Opinion

Condicionar actitudes

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Sergio Alberto Campos Chacón
domingo, 01 diciembre 2019 | 05:00

El terrorismo tiene su origen histórico en motivaciones políticas para desestabilizar gobiernos, pero su empleo varió según los propósitos que se persigan para construir estados mentales que se desean construir en las personas o grupos.     

El terror implica el miedo, se refleja en la inmovilidad personal, familiar o de una comunidad; mediatiza y fractura proyectos de vida individual o masivos.

El miedo puede ser inmediato y pasajero o prolongado; disocia la comprensión de la realidad y regularmente, quien lo padece, no racionaliza sus causas, se evade del peligro, del riesgo, la reacción del inconsciente ordena la autodefensa o el olvido de esa realidad.

Por eso, el atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York, sede del centro internacional de comercio de los Estados Unidos, inyectó pánico en la población estadounidense, alertó al colectivo de futuras y muy probables agresiones a sus instalaciones sociopolíticas más representativas.

Los sociólogos diseccionan los efectos que los actos terroristas causan en la población y, si los embates son sistemáticos la inhiben y constriñen sus procesos sociales, culturales, costumbres y cohesión.

Este contexto es al que se refiere la familia LeBaron y no menos en otras regiones del sur del país, sea Michoacán, Guerrero, Veracruz o en el norte, en Ciudad Juárez, Laredo y de hecho el territorio del estado de Tamaulipas.  

La sierra de Chihuahua es objeto de ataques o eventos intimidatorios; familias huyen de la violencia, son desplazados y obligados en defensa del grupo, de sus hijos.

Si son 30 mil ó 32 mil y fracción de personas asesinadas en 2019, téngase como indicador el alto impacto en la mente nacional.

La doble nacionalidad de los integrantes asesinados de la familia LeBaron les permitió la intervención de senadores norteamericanos y del gobierno mismo de los Estados Unidos a puntualizar la posibilidad de calificar a los cárteles mexicanos como terroristas, dado su poder bélico y tecnológico, y se sentirían facultados para intervenir y abatirlos, porque el Gobierno Federal mexicano es incapaz de ello.

Entiendo que adoptar esa decisión supone un complicado proceso de trámites constitucionales en virtud de que movilizarían unidades especializadas de varias instancias como la DEA, CIA, Departamento de Estado, tropas y otras, para diagnosticar cuáles cárteles y quiénes ordenaron los asesinatos de las madres y niños LeBaron. No es el anuncio simple del presidente Donald Trump.

El tema tiene muchos ángulos, la protección tradicional del gobierno estadounidense a sus nacionales en cualquier lugar del mundo, las posibilidades estratégicas de asentarse en determinado territorio extranjero y desde sus posiciones llevar a cabo la ofensiva contra los terroristas, o a distancia por medio de drones abatir a los “blancos” bien determinados o convencer y acordar con gobiernos nacionales que acepten investigar y participar a sus agentes y ejecuten acciones de exterminio de sus enemigos.

Es un esquema de supuestos complejos, delicados, ya que el grupo o conjunto de personas identificados como "terroristas" son considerados enemigos de los Estados Unidos de América.

El gobierno federal nuestro admitió que la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) “coadyuvará” en las indagatorias en la región de Bavispe, Sonora y colonia LeBaron en Chihuahua para descubrir cuál grupo delictivo efectuó la masacre, que es ya una injerencia de autoridad extranjera, sin olvidar que ocupan oficinas propias en la ciudad de México hace años, autorizados por el propio gobierno federal.

Crímenes en masa ocurren en México hace más de diez años, en el ámbito urbano o rural, gestando paulatinamente el miedo deseado en los civiles para que se abstengan de denunciar a grupos de la delincuencia organizada, silencios que lograron a cabalidad en pueblos o comunidades enteras en extensas circunscripciones en el país.

Lo significativo es reflexionar el propósito de identificar víctimas de doble nacionalidad, feligreses de una de las iglesias más importantes en Norteamérica, por lo menos, agravado por sus calidades de mujeres y niños y la saña como fueron ejecutados.

Es claro que sabían que la reacción de los familiares de las víctimas llegaría hasta Washington, que la noticia correría por el mundo, que el Gobierno Federal o de los estados, saldrían exhibidos como incompetentes para enfrentar a los grupos delictivos.

En ese entramado, el presidente Trump aprovechará trabajar para su reelección, como también para fortalecer su influencia política al interior del gobierno del presidente López Obrador, cuyo ministerio de relaciones exteriores no logra convencer estar actuando con la solidez de un país soberano.

La pinza del terror se cierra cuando las víctimas son familias representadas por madres jóvenes, niños y adolescentes; la familia es el símbolo seleccionado para destruir, como aviso o mensaje para quienes osen enfrentar a la delincuencia organizada. 

De la naturalidad del miedo a todas las familias de México, si bien la agresión lleva años, hoy escaló a pavor al imaginar ser objeto de ejecuciones masivo-familiares, en cualquier lugar y hora.

Es, -nos enseñan los sociólogos-, la credibilidad individual o familiar de que pueden ser víctimas de brutal ferocidad.

Comentaristas y activistas sociales críticos del sistema PRI-PAN, sumados ahora a la enmpatía del gobierno del presidente López Obrador, agotan sus argumentos defensivos, redundan en temas y lugares comunes, su credibilidad de antaño se diluye frente al drama en que México se encuentra y sin visos de solución.

70 mil elementos de la Guardia Nacional, que son soldados y marinos con otro uniforme y otro gafete, se observan aislados de las investigaciones policiales que se dijo tendrían, patrullan y recorren las calles con la misma estrategia de los militares tradicionales.

Los más vulnerables están destinados a convertirse en víctimas, por su indefensión, son la presa a lastimar, porque el Estado demuestra ineficiencia por omisión en garantizar su seguridad.

El terrorismo puede fijarse objetivos distintos, algunos políticos, según el propósito, y actuar adecuando sus métodos, pero sin excepción impacta en daños físicos, morales, emocionales y de compromiso para con el Estado que deja a su suerte a quienes carecen de recursos materiales para defenderse.

Hemos presenciado actos de barbarie cuidadosamente planeados, mujeres y niños; bien calibrados los efectos de impacto múltiple, nacional e internacionalmente.

Este rostro mexicano se pincela con la tensión que el mismo presidente viene creando día a día; quienes dimos nuestro voto por la transformación, todavía no nos queda claro hacia dónde va el Gobierno Federal en el que observamos activismo de neoliberales clásicos, capitalistas ultra, y meditamos qué se pretende con la masacre Chihuahua-Sonora.

Algo viene gestándose en esta confusión de asuntos y el gobierno no se percata u oculta información a la gente común. 


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