Opinion

Amantes: apetecibles manzanas del albedrío

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Alfredo Espinosa

sábado, 23 marzo 2019 | 20:21

El (la) amante siempre está ahí, esperando que le abras la puerta. Lo busques o no, siempre está ahí. Aparece cuando menos lo pienses. Pasa ante ti, acechándote, siéndote indiferente, ofreciéndote sus dones, sin que te percates de él, o de ella, o presentándose como una aparición relampagueante y milagrosa. Y la puerta se abre en ciertos momentos de la vida en que existe una mayor sensibilidad para su aceptación. 

¿Qué demandas puede satisfacer un amante? La tercera persona trae consigo una carga importante de ilusión, suficiente para lidiar con las fracturas de la vida; también nos introduce a un nuevo campo de aventura y riesgo. Cubre de manera sustancial los vacíos de afecto y compañía; se puede revitalizar las pasiones sexuales y pueden desarrollarse proyectos postergados. La tercera persona puede ser terapéutica en tanto escucha las historias de un corazón quebrado y comparte sus experiencias personales como parte natural del nuevo conocimiento. Por otra parte, la inclusión de la tercera persona, es –lo sepa o no- un instrumento de desquite contra la pareja de origen. Este impulso puede proveer, sin embargo, una satisfacción malsana y decisiva. 

Esta nueva pareja, ya se sabe, proseguirá por los senderos propios del amor, sus dichas e infortunios. Puede desbaratarse con los primeros suspiros, o ser resistente a las pruebas de la demoledora realidad. 

Las personas cuando aceptan a un amante, luego de un período de incertidumbres y zozobras, con distintos grados de culpa, enojo o alegría, comienzan teniendo un notable aumento en la autoestima y muy pronto vuelve a activarse la máquina fabuladora de la ilusión. La novedad entusiasma y es antidepresiva porque se gana afecto, se expanden límites antes restringidos por lo doméstico y se conquista una ansiada libertad. Además, como en las aventuras del amor cortés o en las novelas de caballería o en las de príncipes, hay aventura y riesgo por las exigencias y sobresaltos de la nueva vida secreta. Y eso se disfruta. Hay tormento, por supuesto, porque existen nuevos conflictos morales y alteraciones en el orden rutinario de la cotidianidad, pero la excitación por lo novedoso lo compensa. 

El amante es una válvula de escape y un desahogo de los tedios domésticos. Un amante puede ser un lujo o una calamidad, pero es siempre un factor que perturba el flujo de la vida. Desequilibra, divide, rompe o reacomoda a la pareja original, pero también trastorna a la pareja que con él se conforma.

Los nuevos amantes ocupan su tiempo en contarse sus vidas, repasan lo maravilloso que ha sido su encuentro, y se comprometen a reparar los daños que otros les hicieron. Y esto enriquece porque se toma conciencia de otras experiencias afectivas. Pero no tardarán en tocar el dolor, y algunos tendrán que pagar por haberse atrevido a cortar flores en el infierno.

¿Por qué se acepta a la tercera persona? ¿Existen diferencias entre mujeres y hombres respecto a las motivaciones para aceptarla? ¿Existen momentos de la vida, o en los procesos emocionales de las personas en que existe una mayor sensibilidad para su aceptación? ¿Qué tan reales son esas fuerzas misteriosas que influyen en las personas que aún sin buscarlo, se rinden a al poderío de su influjo? Pese a que uno no lo buscara, ¿es otro quien la encuentra? ¿Son estrictamente necesarias dos fuerzas que coincidan para que se dé la relación?

Las razones que cada quien esgrime para aceptar a un amante son diversas e innumerables, pero casi siempre en el recuento de esta nómina destacan los quebrantos emocionales relacionados con las fracturas amorosas previas, la abrumadora desilusión, el tedio y el deseo de alegrar la vida, la traición y el despecho.

