Opinion
Álter Ego

Comida chatarra

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Rafael Soto Baylón

domingo, 13 septiembre 2020 | 05:00

“En el fondo de nuestras almas, los economistas amamos a los dictadores. Las finanzas públicas serían sólidas porque los presupuestos no tendrían que negociarse con diputados, senadores, políticos. Sólo quisiéramos que ese dictador fuese omnipotente, justo, inteligente y generoso” me dijo un amigo economista.

Con lo mismo sueñan los responsables de la Salud Pública. Se mueren por promulgar leyes que protejan a la ciudadanía de alimentos dañinos mediante leyes y reglas que deberían ser válidas para el mundo entero si es posible. En Oaxaca ya entró en vigor la Ley de Comida Antichatarra. Y otras entidades quieren seguir el mismo camino.

Y es que el famosísimo López Gatell sigue la política sexenal que en vez de encontrar soluciones a problemas, se dedica a encontrar culpables en estos casos en  los alimentos chatarra. Ahora resulta que los refrescos con altos contenidos de azúcares, jugos,  papitas, hamburguesas, pan, galletas, dulces, chocolates siempre y cuando estén procesados y no sean de fabricación casera son responsables de la obesidad, la diabetes y por ende, en una lógica absurda, del Coronavirus. Luego la niñez no deberá consumirlos (¿los adultos sí?) ni comprarlos y tendrán que pedirle a un adulto lo haga por él. La pena por el delito de comprar una Coca es idéntico que si es una botella de tequila o unos Doritos o una cajetilla de cigarros. ¿Saben por qué? Porque estas cosillas son herencia de los neoliberales.

Claro está que la ahora llamada Ley Gatell la cual prohíbe venta, distribución y donación de alimentos con alto contenido calórico y bebidas azucaradas a menores de 18 años es un simple distractor de los efectos de la Covid. Pero ¿desde cuándo los ciudadanos del mundo consumen estos alimentos? La Coca Cola nació a finales del siglo 19. Sabritas por 1943 y el Coronavirus ni asomaba su inexistente nariz. Además, están las ricas tortillas de harina, los bolillos o pan de blanco, botanas, galleticas, rosquillas y pastelillos o postres fabricados en casa que son engordinas ¿también estarán proscritos?

Es indiscutible que el consumo indiscriminado de estos productos es dañino. Pero también lo son las bebidas con alcohol, el tabaco, la carne “enriquecida” con clembuterol, el que los pollos sean engordados con hormonas, la leche bautizada con agua no purificada, y un larguísimo etcétera. Si es así ¿por qué no se prohíbe de una vez por todas? Nada de azúcares, nada de carnes ni rojas ni blancas que no sean orgánicas. Aún en contra de su voluntad hagamos que los ciudadanos sean delgados, saludables, liberémoslos de los nocivos efectos del tabaco, de las cervezas, tequilas, brandis y demás. Sean sanos aunque no quieran, porque lo dice el Estado. Y el Estado soy yo. ¿Y la libertad? Bien, gracias.

Pero, seremos saludables pero jamás antipatriotas, no están prohibidos los dulces típicos. Lo que nos llama a pensar que las políticas gubernamentales van contra las grandes empresas de este ramo y no contra la chatarra y la obesidad.

La educación alimentaria debe provenir de los responsables de la educación de los menores. Es mejor convencer a través de campañas de salud objetivas de lo indeseable del consumo ilimitado de estos alimentos y bebidas chatarras que hacerlo a la fuerza. Ningún gobernante es lo suficientemente sabio para decirle a sus gobernados qué pensar, qué decidir, qué comer, qué tomar. En contra parte, será más penado comprar un Lays que cigarrillos de mariguana (los cuales van que vuelan para legalizar su comercialización y consumo). ¿Me he perdido los spots “di no a las drogas”? Ya sabemos que cualquier adulto podrá comprarles a los niños lo que venden en las tiendas de la esquina y si la mano del gran legislador las prohíbe de manera total y definitiva siempre tendremos la opción de la ilegalidad. Ya había voces –que el presidente tuvo a bien inmovilizar- de aumentar un 400% el impuesto a los refrescos azucarados. Qué será al fin, ¿una sincera preocupación por la salud de los mexicanos? O fines recaudatorios. En este México surrealista los infantes podrán decidir libremente si llevar primero el apellido paterno o materno. Usar pantalones o faldas, declarar sus preferencias sexuales e incluso cambiarse el nombre pero no comprar una Pepsi.

Mi álter ego pregunta al Señor Presidente ¿pagar una cuota de agua vale más que las vidas de  personas? Una gota de agua jamás tendrá más valor que una gota de sangre.