Opinion

Chihuahuenidad

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Alfredo Espinosa

domingo, 26 septiembre 2021 | 05:00

La chihuahuenidad, árbol de mi vida, es la historia de una fascinación, el testimonio de la tribu con la que he galopado la mayor parte de mi camino. La chihuahuenidad es la biografía de un país bárbaro (como llamó Fernando Jordán al estado de Chihuahua), que comencé a escribir en la década intensa de los ‘80 del siglo XX, hundiéndome en las raíces de su historia e interesándome, al mismo tiempo, en el ramaje espinoso de su presente globalizado, y desde ahí gorjear algunas cábalas y vaticinios al vuelo de esquivos pájaros. 

La chihuahuenidad comenzó a ser narrada desde el río de los acontecimientos de 1986, en que cada uno de los chihuahuenses se convertían—voluntariamente o no—en protagonistas, espectadores, analistas, testigos, en fin, de una etapa prodigiosa y singular. La exuberancia de las diversas manifestaciones sociales (económicas, políticas, religiosas, culturales) significó, por lo menos, un retorno al asombro, un entrenamiento en el arte para desfacer entuertos, un despliegue de las capacidades chihuahuenses para propiciar el diseño de una sociedad distinta. En ese tiempo los sueños se desbocaban y se hablaba de chihuahuenizar al país.

A principios de 1987, regresé a Chihuahua después de siete años de haber vivido en la ciudad de México y de haber trabajado algunos meses en la sierra de Oaxaca. En esos años pude constatar, deslumbrado, la existencia de varios méxicos que desde lo profundo emergían como un prodigioso árbol de flores diversas.

A mi retorno, Chihuahua era otro. O el mismo de siempre pero con los rasgos de carácter más pulidos en las turbulencias de una nueva y vigorosa etapa de regionalismo. Yo también era otro, el mismo pero distinto. Todavía perplejo y conmovido inicié una columna periodística semanal bajo el título general de “Chihuahuenidad”, término que acuñé para dar fe y reflexionar sobre el escurridizo tema de la identidad regional.

Durante mi estancia defeña, me había integrado a un grupo de estudio que se interesaba por las identidades mexicanas, y entre otros libros, polemizamos sobre México en la cultura, de Samuel Ramos y El laberinto de la soledad de Octavio Paz, libros emblemáticos de la mexicanidad, y más tarde, La jaula de la melancolía de Roger Batra, un metaensayo cuyo objeto de estudio son las construcciones sobre “el carácter nacional” generadas desde el poder político para crear un sujeto tan imaginario como manipulable. Batra propone una metáfora como modelo de sus exploraciones: el axolote, un invento para generar interpretaciones.   

La pugna de las ciencias persiste; su búsqueda de verdad y legitimidad de sus interpretaciones del mundo y sus múltiples fenómenos provoca que entre una y otra se combatan los modelos teóricos y sus métodos: en estos tiempos ya no se explica con literatura, psicología y filosofía los modos del ser mexicano o chihuahuense; hoy la antropología e historia destruyen con mazos y espadas los perfiles del hombre, revela las claves de los intrincados laberintos solitarios, y convierte las motivaciones personales e inconscientes en simples resultados de procesos históricos y sociales. Desvanecen la magia de cristalizar al mexicano con una breve descripción y unos cuantos adjetivos, un trauma, algunas imágenes, dos o tres canciones. Y sin embargo, las demoledoras antropología e historia, explican pero no logran, al final de cuentas, definir o aproximarse a las caracterologías que, indudablemente, se observan en ciertos grupos humanos. 

Es incuestionable que los chihuahuenses son diversos y unos grupos suelen compartir muy pocas historias, rasgos o procesos sociales; pero también resulta inobjetable que, en conjunto, existen una serie de características y comportamientos chihuahuenses que son distintas, digamos, a las que a vuelo de pájaro se observan en los yucatecos.

