Opinion

Así es la vida (última parte de mi libro Amor, miel y veneno)

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Alfredo Espinosa

domingo, 13 septiembre 2020 | 05:00

El dolor. ¿Lo habías sentido? El corazón roto. ¿Sabes de lo que hablo? Bien, por aquí, por esa historia que te hizo volar, rueda ahora un poco de sangre.

Si logras sobrevivir a tu misma violencia, a la separación, a la pérdida de lo que más amabas, andarás enlutado, huérfano, viudo, amputado; comenzarás por ver al mundo tal cual es: opaco, borroso, soso, sin chiste. Habrás perdido la magia. Mirarás a los otros como simples zombis, cadáveres ambulantes, calaveras en progreso. Tú estás herido y sangras en un campo de batalla en el que los demás han claudicado. ¿Qué sentido tiene el sinsentido? Y comienzas a morir, es decir, dejas de soñar, desear, imaginar, crear. Tú, que te embriagabas con los dioses y departías con los poetas, que un simple motel se transformaba en una selva de deseos y un pedazo de desierto, cercano a un basurero, se convertía en una suite del paraíso; tú que sentabas a la belleza en tus rodillas y leías en su cuerpo el poema más hermoso mientras que los demás ojean los periódicos, tendrás que abandonar la parvada: una pedrada, en pleno vuelo, te quebró las alas.

Ya en tierra tendrás que unirte al rebaño, a la recua, a la manada. Tú que volabas, jalarás el arado.

The dream is over. Se acabó la fiesta. Mandas un ramillete de flores aunque sabes que la persona bienamada la pondrá sobre la tumba de lo que fue el amor, cuando tú quisieras que la colocara en algún florero de la esperanza para que, un día cualquiera, renazca aquel sentimiento que te ha perdido.

Envejecerás, empezarás a morir: la magia ha terminado. Toda habrá cambiado. Aquello que tu alma anhela persistirá en tu corazón y se demorará en tu memoria. La nostalgia de aquel amor, mientras tomes café o te enfangues con tequilas, tu corazón se convertirá en un puñado de semillas amargas.

Se revaloran las cosas pasadas, se rescatan los tiempos felices, y por más relaciones que se experimenten, por más parejas que pasen por tus brazos, no podrán ser igual. Nadie como la persona amada.

Ella te llegará en el perfume de las horas felices.

Así es la vida

Quedan las brasas. ¿Volverán a arder o se terminaran por apagar?

No cabe duda que el dolor es el maestro más sabio. Amando aprendemos más que los filósofos y aullamos con las canciones.

Las mujeres se encuentran en el café, o reventándote en un antro y filosofan de su tema favorito diciendo: “¿Creen que no sentimos, que no nos duele, que no se nos rompe el corazón?”.

—Son hombres —responde la amiga—, qué puedes esperar de ellos si no tienen corazón.

Una mujer llora, otra consuela:

—¿Qué esperaba de los hombres, comadre? —siguen en sus disquisiciones, hasta que concluyen rotundamente las mujeres:

—Los hombres son una bola de cabrones.

—Así es la vida, comadre, así es la vida.

Mientras que tú, macho triste, sobre arenas movedizas de una cantina y ya el pantano llegándote hasta el cuello, y tú sabes cómo es esto, la vida yéndose con las copas, querido amigo, “qué te ha dado esa mujer que te tiene tan engreído”, y así se te va enfangando el alma, desinhibiendo la memoria herida, recordando a la persona amada, a la gema que Dios convirtiera en mujer para mal de tu vida, que es más hermosa cuanto más te emborrachas; a ella, la más ingrata, la más hija de la chingada, ay, a ella, la más amada de todas.

—“Todo lo que yo amaba estaba en ella” —intentas cantar pero haces pucheros y antes de echarte a llorar alcanzas a decir—: pinches viejas.

—Así es la vida, compadre, échese otro trago.

“Y que me traigan más botellas,

para quitarme este sabor de su sudor.

Y que me apunten en la cuenta

toda la desgracia que dejó.”