Opinion

Calaveras a mis hijos 2020

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Luis Villegas Montes

lunes, 02 noviembre 2020 | 05:00

A CINCO AÑOS

Se fue este año retepronto,

diez meses contamos ya.

“Dos mil veinte fue un trastorno”,

la historia nos lo dirá.

En el dos mil diecinueve,

de plano no escribí nada,

el tiempo se me fue, aleve,

y con la pluma olvidada.

Ahora me pongo ducho,

desde antes del jalogüín,

me afano y escribo mucho

para hallar un verso afín.

MARÍA LA VIAJERA

Después de un buen montón de años,

la Calaca está muy puesta:

“’ora sí tengo tamaños,

para por fin llevarme a esta.

Desde que ella se fue a China,

la he buscado como loca,

hosca, enojada, mohína,

lo juro que ya me toca”.

Así medita la Parca,

pensando en ir a por Mafer,

mientras ella busca y marca

en su ordenador, un Acer.

Pensando a dónde viajar,

si irá al Tíbet o Corea,

Tumbuctú o Madagascar,

María se afana y googlea.

La Muerte está muy contenta

afilando su guadaña,

pensando en vengar su afrenta

y en que esta vez no la engaña.

Va a buscarla, está segura,

de que esta vez sí la encuentra.

La Muerte jura y perjura

y se pone muy contenta.

Llegó a una provincia aislada

la Calaca muy confiada,

“aquí llegaste a una vez

—se dice la muy malvada—,

no me engañarán tu tez

ni tu carita pintada;

porque ‘ora sí yo te llevo

¡ay, flaca recondenada!

Te llevo y recontrallevo

Aunque te lleve amarrada”.

Busca en bares y cafés

—María se fue de parranda—.

La ciudad voltea al revés,

—Mafer viajó al Himalaya—.

La Muerte, al fin, ya muy harta,

se enfurruña y agazapa:

“Me voy al rancho de Andrés,

el que dicen que está en Chiapas”.

LUIS ABRAHAM Y LA PACHANGA

Hace dos años bien justos,

Luis Abraham se burló de ella,

sin ceremonias ni sustos,

la engañó y la puso peda.

“Esta vez no va a pasar,

conozco muy bien sus trampas,

y hoy me lo voy a llevar,

aunque utilice dos rampas.

Pues gordo sigue, lo he visto,

yo lo he estado vigilando,

sigue y sigue echando ‘pisto’

y, por supuesto, fumando.

¡Ah!, pero no se me pela

—se juraba la Huesuda—,

porque esta vez sí se amuela,

¡por Satán, que soy muy ruda”.

“Y claro no se va solo,

hay dos niñas muy inquietas,

y aunque me acusen de dolo,

me llevo de Luis sus nietas”.

Una se llama ‘Sofía’,

la más grandecita ‘Irlanda’,

una se va por porfía, mía,

la otra porque habla y habla”.

“Y aunque se quejen los dos

Luises —de tan mala fama—,

no me detiene ni Dios

y hoy duermen tres en mi cama”.

Así se alegra la Parca

y sueña en sus desvaríos:

en que esa noche que abarca

“¡esos tres van a ser míos!”.

No se imagina la Muerte

la pifia por ocurrir

ni lo triste de su suerte.

Tranquila y sin discurrir,

va a buscarlos y cabila

si sufrirá por metiche,

pues Abraham, sin hacer fila,

¡se le escondió en el boliche!

En los bolos ya no hay nadie,

y ni tampoco en los tacos,

y de rabia está que arde,

“¿dónde están esos chamacos?”.

Como el fruto de la vid,

trae destanteado a más de uno

la pandemia de COVID.

La Parca dice: “yo acuno,

las esperanzas más guarras:

ya nos veremos las caras

allá en el dos mil veintiuno”.

ADOLFO EL COCINERO DESPISTADO

“Adolfo se afana en España,

en España, Adolfo se afana”;

dice la Muerte, y lo daña,

en su perspicacia truhana.

“Van dos años que sigo su rastro,

a Canadá me llevaron sus huellas,

en Pamplona hoy sí lo arrastro.

aunque me guise paellas”.

Adolfo bien ha aprendido,

y por andar estudiando,

lo difícil de hacer nido

y eso de andar cocinando.

Guisa pato a la naranja

—encabrona un pollo a naranjazos—,

va por productos de granja

o cuece hasta los bagazos.

La Calaca lo sabe y espera

sufrir un ardid de su parte.

“Me descuido poquito y seguro,

seguro me parte mi madre”.

Así dice la Parca, enojada,

de buscarlo cuatro años ya hace:

“Yo, la Muerte, conspicua, aclamada,

falta poco para que lo abrace”.

La Parca sesuda prepara

el cómo llevarse al Adolfo;

la pobre no más no repara,

en que el chavo salió medio golfo

y en Pilar anda pensando;

en la escuela y estudiando,

entre jugando y penando,

pero al final… “cotorreando”.

“Esta noche consumo mi trama”,

se jura la Muerte violenta;

lo dice, lo gime, lo brama,

empeñada en noción tan cruenta,

pues Adolfo del Campus se ha ido,

fiel a su palabra y a su promesa:

“yo le dije a mi padre: ‘me cuido’

a mí no me pesca esa.

Si el COVID sigue en España,

me salvo de cualquier modo;

ya de noche o de mañana,

yo me encierro a canto y lodo”.

Así la Muerte se empeña,

en hallar cualquier resquicio,

para al Adolfo llevarse

a su infame precipicio;

pero el Adolfo resiste,

entre libros y recetas;

la Calaca desespera

y se va con sus maletas.