Suele decirse que el amor es una defensa sólida como una roca. Pero ¿qué sucede cuando esta roca muestra algunas grietas o, de plano, se resquebraja? Cuando una relación naufraga, se fractura o se deteriora, por algún conflicto que hiere a la pareja, o a uno de ellos, o los enfría sin separarlos del todo, uno o ambos miembros de la pareja se encontrarán en situación vulnerable. Y esa vulnerabilidad -que suele expresarse con sufrimiento, baja autoestima, sensación de no ser lo suficientemente atractivo, el extravío del sentido de la vida, y la ambición de llenar huecos afectivos cada vez más perturbadores-, nos hará ir a la deriva o malheridos o claudicantes en campo traviesa, y por tanto estaremos en la frágil posición de querer ser rescatados o curados. 

Y cuando los cervatillos claudican; los lobos otean siempre alertas. 

La vulnerabilidad hace de las personas una presa fácil. Casi sin discriminación alguna, el miembro dañado de la pareja buscará un consolador, alguien que la entienda y que la escuche, que le aligere la pesadumbre y encienda una veladora en su lobreguez, aún sin haber roto con la antigua relación. Es decir, se abre el espacio para que aparezca el amante. Simplemente, habrá que darse permiso para aceptarlo.

Quizá todavía existan diferencias entre un hombre y una mujer respecto a decidir el momento en que se elige o se permite la entrada a una tercera persona. Cuando no se trata de un vicio, de un insaciable consumo de cuerpos que hace de las personas objetos para satisfacer una obsesión o una adicción, como podría ser el caso más frecuente en los hombres que en las mujeres, sino la de buscar un equilibrio emocional y un remedio contra esa casi insoportable fragilidad afectiva resultado del conflicto que les ha roto el corazón. Ésta última será la apertura a una nueva disposición del cuerpo y el espíritu y una inédita permisividad. Las mujeres, se dice, en contraste con los hombres, resultan más selectivas, involucran sentimientos, apuestan con mayor compromiso en una relación. Y son, quizá, mucho más reactivas cuando son movidas por el despecho (Nietszche afirmaba que las mujeres son brutales en el amor). La llegada de la tercera persona reactiva a la pareja de origen: la rompe o la reacomoda, y casi siempre a la convicción de que el matrimonio no apacigua del todo las emociones de la pareja.

De una u otra manera, los amantes siempre han estado presentes en la historia de quienes aman. Y siempre la han perturbado. Es el tercero en discordia, la manzana apetecible, la serpiente seductora. Aunque actualmente han sido más tolerados, en general han sido repudiados por las sociedades conservadoras, o prohibidos por quienes mantienen vigente un código moral que determina su vida pública, pero muchas veces inevitables. Por eso los amantes llevan sus historias en el clandestinaje. Las trasgresiones a los códigos convencionales otorgan ingredientes de aventura y riesgo que frecuentemente vigorizan a las personas que los viven.

¿El convenio de exclusividad que une a dos personas es ya anacrónico? ¿Es capaz una sola persona de satisfacer las carencias y demandas afectivas de otra persona? ¿Es que los contratos sociales, los códigos morales, han sido inefectivos para someter la naturaleza humana que es, según las evidencias, esencialmente polígama? 

Las preguntas se multiplican y aunque las respuestas sensatas escasean. Y es que cuando hablamos de amor estamos hablando de los amores, de las historias personales con sus particularísimos matices, de los procesos cuyos estadios manifiestan una enorme cantidad de signos contrarios que impiden una comprensión unívoca y una taxonomía precisa.

Para los náufragos del amor, abrazarse al cuerpo del amante resulta milagroso. El amante es una tablita de salvación, un asidero que nos rescata de las asechanzas de la vida, un escudo protector.

No tardará en repetirse las mismas dificultades que se tienen o tuvieron en la pareja original, porque el amor se expresará con la misma huella digital. Las personas aman de acuerdo a un modelo aprendido desde la infancia. Por más experiencias que vivan, en las más profundas reeditarán conflictos similares a los que ya vivieron.

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com