Opinion

Adiós malhadado 2020, adiós

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Daniel García Monroy

domingo, 27 diciembre 2020 | 05:00

Muchas vidas, cosas y costumbres se nos fueron y cambiaron en este hostil y vil pero memorable 2020. El extraño e histórico año, que sus supervivientes recordarán por siempre. El verdadero año que vivimos en peligro. 

La humanidad contrajo un mortífero virus porque alguien comió un murciélago en un mercado de China. La nimia tragedia visualizada por un oftalmólogo digno y valiente, contagiado y finalmente muerto por su propio descubrimiento, se hizo grande y confirmada por quienes hicieron caso de sus verídicos informes reconociendo la verdad avizora. Más colegas científicos conscientes se dieron cuenta de la hecatombe pronosticada y más que probable. Al microscópico atacante le pusieron por nombre SarsCov2; o por su forma: Coronavirus.  --Corona de espinas enterrándosenos en nuestro ya prolongado viacrucis mundial--. A la enfermedad en sí la nominaron Covid19 (casi como marca de nuevo automóvil a estrenar).

La respetada OMS, avisada en Ginebra, dio el grito de alerta global, parecido al que la madre marmota lanza a sus pequeños descendientes contra la cercanía de la feroz águila o el hambriento zorro en las montañas de los Alpes suizos. Y entonces nos frizzeamos, nos comenzamos a  preocupar, los muchos alejados de Wuhan, sobre la virulenta infección. Leímos y escuchamos, pero no creíamos a ciencia cierta por allá de marzo en Chihuahua capital. --¡Será cierto que algo malo nos va pasar desde tan lejos? 

De pronto supimos, con los terribles datos e imágenes llegadas de Europa, que el destino nos iba alcanzar más pronto que tarde, y nos alcanzó. La autoridad sanitaria mexicana decretó la alerta máxima. Y sin saber realmente cómo, desaparecimos de cara total y nos quedamos en los ojos reacios y espantados arriba de un controversial cubre-bocas. Nos hicimos compulsivos consumidores de gel anti-bacterial. El siempre saludable lavado de manos se convirtió para muchas en acción neurótica. Comenzamos a tenerle miedo a picaportes, pasamanos, puertas, empaques; todo lo tocable fue visto con desconfianza, porque el invisible enemigo puede esconderse y pegársenos desde cualquier parte.   

Y fue entonces que comenzamos a conocer a decenas, cientos, por sus esquelas regadas y enterradas en el virtual panteón de internet. Volteamos a ver y a reconocer en los hospitales y las calles a los médicos y las enfermeras, como si nunca antes hubieran existido. Aprendimos de medicina y epidemias como jamás creímos posible. Nuestra calentada aldea global se hizo más pequeña y quebrable. El temor de convivir con nuestros semejantes, potenciales contagiadores, se convirtió en nuestro principal sentimiento personal; reprimido, oculto, pero real. El miedo a la muerte nos visitó en nuestros hogares sin invitación alguna; durmió entre nosotros haciéndonos temblar. El inevitable final mortal de todos se nos acercó demasiado, para evidenciar lo frágil que somos como perecedera raza humana de carne y huesos, que puede ser carcomida en pocos días, por virus, bacterias, gusanos; --ya ni siquiera en tumbas, sino en camas de hospitales--. Ellos enemigos más fuertes, activos y siniestros que sus débiles anfitriones.  

 ¡No somos los amos del universo! Somos polvo y en polvo nos convertiremos. Pero en ese tránsito de lo infinitesimal hacía el infinito, algo pudimos hacer en este veinte-veinte. Porque algo bueno existe en el género humano de energía física y mental para soportar y contener desgracias y tragedias, personales o pandemias.  

El malhadado año fue reto, fracaso y culpa. Fue conmoción, consternación y pensamiento. Esperanza y oración coadyuvando desde la fe a una ciencia médica vilipendiada por tontos aviesos, pero erudición al fin dando la batalla. Nos condenaron a la casa por cárcel. Confinamiento de pena y resignación. Las calles, los parques, los templos, anhelo de territorio reconquistable para nuestros pasos seguros y libres, por lo menos de día.

