Opinion

26 de diciembre de 1996

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Hesiquio Trevizo

domingo, 27 diciembre 2020 | 05:00

Ciudad Juárez.- Fue entonces cuando comencé a escribir en El Diario. ¡24 años hace! Me impulsó a ello la celebración del Gran Jubileo de los dos mil años de cristianismo al que convocaba J.P.II. El señor Talamás había dejado de escribir; su voz valiente y certera había cesado para no interferir en el ministerio del nuevo obispo. Mensajes del silencio. Además, el acontecimiento del Jubileo ameritaba tratar el tema; algo debemos hacer, es un acontecimiento muy importante como para permanecer en silencio sin compartir la Gran Alegría de los dos mil años del nacimiento de Jesús con todos los que estuvieran al alcance; y qué mejor que El Diario, pensaba. Fui con el entonces jefe de redacción, señor Armando Vélez, y me ofrecí a escribir una columna a la semana. Inmediata y gustosamente me aceptó. Así comenzó esta columna. 

Escribía en aquel mi primer artículo: “Celebramos la fiesta de la Navidad. Y en esta ocasión la Iglesia la celebra en la perspectiva del Gran Jubileo: El bimilenario de nuestra fe. Hace algunos años, pero de forma explícita desde 1994, el Papa actual ha convocado a la Iglesia toda a celebrar el Gran Jubileo del año 2000. Con dicha celebración nos referimos a los dos mil años del nacimiento histórico de “Jesús llamado el Cristo” (Mt.1.16), nos referimos a aquella primera Navidad”. Así comenzaba la primera columna el 26 de diciembre de 1996.

El señor Talamás se alegró de que comenzara yo a escribir y le pedí consejo, ¿cómo le hace usted para escribir?, le pregunté. “Todo nuestro tiempo es tiempo sacerdotal, me dijo, debemos aprovecharlo, jamás desperdiciarlo; cuanto Jesús decía a sus discípulos al oído debían, estos, gritarlo desde las azoteas; ahora los medios son las azoteas desde donde debemos proclamar lo que él nos ha dicho al oído. Por ello debemos orar, pedir luz a Dios, escucharle, antes de sentarse a escribir”. Se requiere, además, inspiración y sudoración.

Hube de aprender redacción y hasta ortografía. El haber hecho el seminario “more antiquo”, old fashion o a la antigüita, mi formación humanística era de primera, con el defecto de la juventud que recibe todo como imposición. La gramática española, al 100; los idiomas clásicos al 100; leer y traducir a los autores griegos y latinos; Las fábulas de Esopo que Fedro tradujo al latín, trabajarlas en ambos idiomas comparados; La Eneida, Horacio, Cicerón, el mejor latín, etc. Los estudios de la literatura española, toda la abundancia de genialidad e inspiración de la época de oro era una delicia; luego la literatura universal. Todo esto, digo, fue mi formación; sin embargo, cuando comencé a escribir tardé tiempo, hasta hoy, en modelar el lenguaje y el estilo, en pulir las frases, a equilibrar la sintaxis, a aplicar la máxima de Quintiliano: “Que lo que digas, sea de tal forma, que no puede menos que ser entendido”. Y aquello de Cicerón: Bonum, si breve, bis bonum. Lo bueno, si es breve, es dos veces bueno. Sabía la definición de la gramática: “El arte de hablar y escribir correctamente un idioma”. Con la generación actual, la nueva Secretaría de Educación, tiene mucho qué hacer al respecto. Sospecho que don J.V. se ha de haber retorcido en su cripta, en la Sta. Catedral Metropolitana. En pocas palabras, estos años han sido de aprendizaje. Como pueden ver, soy de aprendizaje muy lento. 

Largo camino de aprendizaje, pues. El tema político es una tentación para el articulista debido a la abundancia de material, la truculencia, los enjuagues, el anecdotario abundante y las posibilidades infinitas, la adivinación de las intenciones, de tal manera que se asiste al espectáculo político con la emoción que experimente el apostador en el hipódromo. Este tema abarca, casi en su totalidad, la página de opinión y, no obstante, el “vaciamiento de la política”, se debe ocupar de ello el experto, pero no como anecdotario, sino como análisis de fondo. Por ejemplo: ¿Avanza México hacia formas de gobierno estilo Nicaragua o Venezuela? Estará vaciándose la política o no, pero se nos ha convertido en una cuestión de vida o muerte. Sí hay que ocuparse del tema.  

