Opinion

Concubinos y Estado son cómplices.

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Manuel Narváez Narváez
miércoles, 17 julio 2019 | 05:00

Una mujer compartió 25 años de su vida con el hombre que amaba; no se casaron porque él nunca quiso hacerlo. Ahora se encuentra en la disyuntiva de soportar el calvario de una unión sin amor, para no perder el techo donde duerme o, liberarse y encarar los retos de una mujer madura sin trabajo y sin dinero.

Roxana llegó a la capital del estado, procedente de Guazapares. Tercera en la línea de sucesión de 11 hermanos, cuyos padres fallecieron a temprana edad (39 él, 42 la madre) por enfermedades relacionadas con la desnutrición.

A sus 18 años cargaba con dos hijos producto de la unión libre con Simeón, un jornalero que los abandonó para unirse a un grupo criminal local. Desde hace años que no sabe de él, por lo que tomó la determinación de arriesgarse a dejar el terruño para emplearse en una tienda de cosméticos de Chihuahua, donde la recomendó una prima.

Sin más equipaje que dos cajas de huevo en las que guardó todas sus pertenencias; ropa de Julián (3), Rosaura (2), dos cambios para ella y una cobija como las que regalan las autoridades en invierno. Sus otras posesiones incluían un tamborcito de esos que se ven en las fiestas patrias y un muñeco de los que todavía se comercializan en las importadoras.

Su prima Hilda, muy joven igual que ella, la recibió en el entronque de la salida a Cuauhtémoc y calle 120. De ahí tomaron un camión de la ruta circunvalación que las llevó a la colonia Zootecnia, donde pasaría los siguientes 6 meses de su vida, hasta que conoció a Eduardo, el chofer del transporte urbano que, sin saberlo, era el que conducía esa ruta alimentadora el día que arribó a Chihuahua.

De ojos color miel, piel clara y anatomía muy definida, Roxana no pasaba desapercibida. Atraía las miradas de cuanto pelafustán se cruzaba frente a ella en su camino diario para llegar al multimercado Zarco, donde laboraba. Fue precisamente en esos trayectos de seis días a la semana, que Eduardo logró su objetivo de conquistarla.

No pasaron ni tres meses desde que el afortunado la convenció para llevársela a vivir a una casa que rentaba en el Cerro de la Cruz, cuando éste recibió la invitación de trabajar como vendedor de una famosa marca de herramientas pesadas. La seguridad del ingreso les allanó el camino para procrear dos hijos y enganchar una propiedad Cerca de Lomas del Santuario. 

La dedicación de Eduardo al trabajo rindió frutos y al cabo de 8 años se enganchó con la renta de un local en una avenida importante de la ciudad, donde comenzó a comercializar a gran escala las herramientas de la compañía que lo invitó a unirse a ellos años atrás. Entretanto, Roxana repartía su tiempo en llevar a la primaria a sus dos hijos mayores y al kínder a los dos menores.

La pulcritud de los pisos limpios, las recámaras alzadas y los aromas que despiden los platillos hechos con amor, albergaban un verdadero ambiente hogareño. Por la noche, después de los quehaceres, Roxy, como la llamaba Eduardo, se sentaba frente a la pantalla de un ordenador para tomar clases en línea para ser técnico administrativo. Fue esa determinación de aprender algo nuevo tras concluir la secundaria, lo que catapultaría el negocio de la familia.

Con los chicos ya en la prepa y en la uni, Roxana dedicaba seis horas diarias, a veces sábados y domingo, en la administración de la distribuidora regional, que ya no ferretería, y como jefa de una docena de empleados. Esto permitía a Eduardo ausentarse hasta por una semana en viajes constantes a diversas partes del estado y entidades circunvecinas.

Con la rutina del trabajo y la disciplina en los gastos, la expansión del negocio alcanzó para construir una propiedad en el exclusivo residencial San Francisco, la que, por cuestiones fiscales, fue escriturada a nombre de Roxana. Los hijos más grandes concluyeron estudios profesionales y se independizaron, mientras que los más jóvenes se encuentran estudiando carreras de comercio internacional y desarrollo tecnológico en universidades privadas.

Así han transcurrido 24 años de unión libre entre Roxana y Eduardo, sin más sobresaltos que discretas y sospechosas salidas del ahora empresario, las que se han convertido en constantes los últimos 5 años. Este tiempo coincide con la lejanía corporal entre la pareja, de hecho, las vacaciones que tomaban cada dos años en alguna playa del caribe mexicano o centros de esquíes en Colorado, no se ha repetido desde hace cuatro años.

Roxana, discreta, pero fuerte como toda serrana, invitó una noche a cenar en su propia casa a su concubino. Eduardo llegó puntual, con vestimenta para la ocasión y con la sobriedad que lo caracteriza. Al tiempo que terminaron de degustar el primer tiempo de tres, Roxy, con voz serena y sin recriminar nada, le soltó: Ya no te amo y quisiera irme a vivir sola. 

Eduardo, sin aspavientos. pero con la mirada clavada en la suya, cuestionó: “estás segura de lo que dices, porque tendrás que arreglártelas sola”, y sin levantar la voz, pero con tono intimidante, remató: “piensa, no tienes a donde ir, ni tampoco trabajo, va a ser muy difícil que te contraten si no tienes estudios”.

El silencio se apoderó del ambiente y lo hizo muy pesado, hasta cierto punto insoportable. Para no causar un enfado mayor, ambos se levantaron de la mesa y sin terminar de consumir todos los alimentos preparados por ella. Esa noche se fueron a la cama, sin dirigirse la palabra, como ya venía sucediendo tiempo atrás.

Desde aquel día, Roxana agota sus días en reuniones con amigas o paseos vacacionales con sus hijos menores. Sigue manteniendo su casa en perfecto orden y dedica mucho tiempo a la lectura; ya no se esmera tanto en cocinar por lo que es muy común pedir comida a domicilio. Por la empresa ya no se para desde hace cuatro o cinco años.

Hace unos días acudió a un bufete de abogados, a consultar qué derechos tiene como concubina. El litigante, cónyuge de una de sus mejores amigas, le comentó que no tiene derecho a recibir compensación alguna ni dividendos de la empresa que ella ayudó a desarrollar. Tampoco podrá acceder a una pensión, salvo un pequeño porcentaje de los ingresos de Eduardo, siempre y cuando no trabaje y se mantenga soltera. Eso sí, podrá, pelear por la propiedad que está a su nombre, ya que su concubino no está dispuesto a cederla sin juicio de por medio.

Es así como Roxana, una mujer que edificó una familia y ayudó a construir una gran empresa, que confió su tiempo y dedicación a un hombre al que amaba y respetaba. Hoy, tras casi un cuarto de siglo de ser pareja, madre y columna moral de su familia, se encuentra en la disyuntiva de quedarse en la calle y condenada a desempeñar un rol de persona muda y presa en lo que fue su hogar, o reconquistar su libertad empezando desde cero porque el Estado no la protege del desconocimiento a los años compartidos de buena fe y por amor.

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