Opinion

Ajuste de cuentas

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Arturo García Portillo

viernes, 21 enero 2022 | 05:00

Han de disculpar que hable de un tema tan de poca monta, tan lejano a la vida cotidiana de la gente normal, tan de flojera, como son los pleitos entre políticos. Prometo enmendarme a partir de la siguiente semana. Hoy le entramos a la camorra grilla local.    

Resulta que al exgobernador Javier Corral le dio por ofenderse y soltó tinta de más, en ese modo incontinente que tiene para expresarse. Todo proviene al final de dos noticias distintas que finalmente confluyeron en el mismo actor, él mismo. 

Unos días atrás un juez, el que poco menos de un año encontró procedente sujetar a proceso a la entonces candidata a la gubernatura Maru Campos, declaró, según entrevista realizada por esta casa editora, que recibió presiones de personajes del Gobierno estatal -a quienes no identificó-, para guiar sus decisiones. Aquí distinguimos dos guisos que se toman con diferente cuchara. El señor juez debería reflexionar sobre lo que se espera de los togados para defender la autonomía judicial y si están dispuestos a arrostrar las consecuencias de semejante vocación. El confesar que unos políticos en etapa terminal puedan torcer la vara de la justicia es patético, cuando ni siquiera lo justificaría el que tal efecto lo provocaran malos de verdad y no de caricatura. En el segundo perol de guisos están los funcionarios estatales a quienes no identifica. Asumimos que el mismo gobernador de entonces, Javier Corral, y su entorno. Pero no hay señalamiento directo y sin ello no hay manera de iniciar algún tipo de procedimiento sancionador y reparador de ese grave daño.

Como quiera el hecho abunda en lo que Maru dijo siempre, que tal proceso no fue sino parte de una maquinación política, y no se congeniaba con el ánimo de la justicia. Con el tiempo tales afirmaciones han cobrado sentencia, pues la imputación fue desechada y se han sabido con certeza cosas como que las famosas copias de recibo, milagrosamente aparecidas, fueron falsa e ilegalmente certificadas.   

El otro dato que confluye es la chamuscada que le infligió el mismo presidente López Obrador, al exhibir que no lo nombraba embajador por ostentar doble nacionalidad. Digo chamuscada y digo nada raro, porque es claro que eso en sí no lo inhabilita; si lo hace en cambio no renunciar a una de ellas, de donde se colige que no quiso hacerlo. Esto además alimentó o coincidió con otra investigación de El Diario sobre un presunto uso irregular de documentos (así decimos a recomendación de abogados para que no se duela de una sentencia que es propia de un juez) para registrar su candidatura. 

Este cerco ofendió al exgobernador, lo que lo orilló a pronunciarse de modo como dije, tan descompuesto y de mal gusto. El lenguaje y el tono, machista y majadero, no abonan sino a desacreditarlo. No sé en qué cabeza cabe que esa forma puede convencer a uno solo que sus dichos son los ciertos. Palabras que son paladas a un foso en el que más y más se hunde. En otras partes de su larga refriega tuitera, además lo hace sin sostener de frente la acusación, y en cambio recurre a frases de doble sentido, con las que infructuoso intenta velar ataques expelidos del hígado, estómago y víscera biliar.

Hace años, en la porfiriana paz de la hegemonía priista, normada por reglas no escritas que eran de observancia rigurosa, había una muy sensata y rezaba más o menos así: el que ya bailó que se siente.

No solo hace caso omiso a esa sabia máxima, a la que por lo demás no está obligado, sino que fomenta escaramuzas de tinta para una tarea mucho más insensata que es saldar cuentas con el futuro. Es decir, pretende establecer desde ahora que él fue mejor gobernador que la actual mandataria que apenas comienza. Sobre todo, cuando ahora se van conociendo los entretelones de lo que hizo y dejó de hacer, especialmente para las finanzas públicas, pues la ausencia de resultados es evidente aun para cualquier obnubilado.

Javier Corral no pudo hacer ajuste de cuentas con el pasado. Menos podrá hacerlo con el futuro. Puede culpar a quien sea, y eso no cambia los hechos. Sus sueños seguirán durmiendo en campos de golf perfectamente delineados, con rondas de 10 arriba de par, y competidores casualmente acalambrados.

Los antiguos griegos acuñaron una máxima de su incipiente filosofía: lo evidente no requiere demostración. Se exhibe y dimensiona quien interpreta el triste papel de andarse batiendo en el fango de las propia insidia para defenderse. Un político, sobre todo uno curtido en el uso rudo y largos años, debería saber que, si no es evidente la propia eficacia y los buenos servicios, en vano el auto elogio podrán compensarlo. Menos aún querer enlodar a una trayectoria señalada hasta ahora por los buenos resultados y la competencia como la de la gobernadora, que hace bien en no detenerse a perder el tiempo en responder voces atosigadas. No paga el tiro el pato.