Opinion

Chihuahuitas y Juaritos: enemigos íntimos

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Alfredo Espinosa

domingo, 28 junio 2020 | 05:00

Ciudad Juárez ha sido la más reciente residencia del diablo, y la ciudad de Chihuahua su casa chica. 

Juaritos y Chihuahuitas son tan distintos que cuesta trabajo hermanarlos. Un aire de familia, sin embargo, les pule algunos rasgos que los emparenta. 

Los chihuahuenses de la ciudad se describen, con su propio escudo por delante, como educados y corteses, leales y valientes, hospitalarios y trabajadores. Espejito, espejito, dime, ¿quién es el más bonito? Tú, chihuahuita, porque has demostrado tu resistencia, tu autonomía, tu dignidad, tu grandeza siempre a punto de concretarse. Eres tenaz y franco y bueno. Consistente, señorial, un poco brusco de afectos. Perteneces a esa clase en extinción que son los hombres libres. Miro en tu futuro la grandeza de tu raza.

Sin embargo, cuando se le cuestiona a un juarense sobre como son los chihuahuenses de la ciudad, de inmediato piensa en un chihuahuita, es decir, una persona conservadora, tradicionalista, reaccionaria, clasista, cuyo valor esencial es la fachada, de círculos sociales cerrados, desconfiada, egocéntrica, mezquina, envidiosa y acumulativa, individualista, con un gusto excesivo por la novedad, snob y kitch, con un respeto atávico por la institucionalidad, despreciativa con quienes no se parecen a ellos mismos, obsequiosa con los gringos, los poderosos y los extranjeros, pero racista con sus paisanos pobres, indígenas, cholos, cheros, fronterizos y toda la gama “de clase inferior”. 

El desquite para el citadino chihuahuense llega cuando se le pide que describa a los juarenses. De inmediato piensa en un juaritos y el número de adjetivos parece interminable: es anárquico, insolente, irresponsable, poco educado, liberal, desmadroso, chafa, caótico, advenedizo, sin arraigo, machado por las diversas sangres, corriente, entreguista, siempre flotando y mirando al norte como queriendo saltar al otro lado, sin respeto a los valores tradicionales, etcétera. 

Ante sí mismo, en contraste, el juarense tiene su propia definición idílica: pertenecemos, dicen muy orondos, a la ciudad del futuro: cosmopolitas, plurales, bilingües o polilingües, emprendedores, con una capacidad infinita para hacerla, para salir adelante, tolerantes de las otredades, buscamos opciones para todos, juran y perjuran. Los juaritos, presumen, nos aceptamos tal cual sin falsas apariencias; descreemos en un poder institucional omnívodo, hacemos por nosotros mismos las cosas en las que creemos y nos reventamos sin moralidades pazguatas.

Ciertos chihuahuenses dicen que la ciudad de Juárez es como los juaritos: intrincada, caótica, con calles sobrepobladas de enormes autos viejos descompuestos estacionados casi en el umbral de sus casas, una ciudad fea con una evidente pobreza arquitectónica que exhibe un pasado con muy pocos testigos de pie (La Catedral y la Aduana y párale de contar), casas que fueron creciendo en espacios reducidos y que de noche asustan, ahí queda claro, dicen los chihuahuitas, que la cualidad estética les está vedada; carreteras siempre haciéndose entre las dunas, con tráficos desviados hacia ninguna parte; Juárez es un tilichero. Indudablemente, concluyen los chihuahuitas, lo mejor de Juárez es El Paso, Texas. En cambio, la ciudad de Chihuahua, suspiran los chihuahuitas, es ordenada, moderna y limpia. “Pues sí -responden los juaritos -, los chihuahuitas son enjundiosos constructores de lotes baldíos. El que era el Centro Histórico es ahora un hueco enorme. No tardarán en tumbar el Palacio de Gobierno para construir un estacionamiento de tres pisos”. Chihuahuitas y juaritos padecemos la incultura y la avidez especulativa de los gobernantes.

El paisaje humano es también distinto: el chiuahuita es formal en su vestir; los juaritos desenfadados. Más elegante el chihuahuita; más cómodo y libre el juaritos. Los primeros acatan las normas y se apegan a ellas; los segundos buscan los atajos más efectivos. El chihuahuita está siempre atento a la posición en la jerarquía social; el juaritos ignora títulos nobiliarios y pedigrís, y se integra con facilidad a todos los grupos.

Total que un chihuahuense en Juárez enloquece; un juarense en Chihuahua se asfixia.

Para un Juaritos, un Chihuahuita es un personaje odiado; el Juaritos, para el Chihuahuita, es una silueta que se desvanece en la indiferencia. Un Juaritos, ante los Chihuahuitas, desea imponer algún tipo de superioridad, y –si se puede- darle un coscorrón. Un Chihuahuita se va por el atajo de Santa Teresa para no pasar por Juárez.

Ciudad Juárez se queja y se resiente de ser tratada como una provincia de Chihuahua, pese a que es la ciudad más poblada del estado y también la más activa económicamente. Aspira a ser tratada como a una ciudad adulta y no como una timorata menor de edad. Juárez observa que la derrama presupuestal del gobierno es mayor en la ciudad de Chihuahua lo que genera desacuerdos, disputas, y desquites electorales. Los juaritos están resentidos, y con razón, del trato discriminativo de los gobiernos estatales centralistas. Chihuahua reclama al centro la violencia del poder federal, pero cuando Juárez recrimina lo mismo al poder estatal, Chihuahua adopta la misma actitud que el D.F.: desoye, o desacredita tales aspiraciones regionalistas por no sintonizarse con los discursos emanados desde la residencia del poder. 

Ciudad Juárez posee una personalidad recia en comparación a la que puede hacer sentir el municipio de la Ciudad de Chihuahua que suele parecer, casi siempre, un apéndice del gobierno estatal. Juárez ha manifestado en varias oportunidades su deseo de separarse, no para anexarse a la bandera estadounidense, sino para   convertirse en otro estado distinto al de Chihuahua. De hecho, las fronteras son más parecidas entre ellas que con otras ciudades del estado al que pertenecen. Los fronterizos se sienten más cercanos e identificados con los chicanos quizá porque poseen el mismo origen que ellos, y comparten casi los mismos problemas. Juárez es ya, culturalmente, otro estado. 

Juaritos y chihuahuitas, vecinos distantes, hermanos enemigos. Si se dieran la mano, juntos, alcanzarían una riqueza humana y espiritual indestructible. El Paso del Norte brindó su hospitalidad a Benito Juárez; Chihuahua acunó a la Revolución Mexicana. Lo que une la historia, no lo desunan los gobiernos.

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alfredo.espinosa,dr@hotmail.com

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