Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Chihuahua de finales del siglo XIX y principios del XX (Primera parte)

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/ Plano de la ciudad de Chihuahua en 1890 (AHMCh)
/ La ruta del ferrocarril de Chihuahua a Juárez iniciaría a finales del siglo XIX (Fototeca INAH-Chihuahua).
/ Mujeres tomando agua de una fuente que se encontraba en la Plaza de Armas a finales del siglo XIX (Fototeca INAH-Chihuahua).

Oscar A. Viramontes Olivas

viernes, 02 julio 2021 | 05:00

Chihuahua, hermosa señora del desierto que se yergue entre dos ríos que la cruzan y mitigan su sed, que la alimentan para dejar en campo fértil, la posibilidad de crecer y desarrollarse como una urbe moderna y que finca su vigencia en sus antecedentes que fueron pilares fundamentales para la formación de sus cimientos y la consolidación de cada una de sus etapas construidas a lo largo de décadas de trabajo duro, de sacrificios, de sangre derramada por las luchas intestinales que han dejado mucho sufrimiento. Pero fuera de eso, la alegría, empuje y progreso que han hecho sus habitantes, los chihuahuenses una población enamorada y entregada a sus raíces centenarias que miran al horizonte encontrándote querida Chihuahua, serena y majestuosa que se baña con las aguas del río Chuvíscar promotor de nuestra fundación, y que nace en la llamada “Sierra Azul” al suroeste de la entidad y termina uniéndose a más de 100 kilómetros de distancia en un poblado denominado “El Pueblito” con el majestuoso río Conchos. 

Por otro lado con menos longitud, pero con aquellos caudales que a principios del siglo XX llevaba agua cristalina, representaba un santuario para muchas especies de animales, éste es el río Sacramento que nace desde la sierra de Majalca al norte de la ciudad y termina uniéndose después de un trayecto de poco más de 30 kilómetros con su hermano el Chuvíscar en la llamada “Junta de los Ríos” y ¿por qué hermanos?, porque ambos pertenecen a la gran cuenca del río Conchos. Nuestra más representativa construcción, La Catedral Metropolitana, símbolo de la espiritualidad que por siglos, han forjado el carácter de su gente y que la ha acompañado en sus innumerables luchasen contra de las inclemencias del tiempo. Sus torres y cúpula sobresalen de aquel apretado diseño arquitectónico antiguo, donde se observaban calles angostas y sobrias fachadas que escondían en sus construcciones grandes patios.

En sus interiores, las enormes casas donde se animaba la vida íntima de las familias de finales del siglo XIX y principios del XX; sus construcciones con un patio central,  herencia de las raíces árabes que llegaron a América a través de España aportando a estas tierras el concepto de “jardines del paraíso”,garantía de la posibilidad de contemplar el infinito cielo con la luz del astro rey y el espectáculo nocturno del universo donde además se sentía y percibía, el verdor de los árboles que proporcionaban una fresca sombra para todos los caminantes y habitantes de Chihuahua. De sus hermosas arcadas y corredores, donde los niños, abuelos, padres, hermanos, salían por las tardes y noches para admirar el cielo limpio, “tupido” de estrellas con las enormes lunas de fin de mes que iluminaban las tinieblas de la noche. Sí, las casas con sus frescos zaguanes eran centros de recibimiento para los visitantes y reunión familiar. Así, era el ambiente de casa y fuera de ella junto a sus exteriores en diversas épocas del año, donde se sentía el polvo levantado por los vientos de Semana Santa; el calor quemante de primavera y una luz cegadora en el verano que armonizaba con el inicio de las lluvias el día de San Juan o de San Isidro Labrador. Para algunos del viento frío y punzante de los crudos inviernos que se experimentaban en Chihuahua y del manto blanco que tapizaban las llanuras, los cerros y la ciudad. Sin embargo, ahora mucho de eso ya no sucede, todo ha cambiado. 

El trazo y el tamaño de la ciudad de Chihuahua, siguen siendo básicamente los de una urbe colonial localizada en la parte central de una extensa llanura que año con año, ha crecido de manera desorbitada, pero en esas épocas al inicio del siglo XX su evolución había sido lenta, pero la mancha urbana seguía avanzando a paso firme, formando un rectángulo alargado y situado al costado del río Chuvíscar por una retícula irregular donde el nuevo milenio encontraría en Chihuahua, una ciudad próspera, fiel, reflejo del auge económico experimentado por el país y muy espectacularmente en el estado de Chihuahua. Así mismo, la capital comenzaría a vivir grandes transformaciones para 1900 donde nuestro terruño, orgulloso, ostentaría sus más recientes adquisiciones con la construcción del tramo del Ferrocarril Chihuahua-Ciudad Juárez en 1882 y para ello, se requería de infraestructura adicional y fue, cuando se planeó la construcción del tradicional “Puente Negro” que vincula al sur con el norte y viceversa con el fin de que los “monstruos” de acero, puedan pasar libremente por encima del río Chuvíscar, ahí donde por primera vez en aquel año pasaría la primera locomotora para el barrio del Santo Niño, próspero lugar donde también se fincaría una iglesia que llevaría el nombre del sector y ya con el arribo un año después del Ferrocarril Central a Chihuahua, lo que propiciaría sería la formación del barrio o la Colonia Industrial.

