Opinion

Ah, como es bonito Chihuahua

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Manuel Narváez Narváez

martes, 01 septiembre 2020 | 05:00

Es la sierra de Chihuahua un lago de contrastes, entre una cultura rarámuri que pervive entre sus costumbres y los modos de los “chabochis”.

Pasaron unos 14 años para regresar a esa región del estado grande que encanta por la majestuosidad de sus paisajes, clima y su gente, preponderantemente la del pueblo rarámuri.

Fue un viaje de tres días que valieron la pena. Desde el jueves por la mañana que llegué hasta el sábado al mediodía que regresé absorbí mucho de la energía saludable que ofrece Creel, el Lago de Arareco, la Barranca del Cobre y la cascada de Cusárare. 

Para quienes conocen saben de lo que estoy hablando. El mismo pueblo mágico de Creel, a donde llega el Ch-P (Ferromex) con decenas de turistas que descienden en cada llegada, y otros cientos lo hacemos por carretera, dependiendo del bolsillo.

Aún es verano, pero las temperaturas son muy agradables, si mucho ascendió a 28 grados, aunque el dueño de un hotelito en el que me hospedé me comentó que ya han padecido el cambio climático con calores inusuales de hasta 33 grados centígrados. 

El recorrido por el pueblo mágico es muy agradable, durante el día y por la noche. Obviamente se sienten las restricciones sanitarias en algunos comercios, más no tanto en las calles, la plaza, restaurantes y puestos de comida. Más de la mitad de los locales y paseantes no usan cubrebocas, mucho menos el gel.

Los rarámuris conservan sus trajes típicos, sobre todo las mujeres y se aferran a sus costumbres. Si bien las tiendas de artesanías, el hospedaje, la renta de razors, cuatrimotos, tours y la alimentación están bajo el férreo control de los chabochis, en las calles es notoria la presencia de esta raza que llegó siglos antes que los de piel “clara”, para ofrecer artesanías.

En los destinos turísticos las cosas cambian, al menos en apariencia. Los que cobran las entradas, los puestos de vendimia de artesanías y comida están en manos de rarámuris. Franco Batista, un menor de 12 años que hace de “guía” para ir a la cascada de Cusárare, me confía que el dinero que se recauda de las entradas es repartido entre las comunidades indígenas; su madre, a guisa de ejemplo, asegura que recibe mil pesos al mes. 

Como a ese pequeño y agradable guía, pregunté a varias niñas y adolescentes que venden artesanías, gorditas y burritos en la cueva de Sebastián y en el parque de los Monjes, cercano al lago de Arareco, ¿ya regresaron a la escuela?, a lo que respondieron que no, desde hacía meses, porque no tienen televisión. Muchos de ellos viven en cuevas.

La tónica continúa durante mi recorrido hasta el divisadero, donde se encuentra la imponente vista de una parte de la Sierra Tarahumara. Todos los humildes puestos de madera o simplemente sobre una roca o el piso de tierra, adolescentes, jóvenes y ancianos son atendidos por los originarios de esta bella tierra.

Los más pequeños se acercan para pedir “kórima”, no todos, porque otros más avezados cobran 5, 20 ó 50 pesos la foto, solos o con el visitante. Zulema, una hermosa niña de unos 7 años, que te recibe con una dulce voz en la entrada para admirar la cascada de Cusárare: “buenos días y bienvenido”, y: “muchas gracias por su visita”. Eso no tiene precio.

El hotel que domina una gran vista de las Barrancas del Cobre, es un complejo enorme que ha ido creciendo con el paso de los años. Se dice que los alojamientos con más habitaciones y restaurantes de todo ese corredor turístico (Creel y Divisadero) que, para no variar, están en manos de políticos encumbrados en activo y por personas allegadas o muy cercanas a ellos. 

Para el aventurero que gusta de las emociones fuertes, puede descargar su adrenalina en la tirolesa, en el zip rider, a rapel o en vuelo en avioneta. Los costos pueden llegar hasta los mil quinientos pesos por cráneo, según el gusto por la emoción.

Los que somos de temple más tranquilo pagamos 200 pesos (250 para el que no es de Chihuahua), por subirnos al teleférico y delirar con la belleza de la Barranca del Cobre. Los guías son de origen tarahumara, los demás empleados son chabochis.

Las carreteras de acceso, es decir, de Chihuahua hasta la Junta, se encuentra en condiciones aceptables, con unos tramos muy malitos cerca de Pedernales. 

Adentrados en el ascenso, de San Juanito a Bocoyna, Creel, Cusárare y a las Barrancas del Cobre, la infraestructura carretera es de regular a buena. De Divisadero hacia Urique, apenas si avance 10 kilómetros, es notorio el deterioro y la falta de mantenimiento. Arreglara va a resultar muy costoso, digo, si es que se preocupan por hacerlo.

La presencia de las fuerzas del orden es prácticamente nula, salvo un par de patrullas de la policía estatal con cinco elementos y una de la Guardia Nacional, en Creel y Divisadero. A decir verdad, no se siente un ambiente tenso o de inseguridad, las personas son muy amables y atentas.

Mi viaje a la maravillosa Sierra Tarahumara fue placentero y lo disfruté al máximo. Además del descanso, me traje buena vibra de los rarámuris y de las personas con piel “clara”. 

Sólo hago la observación de las condiciones de las carreteras que pueden ser resultar peligrosas, y manifiesto mi preocupación de que, si la recaudación de impuestos es utilizada para reinvertirlos en la misma región y para compartirla con quienes históricamente sus dueños, es decir, el pueblo rarámuri; porque la derrama económica es muy importante y se nota con la presencia de miles de visitantes cada semana.

Por lo demás, Esta parte de Chihuahua es tan hermosa como sus otras regiones, y competimos en belleza y trato con cualquier Pueblo Mágico del país o centro turístico del planeta.

Es cuanto.

Email: narvaez.manuel.arturo@gmail.com