Opinion

De conservadores en caducidad

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Daniel García Monroy

domingo, 10 octubre 2021 | 05:00

La trayectoria de nuestro acontecer global se observa hoy más que nunca definido hacia la libertad humana en todas sus diversas formas. El avance democrático del moderno devenir derribando la autoritaria tradición inmóvil del pasado. El progreso como modificación, como cambio, cuando no destrucción de anquilosadas estructuras mentales conservadas durante siglos. Exceptuando el “estatus quo” económico, la realidad incontrastable del siglo XXI, nos demuestra que el futuro de pensamiento y acción es el reino del liberalismo igualitario. Los postulados buscados desde la Revolución Francesa, esa de: “¡Libertad, Igualdad y Fraternidad!”, han encontrado --después del nazismo y sus genocidios--, un avance sostenido, a pesar de no pocos obstáculos en su camino. En la actualidad el flujo de las prescripciones liberales se ha acelerado como nunca antes. Demanda tras demanda de derechos humanos se han instalando en todas las leyes, como campo minado de izquierda a derecha, que arrincona cada vez más a la ideología conservadora ultramontana. 

No obstante de lo inobjetablemente positivo del abatimiento de la ultraderecha fanática, violenta y rencorosa, se hace necesario analizar por qué los preceptos del pensamiento conservador “clásico”, han llegado a su debacle en México y el mundo. --Subrayo el concepto de “clásico”, pues innegable es que existe una nueva derecha postmoderna en Europa y Estados Unidos, que se ha reconvertido, retomando fuerza extremista bajo la bandera del racismo antiinmigrante, que le ha redituado ganancias electorales en países receptores de oleadas, para ellos, de indeseables-trashumantes-semovientes. 

Pues si la democracia no es democracia sin oposición, sin contrarios, sin contrincantes, la previsible desaparición del polo conservador en el espectro político-ideológico, no puede ser del todo benéfico. La cancelación de un punto de vista, de una perspectiva, de una forma de ver la vida,  por más absurdo, engañoso y amenazante que parezca, siempre empobrecerá a todo sistema electoral, incluso a la misma convivencia social. Las ideas en tanto ideas que se postulan y debaten en circunstancias democráticas deben ser siempre bienvenidas. --El problema es cuando se imponen por la fuerza, claro está--.  

De ahí que: ¿Qué pasó con la histórica derecha digna ahora tan desprestigiada, vilipendiada y denostada por anacrónica? ¿A dónde se fueron los ideales de orden y progreso, del bien común, del cristianismo del amor al prójimo y la subsidiariedad? ¿A dónde?

En nuestro país el monopolio de la derecha política lo capturó el Partido Acción Nacional desde su nacimiento en 1939. Nadie como él enarboló con orgullo la visión empresarial de más negocios y menos administración, o sea: más mercado y menos estado. No obstante (y a Dios gracias) que en México los institutos políticos nunca han sido organizaciones ideológicas de militancias dogmáticas, el PAN se definió como el partido no clandestino (dixit: Comunista) con los principios más auténticos sobre una visión conservadora de la historia y la realidad. El panismo nace como reacción al estatismo Cardenista, de expropiación petrolera y educación socialista. A partir de lo cual su bregar y principal acción política fue criticar y desmontar al PRI gobierno del poder, y en muy segundo término popularizar su ideología. Que dicho sea de paso, hasta la fecha, ha parecido como vergonzantemente oculta por sus miembros. 

Para su desgracia los principios humanistas de la derecha inteligente fueron carcomidos poco a poco por embozados grupos de ultraderecha, que se enquistaron en su seno, descubiertos después como Yunque, Dhiac, Provida, los más famosos. Sus ideas conservadoras se fueron apropiando de las causas sociales del blanquiazul, permeando en una clase media creyente, que coincidía en la observancia de las reglas religiosas judeocristianas basadas en la Biblia. Los años maravillosos del panismo, es decir de la derecha mexicana en el poder, fueron la última década del siglo pasado y la primera del actual. Después, esa camada de liderazgos envejecieron aceleradamente, junto con sus ideas. Y la vorágine de la corrupción y el consumismo los sepultó en la página roja.

Sin embargo, después del triunfo de la lucha por la democracia, las principales banderas que han incentivado las movilizaciones multitudinarias conservadoras de todos los partidos y creencias han sido básicamente tres: la prohibición al aborto; la prohibición al uso de la mariguana; y la prohibición de todo reconocimiento de derechos civiles a los miembros de las comunidades lésbico-gay y demás preferencias y géneros sexuales. Con el persistente viraje a la izquierda en la visión, opinión y decisión de las nuevas generaciones sobre estos temas, la derecha conservadora mexicana se ha quedado vacía de motivaciones puntuales para su subsistencia como organización social. El poder legislativo federal y los congresos locales decretan una y otra ley en contra de los valores en los que cree el pensamiento conservador. Hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el poder más conservador de los tres de toda República (quién lo diría) ahora resuelve en forma definitiva los controversiales asuntos, dándole la espalda a las ahumadas réplicas de la derecha. 

El intento del movimiento conservador de cambiar su paradigma de prohibiciones por una lucha por los derechos del no nacido, de los no consumidores de drogas y de los heterosexuales, no ha tenido el menor impacto, aún y cuando usen como carne de cañón en sus manifestaciones a niños tristemente manipulados. 

Todo parece indicar que en nuestro país los conservadores ya tienen fecha de caducidad. Con todas sus causas perdidas. Sin renovadas luchas por algo que entusiasme siquiera a sus jóvenes hijos e hijas. Con estrategias de defensa de valores fallidas en un mundo dominado por las idioteces de Tic-toc, y los mantras narcóticos de la música de banda, el movimiento conservador parece destinado a la extinción. Aventurarse en México aliándose con los ultras europeos de Vox, por una guerra contra los migrantes sería el último estúpido clavo en su ataúd. 

No obstante su tradición es necesaria y animarlos a reconfigurarse para servir de contrapeso a las siniestras, simiescas y envalentonadas iniciativas del otro extremo comunistoide, que también existe y ya realiza estropicios, es mal que bien legítima defensa democrática apelable.