Opinion

A todas las Cleos de México

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Daniel García Monroy
domingo, 27 enero 2019 | 01:19

Ser sirvienta es ser un ser. Humilladas y ofendidas, pero por imprescindibles por su trabajo doméstico dentro del sistema capitalista fin de la historia --el de ricos y pobres, el de arriba y abajo--, respetadas y aún queridas. Millones de mujeres que viven y sobreviven como Cleo, la famosa sirvienta mexicana (como se equivocó El País, con Yalitzia Aparicio), que ahora alterna y compite con las mejores y más bellas actrices del mundo.
Pero no es de la joven maestra oaxaqueña reconvertida y de innata capacidad histriónica de la que quiero hablar. Es de la persona inspiradora de la película “Roma”, de la señora Liboria; la verdadera criada de la familia Cuarón. Es de esa estirpe de mujer, de su clase y su labor diaria de la cual que se requiere analizar un tanto.
De la obediente hormiga doméstica, que debe acatar órdenes y jamás reclamar, molestarse, ni siquiera rezongar entre dientes. De esas jóvenes-señoras-viejas-indígenas-mestizas, que limpian las mansiones, las residencias, las casas (hasta de las clases medias) con dueñas mujeres y hombres, jóvenes y niños, un tanto afortunados y perezosos, que pagando míseros salarios, no limpian nada, no lavan nada, no cuidan nada, no cocinan nada, prácticamente no hacen nada adentro de sus moradas. ¿Por qué no? --Vaya monumental desperdicio de manos y cuerpos. Cuanta actividad física de ejercicio vigoroso hogareño se cancelan en contra de su propia salud ¡Qué barbaridad!--.
Pensar se requiere en la original Cleo de la colonia Roma, Esas cenicientas-autóctonas, que nada saben del salario mínimo, del IMSS, de prestaciones o derechos laborales. Esas chaparritas morenas que le entran al jale desde pequeñas niñas, sin más que sus manos, sus brazos y sus incansables piernas, para trabajar día tras día desde que dios amanece, con muy poco cerebro, pero con mucho miedo, disciplina y sentimiento.
Multiplicadas por mil, por cien mil, por millones en este país nuestro de la inconmensurable desigualdad social. Esas feas morenas trabajadoras tenaces, contratadas sin regulación legal alguna, por familias católicas y protestantes, creyentes igual que ellas; que laboran con el penoso y oscuro manto que encubre todo lo que adentro de tantas paredes pasa. Desde el despreció inhumano a su origen indígena, analfabeta y pobre, --que facilita abusos, golpes y castigos--, hasta la violación sexual impune, cada noche y cada día de este nuestro amado México. De este país de patrones con poder y dinero, y de mujeres sirvientas en busca de comer para sobrevivir.
 “Roma” no es una película de denuncia social, ni debía de ser. Es una buena historia cinematográfica que demuestra el amor fraterno que se puede generar entre criadas e hijos de patrones. La fatídica-cariñosa relación entre el que ordena y el que obedece. Entre que el que paga y el que recibe un salario mísero mensual.  “Roma” es excelente por lo que visualiza. Muy buena, por lo que logra en blanco y negro poner sobre la mesa de la sociedad mundial. Por lo que evidencia, pero también por lo que oculta. ¿Cuánto se le pagaba a Cleo mensualmente; qué derechos laborales tenía la pequeña indígena de la colonia Roma; qué seguridad social, qué seguro médico; qué le hubiera pasado si la hubiesen corrido; qué liquidación, qué compensación por haber tratado con tanto amor a la familia con la que convivía; qué recibió económicamente por cuidar niños que no eran suyos hasta arriesgar su vida por ellos? (A caray, me desfase con Cleo, pensando hablar de Liboria, perdón ¿o de veras serán la misma mujer?).
Es asombroso que antiguos guerrilleros, luchadores sociales, casi prohombres juveniles que creyeron en su mocedad inocente y digna en un cambio social radical y absoluto en México, donde por la fuerza de las armas todos íbamos a ser iguales, ahora tengan en sus residencias a sirvientas como familiar y cotidiano servicio. Inimaginable. Aquellos que arriesgaron la vida por el sueño utópico de la revolución marxista, y que ahora sin resquemor alguno se sirven de las amadas Liborias, para que les barran y les limpien todo lo que dejan tirado y desordenado, como aquellos amos capitalistas que odiaron-aborrecieron y contra quienes no se hubieran tentado el corazón para secuestrarlos o fusilarlos. Neo-comunistas-radicales-chic, que ahora en suburbans y residencias, siguen criticando al capitalismo salvaje desde el sector empresarial, del que ya son su recalcitrante-combativa-sui-generis-ala izquierda. Cambio de vida y de conciencia social, que sólo el extraordinario poeta mexicano José Emilio Pacheco, pudo criticarlo con sentencia perfecta: “Ya somos todo contra lo que luchábamos cuando teníamos 20 años”
Se cocina en México una nueva ley para obligar a todos los que nada quieren hacer por la limpieza de sus casas a otorgarles derechos de seguridad social a las Liborias a su servicio. Dios existe. No, no va ser fácil. --¡Qué pues, yo nomás las uso dos días a la semana!--. Los patrones se están defendiendo, pues qué legislador, diputado, senador, funcionario público federal y local de los tres niveles de gobierno, no tiene en sus “viviendas” a un séquito de servidoras y servidores domésticos a los que para su desgracia próxima habrán de darles por ley seguro social mínimo. “Chin, ni modo, pinche cuarta transformación”.