Opinion

Construir la historia

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Gabriela Borunda

domingo, 18 julio 2021 | 05:00

Una revolución nunca muere, sus flores se convierten valores morales que se integran a cualquier sistema político y social que le suceda. Francia no volvió a ser la misma después de la comuna, la revolución es invencible. Un buen amigo que pasó parte de su estadía universitaria en Rumania, esa de la que dicen que arrasó Caucseuscu, recordaba que la mayor diferencia entre México y Rumania estribaba en que no encontrabas una persona pobre, esto por una distribución del ingreso per cápita definitivamente distinta que en nuestro México, La ropa nos delata entre fifís y pueblo bueno, después de ver tanta ropa barata y usada  Imagina un país donde distingues las clases sociales.

México no fue igual después de la moral reformadora de Benito Juárez donde la familia el matrimonio y divorcio fueron un asunto civil y de cada ciudadano. Cuando Victoriano Huerta ayudado por la embajada gringa traicionó la revolución de Francisco I. Madero, lo único que hizo fue encender una hoguera más grande para la revolución. La moral revolucionaria, las revoluciones son inmortales, cada una nos hace mejores personas y mejor sociedad, después de la revolución mexicana nadie puso en duda el derecho a la educación laica y la salud.

El primer cubano que conocí fue Amaury Pérez y su Grupo Afrocuba, me acerqué tratando de ser intelectual y le ofrecí un cigarro, -A mí me gustan los cigarros de verdad chica. Sacó una cajetilla que decía Aromas, unos cigarros de nítido aroma y sabor grave, de los que luego había cacería, porque a la banda de izquierda bien adinerada le maravillaron los cigarros cubanos y yo me quede la cajetilla de los cigarros y su autógrafo. Amaury Pérez fue el primer cubano enamorado de la revolución, hablaba maravillas de su país y que yo sepa no ha retirado su dicho.

Antes del ataque a las torres gemelas en Nueva York en el 2011, cuando los gringos impusieron la regla de que las cabinas de los pilotos debían ser totalmente selladas, pude conocer a un piloto cubano. En aquel entonces le pedí a la azafata que le preguntara al capitán si podía conocer la cabina y a los pilotos, volvió pronto con un sí. Ver la tierra desde una cabina es algo extraordinario, el mundo se abre bajo tus pies. Claro está que pregunté cómo se forma un piloto, y con acento cubano respondió que él había volado en los escasos aviones de guerra cubanos, “…me ofrecieron trabajo aquí en México, un dinero que yo no había visto junto jamás, que ellos me arreglaban la salida, y así acabamos mi familia y yo en México, pero fue difícil al principio, yo creía que el sueldo era tuyo, pero no, tuvimos que pagar impuestos, pagar la casa que rentamos. Fui a la escuela y me cobraron cuota, yo pensé que la cuota cubría todo y dejé a los niños en la puerta de la escuela, yo creía que ahí les daban los cuadernos y los lápices y que ahí comían, ese día mis niños cubanos ni estudiaron ni comieron. Pero ya le voy entendiendo esto del capitalismo, en Cuba tenía muy poco pero ahí estaba, aquí hay mucho pero no le puedes poner las manos encima”.

Yo seguía extasiada viendo la selva abriéndose a mis pies.

El tercer cubano que conocí era un ser extraño, callado y esmirriado, fue la directora del departamento de extensión y difusión de la universidad quien fue a buscarlo en La Habana porque tenía una fama de genio de la museografía muy extendida, había estudiado arte y museografía en países comunistas. Primero veamos el momento histórico, ya no eran las glorias de antes, la Unión Soviética había claudicado, los niños ya no tenían un buen refrigerio esperándolos en la escuela. La funcionaria que en Chihuahua que nunca se condolió de la necesidad de los rarámuris, salía del restaurante en La Habana, con sendos platos de filete para alimento de los niños cubanos. Se me hace que los mexicanos somos medio hipócritas, como si aquí la sociedad no estuviera dividida en castas y como si la miseria no existiera.

Con los malos momentos que pasaba Cuba y con el museógrafo derrochando sensibilidad artística, le ofrecimos trabajo en la UACH, imagínese lo que fue gestionar su nacionalidad mexicana. El tipo nos tiró un choro de que él estaba con la revolución y amaba a Cuba, que por tal motivo regresaría a su tierra natal, meses después nos envió una carta donde nos contaba que ya estaba en Miami trabajando de parrillero en un McDonalds, muy feliz y en libertad, se le hizo poco México y nuestra Universidad, encontró más artísticas las hamburguesas.

La última cubana que conocí es la China, experta en química, desbordando fiesta por todos lados, lo traerá en los genes, trabaja en la UACH y no la he oído quejarse ni de México ni de Cuba, será que tiene dentro, en su alma, un país libertario, justo y equitativo.

Como dice el hermoso Silvio Rodríguez “yo no sé lo que es el destino.” La revolución cubana no murió goza de cabal salud y sale a las calles a exigir libertad, salud y alimentación. La revolución está sana y su moralidad empuja a los cubanos a la calle a exigir servicios de salud, comida; y oportunidades para desarrollarse. 

Lo que a los cubanos no les sirve, son los reyes, mirreyes y demás patroncitos de la burocracia, que en Gringolandia, en México y en cualquier lugar del mundo desmoronan las estructuras que deberían estar al servicio del pueblo, esa clase de presuntos funcionarios desmoronan todo, pero los principios revolucionarios se vuelven moral y viven en el corazón del pueblo. 

Nos molesta a ratos la mañanera de López Obrador, pero nadie se queja de las pensiones a los adultos mayores, la austeridad de su esposa ni el impulso al trabajo para los jóvenes, el próximo presidente de México tendrá que tener en cuenta a los ancianos, a las personas marginadas, tendrá que tener claro que no debe gastar $800,000 dólares en vestidos para su esposa. 

El siguiente presidente tendrá que ser inclusivo con los jóvenes, ya no podrán dejarse de lado el respeto y la inclusión de grupos vulnerables, esos valores ya son parte de nuestra moral, así como cuando el General Villa dijo que prefería pagarle a un maestro que, a un militar y entonces la educación pública se volvió un objetivo para la sociedad mexicana.

Las revoluciones nunca mueren, sólo cambian de nombre.