archipiélagos aledaños al sureste de Asia hasta Japón. Era una ruta demasiado larga. Sin embargo él tenía la certeza de que la tierra era redonda y que, según sus cálculos, llegar a las Indias Orientales era más corto navegando hacia el occidente que hacia el oriente (nunca imaginó que se le atravesaría un continente). 

Navegando hacia el occidente hay una distancia de unas 15,600 millas náuticas  cruzando el estrecho de Magallanes, y hacia el oriente, rodeando el cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica, aproximadamente 14,400, es decir, una diferencia de 1,200 millas. 1 milla náutica equivale a 1.852 km.

La expedición partió del puerto de Palos de la Frontera el día 3 de agosto de 1492 y llegó a la isla de Guanahaní el día 11 de octubre del mismo año por la noche, es decir, navegó 72 días, o si se quiere mayor precisión para efectos de determinar velocidad, unas 1,728 horas. Si consideramos que la distancia entre el punto de partida y el de llegada es de 3,560 millas náuticas podemos determinar que la velocidad promedio de las carabelas era de unos 2.1 nudos o 3.9 kilómetros por hora. 1 nudo equivale a 1 milla náutica por hora. Así, de haberse actualizado la hipótesis de Colón, hubiera tardado unos 309 días en llegar a Japón, misión materialmente imposible, dada la poca autonomía de almacenamiento de agua y víveres con la que contaban las carabelas, amén de otras dificultades.

Para darnos una idea del tamaño de las carabelas era apenas el de un pesquerito actual. La Pinta era de 15 metros de eslora por 4.6 de manga, la Niña 20x5 y la mayor, la Santa María, de 24x7. La eslora es lo largo de un barco y la manga es la anchura. Con tales dimensiones nos podemos dar una idea de la incomodidad que representaba para sus tripulantes una navegación tan prolongada, pues el barco para el marino lo es todo, como una casa, pero en el caso de las carabelas de Colón, muy en pequeño.  

Entre el 6 y el 11 de octubre se suscitó un motín a bordo de la Santa María que se extendió a las demás carabelas. Lo encabezaron los hermanos Pinzón (Martín Alonso, capitán de la Pinta; Francisco Martín, maestre en la Pinta; y Vicente, capitán de la Niña), dándole a Colón un plazo de 3 días para encontrar tierra, y si no, regresar, según se desprende de testimonios contenidos en los Pleitos Colombinos (larga disputa judicial entre 1508 y 1536 que los herederos de Colón entablaron contra la Corona de Castilla en defensa de los privilegios derivados de las Capitulaciones de Santa Fe). Con tan buena fortuna para el Almirante que el último día del motín por la noche, se escuchó el tan anhelado grito ¡Tierra a la vista…!