Opinion

De política y cosas peores

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Catón
martes, 12 noviembre 2019 | 05:00

Ciudad de México.- Plaza de almas. Un piano se parece a un ataúd. Sólo que en él la música no yace: nace. Basta abrir su tapa, y acariciarlo, para que en él nazcan -renazcan-   Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Schubert, Debussy y todos los demás. Mucha vida contiene ese ataúd. Mucha música vive en esa caja de música. Pensarás, sobrino, que estoy disvariando, como dicen en tu rancho cuando alguien habla sin ton ni son. Con son y ton estoy hablando, pues estamos hablando de música. Yo la he disfrutado mucho ¿sabes? porque no soy músico. Goza más el que acaricia el cuerpo de una mujer que el que estudia su anatomía. Es mayor el deleite del amante de una hora que el del esposo de años. Tuve un amigo, músico profesional, que llevaba a la ópera la partitura de la obra que esa noche se iba a cantar, y seguía nota por nota la interpretación. Eso no es oír ópera: es diseccionarla. Por mantener la vista en sus papeles mi amigo nunca vio a la Callas ni a Antonietta Stella, que estaban muy para verse, a más de muy para escucharse. Al final de alguna función me decía entusiasmado: "¡Cómo sostuvo la contralto la nota sol en su aria!", y yo pensaba que en su espléndido tetamen aquella señora podía sostener el Sol, la Luna y las estrellas, a más de los nueve tradicionales planetas del sistema solar. Quién sabe cuál de los dos elogios habría agradecido más la cantante, si el de mi amigo o el mío. Yo tengo para mí que el mío. Pero no es eso lo que quería contarte, Armando. Mientras me esperabas alcancé a oír que abriste la cajita de música que está en sobre uno de los libreros. La música que toca esa cajita -el minueto de Boccherini- no es triste, pero su historia sí. Cuando apenas empezaba a asomarme a las ventanas de la vida me encontré con una niña de mi edad y me enamoré perdidamente de ella. De todas las niñas de mi edad con las que me he encontrado me he enamorado perdidamente, hasta la fecha. Ésta que te digo tenía 17 años, como yo, y estudiaba piano. En aquel tiempo todas las niñas bien estudiaban piano mal. Yo la acompañaba a la casa de su profesora y la esperaba afuera todo el tiempo que duraba la lección. Luego la acompañaba de regreso a su casa cargándole el Beyer, el Durand y el Solfeo de los Solfeos. A veces ella entraba en la iglesia de Nuestra Señora y rezaba unos minutos. Otra vez yo la esperaba afuera, porque en ese tiempo era librepensador, pues venía de familia pobre. Ella, en cambio, era riquilla. Me permitía que la acompañara porque decía que conmigo aprendía muchas cosas. Enamorado silencioso, le regalé esa cajita de música un día de su cumpleaños. No sabes los sacrificios que hice para poder comprarla. En la parte de abajo escribí con tinta roja dos letras pequeñitas: TQ. Nunca supe si las vio. Un día me dijo que ya no podía acompañarla porque ahora tenía novio. Dejé de verla, pero no de amarla. A nadie se lo dije nunca, ni a mi mejor amigo. Años después supe que se había casado. No volví a saber de ella. Hace unos meses entré en un bazar de mala muerte. Ahí suelo encontrar cosas que fueron alguna vez de buena vida. En un rincón, sobre una mesa desvencijada, en confuso revoltijo con otros objetos, estaba una cajita. Al punto la reconocí. Era la cajita. Miré su base: ahí estaban, legibles todavía, las dos letras: TQ. La abrí, y sonaron las notas del minueto de Boccherini. Le pregunté al anticuario cómo había llegado ahí esa cajita. Me dijo: "No me acuerdo. ¡Me llegan tantas cosas, y de tanta gente!". Pagué por ella lo que me pidió. Ahora la tengo ahí donde la ves. Y la tengo acá donde no la ves. Cuando la oigo sonar me pongo triste. Pienso que debí haber dicho en palabras lo que puse en letras: TQ. FIN.  


MIRADOR.                

Por Armando FUENTES AGUIRRE.          

Aquel hombre iba todos los días al santuario de la Virgen de Guadalupe y se postraba a los pies de su bendita imagen.     

Algo le decía con devoción profunda, algo que repetía una y otra vez. Luego se persignaba y salía del templo.           

Al día siguiente lo mismo. Lo mismo cada día.       

Aquello le llamó la atención al sacristán. Cuando una vez lo vio venir se escondió tras de la imagen de bulto de Juan Diego. Ahí escondido alcanzó a oír lo que el hombre le pedía a la Guadalupana.   

-¡Mándame dinero, Virgencita! -le rogaba-. ¡Mándame dinero!     

Al día siguiente el sacristán volvió a esconderse atrás de Juan Diego. Llegó el hombre y repitió su ruego:    

-¡Mándame dinero, Virgencita! ¡Mándame dinero!             

Desde atrás de Juan Diego el sacristán le dijo con cavernosa voz:             

-Si quieres dinero trabaja, grandísimo huevón.       

El hombre se indignó al oír aquello. Respondió hecho una furia. 

-¡Contigo no estoy hablando, indio metiche!          

Y así diciendo se salió del templo sin siquiera persignarse.            

¡Hasta mañana!...   


MANGANITAS. 

Por AFA. 

". Derrocan a Evo Morales.".            

 La lección han de aprender,  

aunque ignorarlo prefieren,   

todos aquellos que quieren   

perpetuarse en el poder.