Los dos sectores Santo Niño e Industrial, se ubicarían en la ribera norte del río Chuvíscar y para los albores de 1892,se estrenaría otro nuevo puente metálico de menores proporciones que el “Negro”, destinado al cruce de tranvías de mulas, carruajes y peatones al que “bautizarían” con el nombre de “Puente Rojo” el cual, estaría ubicado en la avenida Cristóbal Colón y conectaría al sector del barrio “Bajo” con el Santo Niño, aunque la idea global había sido conectar el sur con el norte por encima del río. Con todos estos avances en materia de infraestructura que anunciaban a los cuatro vientos el inicio del desarrollo local, también se comenzaría la edificación de una estación de pasajeros para el ferrocarril junto a un complejo de talleres necesarios para la reparación de los mismos, además de otras áreas como la “Casa Redonda” para la reparación de locomotoras, bodegas, talleres diversos, viviendas para trabajadores del ferrocarril, gimnasio, salón de usos múltiples, casa del administrador, oficinas, andenes y pabellones, debido a que los trenes hacían una parada más larga en los talleres por lo que la gente preferiría abordarlos con más calma en un lugar cercano a la estación, aunque esto implicaría un recorrido más largo.

Dejamos por un momento el avance que dejó la entrada del ferrocarril por la ciudad de Chihuahua a finales del siglo XIX y nos trasladamos hasta el centro de la ciudad, donde llegaban alguna acequias con agua potable que se desprendían del acueducto colonial y que gracias a la visión del entonces gobernador el coronel Miguel Ahumada, se empeñaría a proporcionarle a la ciudad agua de buena calidad, iniciándose la construcción de la primera potabilizadora en la ciudad la cual se estrenaría en 1895, la que incluiría un moderno sistema metálico de cañería para la conducción de agua que permitiría dotar de este servicio a una extensión mayor para el centro de la ciudad y además con mejor calidad, lo que provocaría con los años, la desaparición paulatina de las antiguas acequias, piletas y fuentes en las plazas y calles de la ciudad, donde la población acudía con sus depósitos a abastecerse del vital líquido. Todo esto ayudó para que los problemas de enfermedades gastrointestinales se fueran mitigando, ya que el agua del acueducto en muchos de los casos ya venía contaminada por la caída de animales, basura, algún muertito ahogado, en fin, simplemente por estar a cielo abierto.

Del asunto del agua nos vamos a los centros de recreación y en nuestra querida ciudad, existía como origen un lugar “tapizado de árboles” denominado “Alameda Vieja” que a finales del siglo XIX y principios del XX, era un lugar paradisiaco, paso obligado por el camino a la “ermita” de Guadalupe que más tarde se convertiría en el Santuario con ese mismo nombre. Esta alameda estaba muy cerca al río Chuvíscar y era recurrida por la población para salir de la rutina y descansar a la sombra y el arrullo de los álamos, sauces, fresnos y otras especies que le daban un escenario de tranquilidad. Años pasarían y este lugar se convertiría para 1920 en el Parque Infantil que hasta hoy, se encuentra entre nosotros con las características de un descuido notorio lo que es lamentable para la ciudadanía. 

Otro más es el Parque Lerdo de Tejada, sitio de reunión y esparcimiento así como los pulmones de la ciudad, aunado a ello los cauces de los ríos Chuvíscar y Sacramento que estaban sembrados en sus orillas de álamos y cultivos, lo que eran lugares propicios para los días de campo y constituían un alivio al rigor del clima en los meses de verano durante la segunda mitad del siglo XIX. Esta crónica continuará…

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. Chihuahua de Finales del Siglo XIX y Principios del XX, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros. Además los libros sobre “Historia del Colegio Palmore (1880 a 1944), adquiéralos en Colegio Palmore o al celular 614-148-85-03 y con gusto los llevamos a domicilio. 

Fuentes de Investigación: 

Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua Tomo I, II, III, IV, V, VI y VII

Fotos INAH, 

violioscar@gmail.com

Maestro-investigador-FCA-UACh