Opinion
Chihuahuenidad

Crónica de un país bárbaro y el inicio de la chihuahuología

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Alfredo Espinosa
domingo, 20 octubre 2019 | 05:00

Crónica de un país bárbaro, es el libro inaugural de la chihuahuenidad. Este libro, esta bitácora de viaje acometido por un escritor aventurero. Su autor, Fernando Jordán era un bajacaliforniano que había recorrido casi todo México antes de quedar fascinado con Chihuahua. 

Su vida fue intensa: estudiante de Antropología y Etnología, hombre inteligente e inquieto, con una vocación nómada inexcusable, una vida turbulenta, muy dado a los tragos y a la conversa, y que años más tarde tendría una muerte trágica. En seis meses anduvo a pie volante y en un jeep por los ásperos derroteros de Chihuahua. Recorrió 20,000 kilómetros. Y su conclusión fue esta: “El hombre ocupa el espacio. El estado norteño es una selva de hombres.” 

Dos meses antes que se publicara el libro, el 14 de mayo de 1956, a los 35 años, en el pecho de Fernando Jordán estalló una bala mortal. (Aún no se dilucida si murió asesinado o fue un suicidio).

Tuvo la suerte de que su proyecto de escribir un libro sobre los chihuahuenses fuera acogido por el último de los mecenas en el estado: Tomás Valles Vivar. 

Jordán, en esos años periodista en Chihuahua, fue becado para recorrer el estado y durante seis meses viajó por llanuras, desiertos y sierras, por ciudades y pueblos, se metió a las casas de los chihuahuenses, a las minas y a las iglesias, a las cuevas y a las haciendas, a las bibliotecas y fue atento a las conversaciones con Francisco R. Almada, el más prolífico historiador chihuahuense, pero sobre todo se aventuró a las cantinas donde recuperó la historia oral de sus desinhibidos feligreses y alucinó un Chihuahua espléndido en sus imágenes humanas y sus paisajes. 

Es posible que la relación con Tomás Valles haya influido para que Jordán escribiera un libro que enalteciera al ranchero triunfador (Tomás Valles ya se aprestaba para contender por la gobernatura del estado y el libro sería una de sus estrategias), y para que se declarara incompetente para escribir sobre la Revolución Mexicana en Chihuahua, y sobre todo, para que no lograra visualizar de manera más objetiva a Villa, a quien se refiere casi siempre en términos degradantes. Además, la vox populi le adjudicaba a Tomás Valles Vivar el hecho de que parte de su fortuna podría deberse a alguna situación poco transparente llevada a cabo inmediatamente después de la muerte de Francisco Villa.

No obstante, el libro de Fernando Jordán logra otros múltiples objetivos. A las primeras de cambio, el autor se deslinda de la historiografía. Y en ello reside su acierto. Él se inclina por la antropogeografía, es decir, por considerar que los rasgos de carácter de las personas son moldeados, en mucho, por los sucesos de la historia y por la geografía en que viven y se desarrollan.

El libro llama la atención desde el título. Es una crónica y no una historia. El estado de Chihuahua, enorme y ciertamente distinto por su historia y geografía a los estados del centro y sur de México, se convierte con su pluma en un país por sí mismo. Y un país bárbaro.  Bárbaro porque, si no fuera suficiente la historia para confirmarlo, Jordán lo bautizó como sinónimo de “fuerza y de voluntad; de un supremo e invencible anhelo por la libertad.” 

Aunque no lo menciona en su prólogo, es posible que Jordán se viera influido por la atmósfera intelectual de los años ’40 del siglo XX, en que se intentaba  desentrañar la mexicanidad. Los intelectuales que estaban metidos en esos afanes eran Samuel Ramos, José Gaos, Leopoldo Zea, Salazar Mallén, Octavio Paz, entre otros. 

La originalidad de Jordán estriba, acaso, en que no repite los esquemas teóricos de los escritores del centro del país sino que elabora el propio. Llama la atención que Jordán no ahondara en las diferencias de Chihuahua en relación con otros Méxicos, como lo hizo, por ejemplo, José Fuentes Mares. Más bien, el trabajo de Jordán estaba concentrado en explicar las raíces del ser chihuahuense por sí mismo y no contrastándolo con otros mexicanos.

En estas reflexiones, el autor del país bárbaro, encuentra que los chihuahuenses poseen la voluntad y la fuerza como sus grandes cualidades. Añade que el sentido de la libertad y cierta agresividad para conseguirla o mantenerla están en sus propios instintos.

