Opinion

Amenaza Ómicron con nueva crisis

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GPS / Dominical

domingo, 09 enero 2022 | 05:00

 Están sin duda a la vuelta de la esquina radicales medidas para combatir la nueva variante de Covid, la temible Ómicron, lo cual se convierte en tragedia por inevitable pérdida de empleos y contracción del comercio y servicios, en una larguísima crisis que no termina.

 Esto ocurre en un contexto de auténtica complicación económica que hacen difíciles, sino imposibles, medidas fiscales emergentes de apoyo al sector empresarial, ya no digamos el grande, sino al mediano y pequeño, que aún no puede recuperarse de los terribles dos años anteriores.

 La economía familiar está sumamente golpeada, con una inflación histórica de siete puntos, que trasciende en aumentos a la adquisición de la canasta básica, no se diga al costo de bolsillo de medicamentos para enfrentar las enfermedades comunes y las terroríficas e impagables cuentas con motivo de atención médica por Covid.

 Las familias están teniendo que comprometer los bienes adquiridos a lo largo de su existencia para tratar de salvar la vida de los suyos, con el altísimo riesgo de perder ambas cosas. Hacen cadenas de oración y donación de recursos. No hay dinero que alcance para esos tratamientos costosísimos, menos en clínicas con tarifas exorbitantes.

 Las filas interminables por pruebas en laboratorios y consultorios médicos privados, son demostración irrefutable de que el mayor costo de atención se sigue trasladando a los ciudadanos, sin que exista una respuesta oficial eficiente, aún y cuando es una reiterada insistencia de la Organización Mundial de la Salud.

 La atención en materia de pruebas en instancia oficial es lentísima si es que se tiene la suerte de obtener una. A estas alturas tendrían que estarse realizando pruebas de manera masiva, que muy bien el gobierno puede adquirir a bajo costo por volumen, pero no lo está haciendo.

 Muy lejos de estar en la mira del gobierno federal la autorización de esos apoyos, si no lo hizo en el pico de la variante Delta, con la funesta estadística que el Inegi patentiza en sus resultados de exceso altísimo de defunciones del 2020, y un 2021 por las mismas, menos se espera que lo haga con la previsión de que Ómicron es mucho menos letal.

 Adicionalmente tendría que estar adoptando ya en estos momentos la administración pública federal un paquete de apoyos para fortalecer el sistema de salud, más allá de una contratación de unas decenas de médicos y personal de enfermería, porque da la casualidad de que si bien es cierto la nueva variante preocupante causa la muerte en menor proporción, es igual de dañina en órganos vitales con consecuencias permanentes, con un alto nivel de propagación y re-infección que amenaza con colapsar el sistema de salud.  

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Desde noviembre del año pasado, la Organización Mundial de la Salud a través de un comité especial decidió darle el nivel de preocupante a la variante Ómicron, identificada como B.1.1.529, en función de su alto nivel de transmisión por mutación del virus, muchas veces por encima de cualquier otra.

 Pero, además, resulta que las personas que ya sufrieron la infección del Covid pueden con mayor facilidad infectarse con la nueva variante, ya que vence la inmunidad.

 Demostración de lo anterior son las imágenes vistas en Sudáfrica donde se convirtió rápidamente en la variante dominante y rebasó cualquier capacidad hospitalaria y médica de atención. Tuvo que llegar ayuda internacional para controlar el problemón de salud pública generado.

 Al momento en que se dieron a conocer los primeros informes de la variante, los contagios habían aumentado en un 70 por ciento, de ese tamaño la capacidad de avanzar, con una pequeña ventaja en relación con Delta.

 Ómicron presenta una menor tasa de letalidad, ya que las consecuencias de contraerla no son tan graves, pero tampoco son leves, es decir, muchas personas tendrán que recibir auxilio inmediato para paliar los síntomas primero en casa y luego en unidades hospitalarias, con riesgo de saturación en función de la rapidez de contagio.

 Estos datos son obtenidos de la misma página de la OMS, son públicos y accesibles para todas las personas, con mayor razón de la autoridad, que ha sido pasiva durante los últimos meses, oportunidad perdida para adoptar acciones contundentes en preparación al arribo del virus mutado, que primero tocó la puerta de Chihuahua en algunos estados vecinos y que esta semana ya fue confirmada la presencia en cuatros casos.

 Es una realidad, Ómicron ya está entre nosotros y con seguridad puede explicar la expansión de contagios de las últimas dos semanas.

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La danza estadística de la Secretaría de Salud federal nos dice que han muerto en el país más de 200 mil personas con motivo del coronavirus Sars-Cov 2, mejor conocido como Covid. Pero el Inegi le da una tunda a esta información.

 Del 2021 aún no tenemos el detalle, pero nada más en 2020 el exceso de mortalidad superó las 300 mil defunciones. Murieron más de un cuarto de millón de personas en relación con 2019, cuando la línea de muertes es ascendente, pero muy lejos de ese atípico salto.

 Chihuahua ocupa uno de los primerísimos lugares en defunciones a nivel nacional. Su tasa por cada diez mil habitantes con 105 es sólo superada por la Ciudad de México con 116, al 2020, muchos de ellos atribuidos al Covid.

 Los antecedentes funestos están presentes y son muy recientes, en el dolor de miles de familias que aún no pueden superar el duelo.

 Estas condiciones han generado una psicosis tremenda. Las filas interminables en los laboratorios nos hablan de la desesperación de la población por reconocer de manera inmediata el contagio y atenderlo.

 Para colmo, la cuesta de enero con la espiral inflacionaria, aprieta la economía de las familias, que debe hacer frente a gastos adicionales para prevenir el agravamiento por el Covid.

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No se sabe a ciencia cierta cuánto durará esta cuarta oleada del Covid. Se habla de cuatro o seis semanas, pero el pico podría ser muy alto en contagios, dadas las características de la nueva variante Ómicron.

 La decisión del gobierno federal y estatal de colocar el semáforo en naranja es una buena señal de alerta para la población, para reforzar las medidas de prevención, con reducción a la movilidad y al contacto masivo, pero debe ir acompañada de acciones contundentes en materia económica.

 La población ha sobrevivido a las dos pandemias, el Covid y la crisis económica durante los últimos dos años y empieza una tercera con una variante muchísimo más contagiosa que Covid.

 La solución tendría que venir de las personas en lo particular, pero con apoyo de las instituciones de gobierno que inyecten los recursos necesarios para hacer estas semanas de intensidad de Ómicron una oportunidad de rompimiento de contagio lo más rápido posible, en busca de retornar a la ansiada normalidad.

 Muestra de que deben adoptarse medidas es que el regreso a clases presenciales ya se cayó por lo pronto, y el inicio en las instituciones de educación media y superior se encuentra más que en riesgo.

 Una vuelta a la normalidad pasa por preparación de espacios clínicos en el sector público para hacer frente a ese aumento de contagios, la realización de pruebas, pruebas y más pruebas, y un programa de apoyo económico que resulta de gran urgencia, y que no debe admitir dilaciones.