Pero urge el tratamiento de otros temas trascendentales. Al final de aquel mi primer artículo decía: “Con este artículo programático inicio, así lo espero, una serie de colaboraciones en el DIARIO DE JUÁREZ en las que trataré muy diversos temas, en la línea de una Antropología Teológica y desde la perspectiva del GRAN JUBILEO”. No sé si lo logré, si me desvié; sé que mucho de lo escrito, no vale la pena. Sin embargo, entonces trazaba una ruta, la que interesaba y me interesa. 

Escribía entonces: “La Navidad, más allá de un estado de ánimo un poco dulzón. A finales del primer siglo, S. Juan escribía: «por esto existe el amor, no porque nosotros amáramos a Dios, sino porque él nos amó primero y nos envió a su Hijo para que expiara nuestros pecados» (IJn.4,10). Esto es lo que celebramos en Navidad”. Es lo que celebramos en Navidad; para ello fue necesario el misterio de la Encarnación. Tal es la quintaesencia del cristianismo: el amor recibido y vivido en la horizontalidad del amor fraterno. Tal es la fe del cristianismo.

A dos mil años de distancia podemos preguntarnos una vez más, porque cada generación tiene que hacerlo, ¿qué valor, qué fuerza, qué significado real tiene el cristianismo? ¿Cuál puede ser su aportación específica en estos momentos concretos de la historia? ¿Conserva, todavía, la fuerza transformadora y renovadora que ha mostrado en otros momentos de la historia? ¿Qué debe de hacer, en concreto la Iglesia, para transmitir el impulso renovador del cristianismo, del evangelio? En la forma, según la cual se ha estructurado la sociedad actual, ¿hay, todavía, lugar para la fe, para los valores del espíritu, para el Evangelio? A esta, y otras preguntas semejantes, hay que dar respuesta. Es evidente que la medicina, por buena que sea, si no se aplica no surte efecto.

Amplios segmentos de nuestra sociedad se han ido haciendo cada vez más extraños al cristianismo, no solo como práctica, sino como interpretación de la vida, ha escrito un pensador recientemente. El hombre actual vive cada vez más en la periferia de sí mismo. Ha sustituido los valores fundamentales por ciertas ilusiones totalmente externas y falsas, decepcionantes, al fin, como el bienestar, el confort, la riqueza, la salud. Sus problemas llevan nombres que todos conocemos porque nutren los medios de comunicación. Se llaman: salarios, presupuestos, impuestos, inflación, tipo de cambio, seguridad social, sindicatos, política, democracia. El hombre del s. XX es más sensible a los desórdenes económicos que a los desórdenes de la conciencia; es más sensible a las opciones políticas que a las opciones éticas. 

“Es innegable que el hombre de finales del siglo XX tiene que afrontar el fracaso, sobre todo en el orden fundamental del ser; tiene que afrontar el duro contraste entre el adelanto meramente técnico y el déficit enorme en humanidad. La esperanza en un desarrollo sostenido de la humanidad ha experimentado un profundo desmoronamiento. Y no son los profetas reaccionarios de la desgracia los que nos advierten de crisis mayores que se avecinan, sino los observadores atentos del acontecer que ven, en la mera consideración política o económica de la crisis actual, una superficialidad peligrosa.

En resumen, nos encontramos otra vez ante el fracaso de la pura inteligencia y, por ello, necesitamos poner en juego las fuerzas y los valores del espíritu. Y solo en la religión limpia de escoria existe vigor suficiente para soltar las fuerzas del espíritu”. Así era mi primer artículo, hace 24 años. Formé parte del Consejo Editorial de El Diario donde aprendí, no solo algo de periodismo, sino, incluso, el periodismo como empresa y gocé de la amistad y estima de don Osvaldo, director general. 

Que utilizo mucho las citas ‘citables’ en mis entregas; es que me fascinan porque son como cápsulas radioactivas. Vea, si no, esta cita de Nietzsche comentando su propia obra, Aurora: «Que la humanidad ha estado hasta ahora en las peores manos, que ha estado gobernada por los fracasados, por los vengativos más astutos, los que se llaman ‘santos’, y calumnian el mundo y denigran al hombre». ¡Vaiga cosa!

*¿Y qué tendrá que ver la guerra de los pasteles con la Navidad?