Y junto a la epidemia llegó la infodemia. También inventamos nuevas falacias desde el miedo aberrante de las-los ignorantes. De los cretinos que no creen que existen virus y enfermedades nuevas e inexorables. Los fomentadores de las conspiraciones creadas por mentes malévolas y poderosas, que nos quieren aniquilar de la faz de la tierra. Los chinos siniestros, los sionistas judíos. Farmacéuticas en complicidad con la grandes empresas tecnológicas, que nos van a meter un chip líquido en las vacunas para controlarnos. --¿Cómo? ¡Más de lo que ya estamos controlados!-- Porque claro que no es cierto que existe el “coronavirus” sino el propósito diabólico de matar ancianos y débiles enfermos. Nos sorprendimos con la estupidez sin límite de los que analizan el problema con lógica simiesca: O sea que no hemos encontrado la cura del cáncer en 100 años, ni la del sida, ni la del ébola en décadas, pero en un año ya hay vacunas contra el coronavirus: ¡qué no se dan cuenta lo que quieren hacernos! Dicen y contagian la infodemia, los infectados por el fanatismo religioso, la irracional negación de la ciencia, predicando en sus nuevos templos cibernéticos, los afamados grupos de whatsapp, sus falsedades postmodernas, mentiras piadosas: Cristo y sus doce apóstoles jamás se vacunarían contra nada, como se les ocurre, ellos creían en el mejor médico, que solo puede ser Dios, no en las vacunas de la ciencia médica, productos de Satanás.  

También la estupidez se encumbró para desestabilizar este de por sí ya desequilibrado 2020.  La verdadera historia de las vacunas contra la polio, difteria, tuberculosis, no debe tener aceptación ni aprobación alguna en este siglo XXI. Vaya pues. Que la torpeza y la ignorancia nos deje un tanto más de dosis para los que todavía creemos en la ciencia. Suerte hermanos fanáticos, que su buen dios los cuide entre los desaforados-pecadores-vacunados. ¿De qué otra forma ayudar a despertar al crédulo oscurantismo, que no quiere salvarse aquí y ahora, aunque la verdad sea que siempre se toman dos aspirinas cuando su insoportable cabeza les duele un poquito?   

Adiós malhadado 2020, adiós, Pero déjame decirte algo. También hubo futbol, camarones, cerveza y sexo. También hubo quienes nos negamos a tu deprimente estela de muerte como condena inevitable. Porque nada pudiste contra la risa de un buen chiste y hasta un meme circulando en internet que te sometió a la inexplicable alegría mexa. Nada lograste contra caminar en la deportiva viendo a un pareja de jóvenes felices sobre sus patines iluminando una tarde oscura y casi siniestra. No pudiste detener el saludo y el abrazo a la distancia, la sonrisa de un par ojos, diciendo estoy aquí, para por lo menos verte en la verdad de la amistad con una mirada. No te creas 2020 que tu coronavirus es lo único que nos dejaste, también nos queda el valor de doctores y enfermeras, camilleros, incluso funcionarios públicos profesionales que se pusieron las pilas y trabajaron con conciencia y consideración para sus gobernados desconcertados y atemorizados. También hubo científicos trabajando duro en el mundo, para conseguir la esperanzadora vacuna que ahora comienza a repartirse. No te creas 2020, tan emblema de nuestro egoísmo, También hay algo bueno en lo que nos hiciste reaccionar. No estamos en paz contigo por todos los que te llevaste de entre nosotros, pero que el 2021 te someta en el momento preciso que hayamos terminado con tu desgraciada herencia. Cuando volvamos a abrazarnos sin miedo y brindemos por tu fatídico recuerdo en nuestra futura radiante normalidad. ¡¡¡Feliz 2021 amables lectores, feliz en la esperanza!!!