Opinion

Cómo terminan las democracias

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Yuriria Sierra

miércoles, 26 mayo 2021 | 05:00

Ciudad de México.- Lo siguiente fue escrito por Jean-François Revel en 1983, cuando se intensificaban los movimientos revolucionarios-socialistas en el mundo de Occidente, que atentaron contra sus democracias por considerarlas un obstáculo a su proyecto (mismo que, al paso del tiempo, se desmoronó por todos lados). Cita larga, porque nada tiene desperdicio:

“La democracia se inclina a desconocer, a negar incluso, las amenazas de que es objeto por lo mucho que le repugna tomar las medidas idóneas para darles réplica. Sólo despierta cuando el peligro se vuelve mortal, inminente, evidente. Pero entonces ya no le queda tiempo para poder conjurarlo o el precio que ha de pagar por sobrevivir resulta abrumador.

“Al enemigo exterior, antaño nazi, hoy comunista, cuya energía intelectual y cuyo poder económico está completamente orientado a la destrucción, se añade, para la democracia, el enemigo interior cuyo lugar está inscrito con sus mismas leyes. Mientras que el totalitarismo liquida todo enemigo interior o pulveriza todo principio de acción de su parte gracias a medio simples e infalibles por antidemocráticos, la democracia no puede defenderse más que con mucha suavidad.

“El enemigo interior de la democracia juega con ventaja, porque explota el derecho al desacuerdo inherente a la democracia misma. Con habilidad bajo la oposición legítima, bajo la crítica reconocida como prerrogativa de todo ciudadano, oculta el propósito de destruir la democracia misma, la búsqueda activa del poder absoluto, del monopolio de la fuerza.

“En efecto: la democracia es ese régimen paradójico que ofrece, a quienes quieren abolirla, la posibilidad única de prepararse a ello en la legalidad, en virtud de un derecho e, incluso, de recibir a tal efecto el apoyo casi patente del enemigo exterior, sin que ello se considere una violación realmente grave del pacto social. La frontera es indecisa, la transición fácil entre el oponente leal, que utiliza una facultad prevista por las instituciones, y el adversario que viola esas mismas instituciones.

“El totalitarismo confunde al primero con el segundo para así justificar el aplastamiento de toda oposición; la democracia confunde el segundo con el primero, por miedo a verse acusada de traicionar sus propios principios.

“Llegamos así a esta curiosa situación —que vivimos todos los días— en la sociedad que convencionalmente llamamos Occidente: situación en la que quienes quieren destruir la democracia parecen luchar por reivindicaciones legítimas, mientras que quienes quieren defenderla son presentados como los artífices de una represión reaccionaria.

“La identificación de los adversarios, interiores y exteriores, de la democracia son unas fuerzas progresistas, legítimas y, lo que es más, con unas fuerzas de ‘paz’ tiende a privar de consideración y a paralizar la acción de hombres que no quieren más que defender sus instituciones.

“A esta coalición de fuerzas hostiles, de lógicas negativas, se añade un hostigamiento tal de acusaciones y de intimidaciones culpabilizadoras como ningún otro sistema político ha soportado jamás...”.

Esto fue escrito hace casi 40 años. Por un politólogo, filósofo y, sobre todo, pensador rebosante de realismo.