La única certeza es que es inasible la realidad, mucho más la que ha ocurrido en siglos pasados; es como describir la imagen de agua en el río, rizada por el viento de junio, de un día lejano que el corazón recuerda porque entrelazó su mano con la de su amada. En otras palabras, si se desea una explicación más o menos verosímil sobre el asunto de las identidades, es indispensable la mayor información posible sobre el objetivo a explorar y después atreverse a poner el otro pie en el resbaladizo territorio de las conjeturas, especulaciones, literatura y magia. 

Durante mi residencia en el Distrito Federal, a mis compañeros, casi todos del centro del país, les parecía natural que Samuel Ramos tomara como modelo de sus teorías de identidad al peladito mexicano y a su antípoda el catrín, y ni por asomo se le ocurría pensar en la existencia de otros tipos de mexicanos. Les parecía incontrovertible lo que a mí me sorprendía. Pelado y catrín muy poco poseían en común con el ranchero norteño, con los indígenas de tierras ásperas y áridas. 

Yo me preguntaba: 

¿Cuándo llegamos a ser chihuahuenses los chihuahuenses?

¿Fue en el momento en que los indios chichimecas construyeron Paquimé? 

¿Cuándo Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Estebanico, según la versión de fray Marcos de Niza, alucinaron Cíbola, Quivira y las demás ciudades de oro? 

¿Fue cuando los apaches y las demás tribus indias, nómadas y semisedentarios, andaban de pie volante galopando por estas tierras cazando bisontes cíbolos, sintiendo la libertad del viento y la inmensidad de las tierras?

¿Fue cuando llegaron los primeros aventureros españoles, al mando de Francisco de Ibarra, declarando que a partir de ese momento todo espacio que pisaran y alcanzaran a mirar pertenecía a la Corona? 

¿Fue cuando hallaron plata y decidieron fundar Santa Bárbara, el primer pueblo de la Nueva Vizcaya? 

¿Fue en el instante en que chocaron dos culturas, los tenaces españoles y los indios indomeñables, iniciándose los combates por el territorio? 

¿Fue en el momento en que se inventó la palabra Chihuahua para designar estos lares? ¿O cuándo se le otorgó sus límites geográficos?

¿O acaso cuando se erigieron vencedores los españoles y criollos, todavía más feroces que los feroces apaches (como les llamaban a todo indio que se moviera con pie volante) que combatían, y que lograron exterminar junto con la mayoría de las tribus indígenas (Conchos, Tepehuanes, Guarojíos, Tobosos, Tapacolmes, Chiricawas, Rarámuris, Mezcaleros, Comanches, etc.) que habitaban estas regiones?

¿O fue cuando juzgamos, al estilo hipócrita de los españoles en el poder local, que antes del juicio ya estaba dada la condena, fusilamos, al antiguo y autómata estilo militar que dispara sobre los acusados con unas vendas sobre los ojos todavía más oscuras que las del mismo acusado, y decapitamos, al estilo apache o del diespiadado Kirker, al padre de la patria, Don Miguel Hidalgo y Costilla?

¿Llegamos a ser chihuahuenses cuando Luis Terrazas, aprovechando que poseía en sus manos todo el poder político, facturó a su nombre el estado de Chihuahua?

¿Fuimos chihuahuenses los chihuahuenses en el momento en que Benito Juárez se refugia en el desierto, albergándose en estas tierras a las que llega en una carreta desvencijada cargando las Leyes de Reforma y La República acosada por el imperio de Maximiliano?

¿O fue, acaso, cuando los gringos se apoderaron del 51% del territorio nacional y todavía Santa Anna les vendió La Mezilla? 

¿O cuando los chihuahuenses se levantaron en armas elementales y fueron vencidos estrepitosamente en Sacramento, por esos mismos gringos rapiñosos?  

¿O fue cuando los tomochitecos, con todo el poder de Dios y guiados por la Santa de Cabora, se enfrentaron al ejército de pelones de Porfirio Díaz? 

¿O de plano sucedió cuando Pancho Villa irrumpió en la historia a punta de pistola, y su pueblo gritaba al mirarlo rayar su zaino renegrido ¡Viva Villa, cabrones!?

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com

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