Opinion

AMLO a mitad del abismo

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Arturo García Portillo

viernes, 02 julio 2021 | 05:00

El presidente tiene una forma curiosa de deslindarse del pasado: imitándolo. Ayer fue el tercer aniversario de su elección en urnas e hizo otro informe. El 1 de septiembre es el día del informe oficial y hará uno más. Y el 1 de diciembre serán tres años de que tomó posesión y de nuevo a presumir logros citando a un coro del mejor nivel para que le aplaudan. Más culto a la personalidad, más presidencialismo, no había sino hasta los años setenta y anteriores. 

De cualquier modo, es propicio para pasarlo por la báscula. Justo en las urnas se le dio un enorme bono en forma de una votación copiosa e histórica. Las preguntas son obligadas: ¿cuántos de los que votaron por él están satisfechos y cuántos decepcionados? ¿Cumplió lo que prometió? ¿Ha hecho más o menos de lo que se esperaba? 

Como dicen que ocurre en una botica, hay de todo. No es sencillo medir el número de los decepcionados que existen. Lo que creo que no hay ninguna duda es que hoy tiene menos simpatizantes, en lo personal, de los que tenía en 2018. No ha ganado ninguno y ha perdido una cantidad discutible expresada sin duda en millones. Más allá de la expresión común de que “el poder desgasta”, porque en efecto no es lo mismo ser oposición que ejercer el gobierno. 

Los motivos de la decepción igualmente son muchos. Pero hay indicadores igualmente incontrovertibles, aunque no le gusten. Es irrefutable que han aumentado los homicidios y en general los delitos más perturbadores del orden (ya a estas alturas más que todos los ocurridos con Peña y los ocurridos con Calderón). Aunque el indicador es peor que solo aumento de índices. Es un hecho que el crimen organizado ha avanzado en este sexenio, y ahora domina mucho más territorio que antes, por encima de la autoridad, eso es lo verdaderamente grave. Es un hecho que no hemos tenido crecimiento económico, es decir aumento de empleos dicho sintéticamente. Prometió que creceríamos al seis por ciento. No dijo si sería promedio anual o se observaría al final del sexenio, y es muy diferente. Pero ninguna de las dos cosas va a ocurrir por mucho. Es irrefutable que en salud estamos peor en suministro de medicinas, infraestructura y servicio. Lo poco y de regular calidad que había, el Seguro Popular, ya no existe y no ha sido sustituido ni será, aun cuando ofreció sistema de salud mejor que Noruega (está grabado). Anuló la reforma educativa, frenó las inversiones en energía. En infraestructura solo hay tres proyectos en curso, todos en el sur, todos carísimos, todos con beneficio muy acotado aún suponiendo que los termine, que yo dudo. 

Un tema central es si realmente está combatiendo la corrupción o no. Él dice que ya no se roba. Pero debido a que no hay cambios legales, de métodos o procedimientos de trabajo en el gobierno, yo lo dudo muchísimo. En cambio, hay más que antes mecanismos discrecionales y opacos, como asignación de obras multimillonarias de forma directa, programas sociales no auditados, entregando dinero en efectivo, y en general una enorme opacidad, y peor aún, se ofenden ante la menor insinuación. Pero ya saldrá, y se conocerá la nueva comalada de millonarios sexenales. 

Adicional a todo eso, está su actitud de confrontar. Apenas esta semana decidió que era el nuevo Torquemada y dedicará su valioso tiempo a señalar las noticias falsas. Con tan mala suerte que la primera que se le ocurrió, fue desmentido de inmediato por Forbes, por ser una nota de antes de su gobierno. Luego su actitud de dividir al país en buenos y malos, siendo él además dispensador de la etiqueta. Y desde luego su nula capacidad de autocrítica. Entiendo que hay un núcleo de gente que lo idolatra y habemos otros tantos a quienes nos enerva su actitud, conducta y decisiones. ¿Cómo puede progresar un país que no identifica coincidencias, se sitúa por encima de los temas ideológicos y concentra esfuerzos y recursos en acometer lo urgente?

Por eso creo que han sido tres años perdidos, y que en los meses siguientes la situación no hará sino empeorar, ahondar las diferencias, sociales, económicas, de todo tipo. No hay en el horizonte cosas sensatas como aplicar la ley simple y llana a todos parejo, equilibrio de poderes, transparencia, dispersión de recursos a todos los estados. No hay un plan para salvar a PEMEX, para resolver el tema de pensiones, para aumentar los empleos, insertarse en la economía del conocimiento, navegar en la transformación digital y tecnológica. Nada que haga soñar con un futuro mejor. 

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, cruza un abismo caminando por una cuerda. Está a mitad del camino. Muchos lo vemos con pánico. Él parece divertido. Pero quizá no se da cuenta de lo que hace.