Opinion

12 de octubre: la hazaña y lo negro del descubrimiento (segunda parte)

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Héctor García Aguirre

martes, 05 octubre 2021 | 05:00

El desembarco en Guanahaní

El 12 de octubre de 1492 los expedicionarios al mando de Colón desembarcaron en una isla llamada por los nativos Guanahani o Guanahaní, a la que el almirante dio el nombre de San Salvador; actualmente Watling's Island, una de las islas que integran el archipiélago de las Bahamas. 

La posesión injusta de Guanahaní…y de todas las tierras descubiertas.

Guanahaní, como todas las islas y el continente mismo fueron ocupados arbitrariamente por los europeos, mayormente castellanos, en contubernio con la Iglesia Católica. En el caso de Guanahaní, ¡Ojo! se trataba de una isla habitada, tenía dueños, o por lo menos poseedores. La posesión formal y material quedó asentado en dos fuentes primarias consultadas:  el Diario de a bordo e Historia del Almirante. Ambas son congruentes en esa información: "El día viernes que llegaron a una isleta de los Lucayos…vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra…llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha Isla por el Rey y por la Reina sus señores…" 

Resulta verdaderamente grotesca la conducta de Colón al tomar posesión de una tierra ocupada, lo hizo en presencia de los representantes de la Iglesia Católica y los nativos de Guanahaní, quienes en su inocencia no alcanzaron a comprender que esa acción abusiva, los marcaría para siempre. A partir de ahí los naturales fueron cosificados durante tres siglos

Era una tierra ajena, y si bien es cierto estaba en duda qué ley sería aplicable en ese tiempo y lugar, lo cierto es que Colón y quienes participaron en la ocupación eran cristianos, luego entonces debieron tener presentes el octavo y décimo mandamientos de la Ley Mosaica: "No robarás" y "No codiciarás los bienes ajenos. No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo". Pero parece que en aquél momento y lugar a Colón y cómplices se les olvidó su religión y los principios que la rigen.

No sólo posesión abusiva, también privación de la libertad.

El propio Cristóbal Colón toma como un trofeo a los nativos de la isla de Guanahaní, y dice: "Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio… Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuesa Alteza para que aprendan a hablar…" No tuvo empacho el genovés en privar de la libertad a seis seres humanos originarios de Guanahaní. Olvidémonos del Fuero Viejo de Castilla y del Fuero Real de España, que en aquellos años regían en algunas regiones de España como derecho penal y procesal penal, incluso, si se quiere, hagamos abstracción de los mandamientos de la religión cristiana que los expedicionarios profesaban. No, no era cuestión de derecho positivo, pero sí de derecho natural, y éste desde luego tiene que ver con la dignidad de las personas en sus bienes y su libertad. Que fueran nativos ajenos a la maldad de los invasores, no les despojaba de su dignidad.

La ambición suele hacer traidores

La ambición de Colón no quedó sólo en las Capitulaciones de Santa Fe, también quedó de manifiesto al quedarse con la recompensa de diez mil maravedís anuales que los Reyes Católicos ofrecieron, de por vida, a quien primero viera tierra en la osada aventura. Desde luego (como todo lo que "dan" los políticos) no era dinero de los monarcas, correría a cargo de las carnicerías de Córdoba. Esa merced la merecía el sevillano Juan Rodríguez Bermejo (mejor conocido como Rodrigo de Triana). Colón sabía perfectamente quién de sus hombres había visto tierra por primera vez, estaba al corriente que la carabela Pinta, por ser más velera, iba delante de las tres y que en ella navegaba Rodríguez Bermejo, sin embargo ya en España, al regreso del primer viaje, los Reyes Católicos decidieron entregar a Colón la recompensa argumentando "….que había visto la luz en medio de las tinieblas, denotando la luz espiritual que por él era introducida en aquellas obscuridades." (Historia del Almirante, p. 104). Colón, en un acto de honestidad, de ética marinera o respeto por su compañero de navegación no debió haber aceptado lo que no le correspondía. Pero aún más, el almirante cedió ese pago anual a su amante (pareja sentimental, dicen ahora) Beatriz Enríquez de Arana, con quien procreó a Hernando Colón, que a la postre se convertiría en cronista de su padre.

Juan Rodríguez Bermejo era un marinero humilde y no tuvo la capacidad económica ni las relaciones suficientes para entablar un juicio por el reclamo de la merced ofrecida en contra de la Corona de Castilla o contra el propio Cristóbal Colón, como sí tuvieron sus herederos para reclamar el cabal cumplimiento de todas las cláusulas de las Capitulaciones de Santa Fe. No cabe duda, "tanto tienes, tanto vales".