Opinion
Contraportada

Damas de hierro

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José Luis García

lunes, 22 noviembre 2021 | 05:00

Chihuahua se ha colocado como ejemplo nacional: por vez primera, tres mujeres ocupan los espacios del poder que durante toda la vida política del estado asumieron sistemáticamente los varones.

Y esto, más que presumirse, es un honor, porque independientemente de su trayectoria profesional, las tres mujeres que hoy ocupan los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, han generado un respaldo social sin precedentes.

Nadie les dio gratis absolutamente nada. Lucharon por ello y en el esquema de la competencia de igualdad, generaron confianza y ahí están los resultados. Son operadoras natas en sus respectivas áreas, pero tienen algo en común: liderazgo. Liderazgo y decisión.

María Eugenia Campos Galván logró sin problemas convencer al electorado de su proyecto, Myriam Victoria Hernández Acosta consolidó un esquema de impartición de justicia alejado de intereses políticos y, en el espacio legislativo, Georgina Bujanda mueve las piezas en un tablero complicado, pero con seguridad y tacto.

Y si nos vamos aún más allá, Yanko Durán Prieto, tendrá en sus manos la organización de los procesos electorales, tras asumir la titularidad del Instituto Estatal Electoral.

No son las únicas mujeres con poder de decisión, pero no quiero ser omiso en nombres y posiciones, como en la Secretaría de Desarrollo Rural, la Secretaria de Cultura, la Secretaría de la Función Pública. El tema se centra en que, por vez primera, los tres poderes de Chihuahua están en control de mujeres y eso, en sentido estricto, trasciende y enorgullece.

En el caso de María Eugenia Campos, fueron cinco años los que tuvo para convencer a los chihuahuenses, de que un buen gobierno municipal hace la diferencia entre el voto duro y el voto indeciso; las dos elecciones municipales que ganó, le dieron, sin duda, esa confianza que el PAN estuvo a punto de perder hace unos meses.

Sus más cercanos colaboradores, de los cuales la mayor parte la sigue desde la presidencia municipal, saben que una cosa es Maru, su amiga y otra, muy distinta, su jefa. Sabe manejar a la perfección la mano derecha y la mano izquierda, porque con cuidado genera confianza, pero al mismo tiempo ejerce el poder de reyes. Es la tradición cabalística y la tiene muy bien medida.

Verla sentada al lado de los capitanes empresariales, creando estrategias de inversión o generación de empleos y una hora después firmando un pacto federal para finiquitar un conflicto que amenazaba con desbordarse -léase presa La Boquilla-, no es algo que se analice a la ligera.

Recibir la invitación de la presidenta del DIF para iniciar la colecta de chamarras y cobertores previo a la temporada invernal -que amenaza con ser cruda- y diez minutos más tarde supervisar el operativo para detener a uno de los capos del crimen organizado del más alto rango, no es cosa menor.

Maru Campos tuvo dos enemigos frontales en la campaña electoral, incluso, desde antes: su antecesor, primero, y el aparato federal, en segundo plano. La llevaron a los tribunales una y otra vez, con la consigna de meterla a la cárcel y descarrilarla de la contienda por la primera magistratura del estado. 

Pero muy lejos de amedrentarla, la hicieron más fuerte. Fue revictimizada una y otra vez a tal grado que el imaginario colectivo la defendió por dentro y por fuera. Por dentro, en su propio partido, aunque no todos; por fuera, en el voto indeciso que se alió hasta generar un dique frontal impenetrable, llamado voto.

Y en una sociedad electoral como la nuestra, tradicionalmente patriarcal, penetró con una enorme facilidad, porque persuadió sin problemas el voto machista hasta llevarlo a las urnas para elegir a una mujer, una mujer que tiene todo el respaldo social, político, emblemático y generacional. Convenció, y ahora tiene la enorme responsabilidad de gobernar.

Porque además, Chihuahua fue la única entidad del norte de México que ganó el PAN en las últimas elecciones; y Maru Campos es la única mujer que arrasó en las urnas, amén de las lecturas futuristas que ya se pintan en el tablero de 2024.

Una vez que recibió la constancia de mayoría, lo primero que hizo fue plantarse frente al Presidente López Obrador, tendiéndole la mano derecha, cuando unos meses antes, junto a otros alcaldes del país, fue gaseada en las puertas del Palacio Nacional. Ahora recibió todo el apoyo.

No es una apología a la mujer que gobierna hoy Chihuahua. Es una advertencia. Advertir es sinónimo de aviso. María Eugenia Campos no ganó las elecciones por casualidad, ni porque tiene una sonrisa encantadora, sino porque con su mano derecha ya le dio al menos dos golpes a la mesa de seguridad, para empezar.

Ni la magistrada Myriam Hernández tiene en sus manos el Poder Judicial porque a alguien se le ocurrió: está considerada dentro de las más importantes figuras de los órganos judiciales del país. Tampoco Georgina Bujanda preside el Congreso del Estado por cuestiones del destino, sino porque tiene la capacidad y la competencia, para generar acuerdos en el conflictivo mundo de la política partidista.

Son tres mujeres fuertes y con todo el respaldo social. Son damas de hierro, porque tienen toda la determinación y fuerza de voluntad. Y es un honor que Chihuahua sea ejemplo nacional con tres mujeres al frente.