Opinion

Candidatos chatarra

.

Alfredo Espinosa

domingo, 18 abril 2021 | 05:00

Antes se decía del tropel de candidatos con pobre o empañada trayectoria política pero con enormes aspiraciones a algún puesto de elección popular, que la caballada estaba flaca; ahora, los candidatos brotan de la nada, aparecen de la chistera de las campañas publicitarias, e independientemente de las trayectorias personales que suelen ser nulas o desconocidas, se convierten de la noche a la mañana en los políticos –según nos prometen- que nos salvarán de las asechanzas de la vida. Estos son la novísima generación de los políticos chatarra. Por fortuna, esto logra algunos beneficios ciudadanos como hacer que los políticos sean desechables, aunque algunos de ellos se empecinen en ser reciclables. Y estos son los peores: quieren estar el negocio de la política y no pueden vivir en el error y alejados de los presupuestos.

Los candidatos son producto de la mercadotecnia y no el resultado de una trayectoria personal dedicada a luchas sociales. Este es el tiempo del marketing político en donde la imagen que proyecten es más vendible que la persona misma. La mercadotecnia es capaz de vender la experiencia de los vetarros como una sabiduría que necesitamos, y la juventud de los imberbes como un ímpetu  indispensable para algo que ya se les ocurrirá en el camino; es decir, estos modernos equipos de ilusiones son capaces de convertir sapos en príncipes o un pony en un percherón relinchante. 

El mercadeo ofrece en su menú sus múltiples productos, todos bien maquillados y sonrientes, y los exhibe en las calles a través de pendones o ametrallando con sus proyectos –con los que nos salvarán del desempleo, la inseguridad, los salarios magros- en los medios masivos de comunicación. Todos ya están trabajando para nosotros, y lograrán que nuestras familias vivan mejor. Y ahí están abrazando niños, -de preferencia niños con capacidades diferentes-,  retratándose con viejitos –mucho mejor si tienen una amplia sonrisa y molachos –, con mujeres luchonas, aprovechando todos los foros para declarar a los ahí presentes que defenderán sus intereses y que, desde ya, sus causas serán las de ellos.

Ya la hicimos, ahora sí ganamos. Ahora, con experiencia y resultados, con entrega, compromiso y capacidad para escuchar, sí gano.

Pero los políticos chatarra llegaron tarde. La ciudadanía carece ya de ilusiones. Ya no hay convicciones sino conveniencias. Sin embargo esto nos les interesa a los candidatos ni a sus agencias publicitarias: hay que poseer la mayor cantidad de votos independientemente de la minoría que asista a votar.

Las continuas elecciones que suceden en el país, en el estado, en los municipios, han logrado favorecer, no a los ciudadanos, sino a las empresas de la imagen, las encuestadoras, y a los medios masivos de comunicación que ya se han convertido en un poder fáctico de proporciones inimaginadas.

Pero también se sabe que los monopolios son la causa de la pobreza de toda índole. ¿Habrá alguna diferencia entre los monopolios políticos del PRI, PRD, Morena o PAN? Quizá existan entre estas franquicias algunos matices ideológicos en sus plataformas pero en la práctica son uno solo: desean asaltar los votos de los ciudadanos para llegar al botín más codiciado, al pastel de sus empalagos, a las sillas de sus desvelos. ¿Alguien creerá, sensatamente, que un político luchará por modificar las condiciones de vida de los chihuahuenses?

Resulta sospechoso que tantos candidatos estén prestos a ofrecer sus servicios al estado y a la patria. ¿Por qué la grave responsabilidad de servir a los chihuahuenses despierta tantas ansiedades y tantas pugnas? ¿Qué tendrán los puestos de presidentes municipales o de diputados que tantos suspiran por ellos? Es, indudablemente, el afrodisiaco del poder, los altos sueldos y sus viáticos, las nóminas confidenciales, el tráfico de influencias, las donaciones por favores otorgados, las concesiones, los moches, etc. La política es un gran negocio no sólo para los políticos, lo partidos, y algunas familias, sino también para los apostadores que arriesgan –invierten- grandes sumas de dinero buscando que su flaco caballo o su candidato chatarra logre llegar a la meta. Saben que llegando al poder los engranajes para sus negocios se enaceitan y se salvan de los engrudos burocráticos.

Los partidos políticos son una franquicia que como las transnacionales o los cárteles venden los distritos o las plazas. Y hay quienes las compran.

La política, de este modo, no una solución, sino otro más de los graves problemas que enferma a nuestra sociedad.

Los partidos políticos y sus paladines de barro se han convertido en unos de los más graves problemas que poseemos los ciudadanos. La pregunta es: ¿cómo los bajamos de nuestros hombros? 

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com