Opinion

Aguas…

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Gerardo Cortinas Murra

lunes, 10 febrero 2020 | 05:00

La construcción de la Presa de ‘La Boquilla’ inició con los primeros movimientos armados de la ‘Revolución Mexicana’, e inició sus operaciones hasta el año 1916. En aquellos tiempos en que la energía eléctrica era propiedad de consorcios extranjeros que “se repartieron el territorio nacional, formando un gran número de empresas que obtenían concesiones en forma anárquica y con una legislación en la materia prácticamente inexistente”.

En aquella época, la construcción de centrales y presas hidroeléctricas tenía como único propósito suministrar de energía eléctrica a aquellas ciudades cuya principal actividad era la minería. Y dado el carácter monopólico de la generación y distribución de la energía eléctrica, “la energía sobrante se vendía para promocionar servicios públicos como alumbrado público y bombeo de agua potable, etc.” 

Al concluir el movimiento armado de 1910, en distintas zonas del país, se empezaron a construir otras pequeñas plantas hidroeléctricas; “todas con una sola idea: abastecer del recurso hídrico a un primer mercado surgido del trabajo en las minas en los procesos de extracción, fundición y refinación de metales, y el derivado de otras incipientes industrias (fábricas de hilados, de cigarros y cervezas, etc.)”. 

Ahora bien, en un país como México, los proyectos hidroeléctricos son de suma importancia, toda vez que constituyen inversiones que fomentan la sustentabilidad social y la viabilidad ambiental y económica; en otras palabras, son (o deberían ser) factores de proyectos del desarrollo integral en las zonas donde están ubicados.

Por otra parte, debemos tener presente que el cambio climático ha reducido las reservas de los recursos hídricos, “ya que al modificarse el ciclo del agua, incluidas las precipitaciones, la humedad del suelo, el escurrimiento, la evaporación, el vapor atmosférico y la temperatura del agua, el agua dulce es, cada día, más escasa: lo cual, constituye un riesgo para la supervivencia de la humanidad”.

En el caso del Estado de Chihuahua, cuya característica climática es la de ser una zona semidesértica, las consecuencias del cambio climático ya son apreciables: una mayor escasez de lluvias en períodos secos, pero más lluvias torrenciales, dado el incremento de la temperatura promedio. 

A pesar de estos factores climatológicos adversos, tanto el gobierno federal como el estatal, han sido omisos en privilegiar la construcción de más presas de contención que les permita, cuando menos, contar con una mayor reserva de aguas pluviales.

En efecto, dada la escasez de lluvias en la mayor parte del territorio de nuestro Estado, las presas de contención son de vital importancia para la agricultura, en virtud de que la lluvia constituye un elemento indispensable para cultivo de ciertos productos agrícolas (maíz y frijol) que son “adaptables a una baja cantidad de agua”.

A su vez, la construcción de la Presa “Las Vírgenes” vino a coadyuvar al auge de la agricultura en la zona del sistema de riego 05. Sin embargo, el desinterés de los últimos gobernadores ha inhibido el potencial de los municipios aledaños para detonar el verdadero desarrollo integral de esta zona.

Así las cosas, miles de hectáreas de tierras de cultivo continúan siendo utilizados para ‘cultivos de temporal’; sin que, en forma alguna, garanticen la supervivencia de sus pobladores y que, en el peor de los casos, fomenta la migración social, ya sea hacia las manchas urbanas e, inclusive, al país vecino.

Mientras tanto, con total independencia de que se cumpla o no el Tratado del agua, y del ‘show legislativo’ de los diputados serviles al Gobernador del Estado, lo cierto es que el problema del agua debe plantearse desde otra óptica: el cuidado y uso racional del agua.

En otras palabras, debe promoverse un real activismo ciudadano que vele por el cumplimiento del derecho de la sociedad a la información oportuna, plena y fidedigna acerca de la ocurrencia, disponibilidad y necesidades de agua, superficial y subterránea.