El chihuahuense, para Fernando Jordán, es la expresión de la tierra que habita. Los chihuahuenses son en algo distinto si son de la llanura, del desierto o de la sierra. Jordán eligió como prototipo del chihuahuense al hombre de Parral o al de la sierra en general: “El chihuahuense tipo se destaca e individualiza por satisfacer ciertas condiciones. Dos de ellas son imprescindibles: la generosidad y la honradez... Pero hay más: el chihuahuense es sobrio, brusco y violento. Lo es en distintos grados, según la región. En cuanto a los dos primeros rasgos exagera más el hombre del desierto, cuyo paisaje lo obliga a cierta introversión; en cuanto a los violentos, le supera el hombre de la sierra. Pero estas actitudes ante la vida y los hombres, tienen en el chihuahuense un control perfecto: el de su serenidad... El exabrupto, el ciego impulso, la agresividad incontrolable, no existen. Hay por tanto una profunda decisión en la palabra, un significado preciso y directo, ya sean de elogio o de ofensa, en la actitud amable o en el desafío adverso...” 

El hombre, sí, ¿y las mujeres? Jordán habla poco de las mujeres chihuahuenses, apenas si son mencionadas.

En México el estudio sistemático de las identidades en el siglo XX comienza con Samuel Ramos. Su acercamiento al elusivo ser mexicano es de orden psicológico. Su encuadre teórico se basaba en las novedosas teorías psicoanalíticas de su tiempo, sobre todo las de un alumno heterodoxo y rebelde de Sigmund Freud: Alfred Alder. A diferencia de Freud, Alder sostenía que no eran las pulsiones sexuales lo que determinaba en gran medida los comportamientos y psicopatologías humanas, sino las relaciones de poder que se establecían entre ellos. La sexualidad no escapaba, para Alder, a este esquema. Así mismo, Alder trabajó con conceptos claves a los que llamó complejos. Uno de ellos era el complejo de inferioridad. Este complejo atrajo de inmediato la atención de Samuel Ramos y lo aplicó al mexicano que conocía: al del centro y sur de México. Y para explicar la conducta envalentonada y machista del mexicano –estaba muy fresca la experiencia de la Revolución- aplicó la teoría de los mecanismos de defensa que había trabajado Ana Freud, basada en algunos trabajos de su padre. Samuel Ramos resumió así sus hallazgos esenciales: El mexicano posee un complejo de inferioridad que al sobrecompensarse, se manifiesta en su contrario: en un macho. 

Cuando Samuel Ramos reflexionaba sobre la identidad, los sucesos de la Revolución eran recientes y todavía se oían los lamentos de hombres y mujeres, como si fueran en vilo, transitando por la desolación de una vida frágil, efímera, dolorida, que ante las frustraciones sociales y personales, preferían la muerte:


“Si me han de matar mañana 

que me maten de una vez...”


El resultado del libro Crónica de un país bárbaro es desigual pero interesante. Evidentemente realiza una idealización del chihuahuense, este es el retrato hablado y retocado de la clase económicamente pudiente que había logrado reacomodarse después de la Revolución y que ya se aprestaba para la búsqueda del poder político, y en ese idilio traiciona la realidad y su propia lógica. A la hora, por ejemplo, de explicar una supuesta generosidad del chihuahuense relacionándola con la tierra avara, se mete en problemas. El chihuahuenses ha sido poco emprendedor y muy acumulativo. Hay virtudes que Jordán le atribuye con una gratuidad inexplicable.

Es evidente que el marco teórico es restringido, pero los hallazgos no dejan de cautivar; su prosa fluye con fulgores cristalinos y acentos seductores. El escritor recibió colaboraciones de los intelectuales de su tiempo, muy en especial de Francisco R. Almada. Un atrevimiento de Jordán que merece elogio es la fuerza que tuvo para ensayar y elaborar teorías novedosas, sin poseer el excesivo prurito por la objetividad que suele paralizar a los historiadores, dedicados a esa tarea heroica pero insuficiente de acumular documentos que suelen abandonar en legajos sin atreverse a ensayar algunas interpretaciones. Estas lúcidas conjeturas de Fernando Jordán poseen todavía un gran valor. Su estilo ágil  e incisivo ha logrado convertir a su Crónica en un best seller chihuahuense (En el estado ha sido editada en múltiples ocasiones por Centro Librero La Prensa; espero que la familia de Jordán reciba sus merecidas regalías).

Con este libro, Fernando Jordán inicia una ciencia espuria, artística y fascinante que es la chihuahuología, y se pone al frente de muchos chihuahuólogos, entre los que me incluyo, que han emprendido la tarea, siempre inacabada, de dar fe de los hechos y modos de ser del chihuahuense. Entre estos se encuentran los diversos escribanos y misioneros españoles durante su estadía en estas tierras bárbaras, así como los diarios de varios viajantes que por estos lares navegaron, así como ese soldado ilustre y pelón que fue Heriberto Frías quien supo ver con gran profundidad a los hombres y mujeres tomochitecos, durante la rebelión contra Porfirio Díaz.

Crónica de un país bárbaro, de Fernando Jordán, es una proeza intelectual; es un apasionamiento febril de trabajo y lirismo, de investigación y arrebatadas interpretaciones, es, sin lugar a dudas, un libro fundamental, imprescindible si se desea entender las distintas actitudes de los chihuahuenses frente a los retos que le ha venido planteando la historia y la geografía.


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