Opinion

Colgar el pañuelo rojo

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Benito Abraham Orozco Andrade

martes, 30 junio 2020 | 05:00

Puede asociársele con las fiestas de San Fermín en la ciudad de Pamplona, España; con la exigencia de agilizar el proceso de adopción de infantes en Argentina; o con los exploradores chiapanecos que fueron los primeros en atravesar el Cañón del Sumidero, pero durante la pandemia que estamos viviendo, el pañuelo rojo ha adquirido su propio significado.

Un movimiento de pensionistas vascos que todos los lunes llevaba a cabo concentraciones en capitales y municipios de esa comunidad española para exigir pensiones dignas, ante el confinamiento por la pandemia del Covid-19, decidieron colgar en ventanas y balcones los pañuelos rojos que identifican al colectivo, para así continuar con sus manifestaciones, haciendo con tal actividad también una muestra de solidaridad con el personal de salud y con las personas que en general se han visto afectadas de una u otra forma por tal enfermedad.

En diversos países, entre ellos el nuestro, el colgar el pañuelo rojo en la ventana de la casa o en una parte visible al exterior de la misma, en estos meses ha venido siendo una solicitud de apoyo ante la carencia de lo más básico para poder subsistir, principalmente de alimentos. Tanto en las redes sociales, como en periódicos impresos y digitales, se están dando a conocer los hogares en donde se está colocando dicho pañuelo, promoviendo así la ayuda de la sociedad en general.

Pero si vamos más allá de sólo ver una foto donde ocurre lo anterior, y nos damos a la tarea de indagar lo que llevó a la persona -joven o mayor, con familia o solitaria- a pedir el apoyo de esa peculiar manera, indudablemente encontraremos una situación que no es novedosa, pero que ante la situación sanitaria y económica por la que estamos pasando, se ha venido agravando y evidenciando aún más.

Son millones de personas las que no han tenido la fortuna de contar con un empleo o ingreso estable, que les permita vivir modestamente con lo mínimo indispensable para ellas y para sus familias. Viven al día, con lo que van pudiendo conseguir de alguna actividad informal, y no cuentan en su entorno con quienes los puedan auxiliar ante alguna complicación económica. Provienen de familias pobres, y la experiencia nos dice que así seguirán por algunas generaciones más, o por siempre.

Estar en casa, sin un centavo para poder pagar la renta y los recibos de luz y agua, pero lo mas delicado, sin tener alimento alguno para uno mismo y para la familia, o las medicinas para mitigar alguna enfermedad, con el calor contribuyendo al malestar físico y emocional, y sin la expectativa de encontrar fuera del hogar la solución a tales problemas, pues se carece de empleo y de bienes para poder venderlos, y ni para qué pensar en acudir a algún banco donde pueda ser autorizado un préstamo, esa es parte de la realidad que viven esas personas que se ven en la imperiosa necesidad de “colgar el pañuelo rojo”.

Aun y cuando al parecer la solidaridad de muchas personas ha estado presente, es una situación que debe avergonzarnos como sociedad, pues no se tiene que llegar a estos extremos para voltear a ver las carencias de los demás y para preocuparnos por ellos. El simple hecho de no contar con un empleo estable, es un grave atentado contra la dignidad de cualquier ser humano, y el no recibir del Estado la asistencia mínima para no padecer dichas privaciones, es una clara muestra de que quienes nos han venido gobernando por décadas, no han tenido la voluntad de administrar adecuadamente la riqueza nacional, para beneficio de todos.

Hay quienes cometen la estupidez de comentar que no es difícil sobrellevar el confinamiento en casa, y publican en las redes sociales fotos donde se encuentran con sus hijos amainando el calor en la alberca de su casa, cocinando en el asador unos finos cortes de carne y con algunas bebidas refrescantes en mano, pisando con sus pies descalzos el fino pasto verde de sus grandes patios.  Una preocupante, abominable y desmedida insensibilidad, que evidencia la falta de interés y de respeto por los que menos tienen. 

Definitivamente no es cierto que el coronavirus afecta igual a ricos que a pobres, pues los primeros tienen a su alcance los recursos para exponerse lo menos posible a esa enfermedad y, en caso de contraerla, tienen acceso a mejores médicos, hospitales y medicamentos. Además, ellos si pueden estar meses y meses sin salir de casa, sin tener complicación alguna.   

Ojalá que esta pandemia nos deje a todos grandes lecciones y que impere la solidaridad y el respeto a la dignidad de los, hasta ahora, más desfavorecidos.

No más pañuelos rojos colgados.