Opinion

De política y cosas peores

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Catón

miércoles, 13 mayo 2020 | 05:00

Ciudad de México.-  ¡¡¡¡¡Clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap!!!!! ¿A quién dedicas ese aplauso, columnista, dado además con ambas manos para mayor efecto? A los ministros de la Suprema Corte -al decir “ministros” quedan incluidas las ministras- por su atinada determinación de echar abajo la llamada Ley Bonilla. Con ello no sólo impidieron que se consumara un atentado grave contra el orden jurídico: evitaron también, sobre todo, que la integridad política de la Nación quedara en riesgo por el insano precedente que se habría sentado si hubiera salido avante -“pervivido”, dijo alguien- esta torpe intentona reeleccionista. La decisión de la Corte, contundente por la unanimidad de votos de sus integrantes, dejó igualmente a salvo la esperanza de seguir perfeccionando la vida democrática de México, esperanza que de otro modo se habría frustrado del todo. Lo sucedido muestra que existe una conciencia nacional que está por encima de todo autoritarismo, de toda voluntad absolutista; una conciencia vigilante que se mostrará cuantas veces la legalidad constitucional y el ejercicio democrático sean puestos en situación de riesgo. Los ministros de la Corte, al dar oídos a la voz de esa conciencia pública, prestaron un importante servicio a la República. Si actúan siempre con autonomía e independencia se fortalecerá el sistema de frenos y contrapesos que a los ojos de algunos estaba ya en vías de extinción, y habrá en los ciudadanos la certidumbre de que el estado de derecho y la vida democrática de la Nación prevalecerán sobre cualquier individuo o régimen que los amenace. Aplausos otra vez, y reconocimiento general. La curvilínea paciente le dijo al doctor Duerf, siquiatra: “Quiero que me trate, doctor. Soy ninfómana, ardo siempre en ignívomo fuego de pasión carnal”. “Recuéstese en ese diván y cuénteme su problema -le indicó el célebre analista-. Antes voy a poner a enfriar una botella de champán”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, le contó a su amiga doña Gules: “Anoche tuve una espantosa pesadilla. Soñé que me atacaban los animales de donde salieron las pieles de que está hecho mi abrigo”. “¡Qué sueño tan absurdo! -comentó doña Gules-. ¡Los conejos no son nada agresivos!”. El conferencista preguntó a su público: “¿Quién creen ustedes que es el mejor hombre que ha existido sobre la faz de la tierra?”. Las opiniones se dividieron. Uno dijo que San Francisco de Asís, otro que Gandhi, un tercero se inclinó por Miguel Ángel. Levantó la mano un pequeño señor y afirmó que el hombre más perfecto que en el mundo había vivido era Leovigildo Patané. El conferenciante se desconcertó: “No he oído hablar de él”. “Yo tampoco lo conocí -admitió el señorcito-. Fue el primer marido de mi esposa”. Expresó con acento evocador un joven: “Me gustaría encontrar una mujer como aquélla con la que se casó mi abuelo: hermosa, simpática, modosa”. Dijo uno: “¿Como tu abuelita?”. “No -precisó el muchacho-. Como aquélla con la que se casó la semana pasada”... “Estoy ya muy cansada -se quejó la señora con su esposo-. Lavo y plancho todo el día; friego los pisos; hago la comida; cuido a los niños, y todavía en la noche tú me pides ya sabes qué. Necesito que me consigas una ayuda”. Está bien -accedió el marido-. Tú sigue lavando y planchando, fregando los pisos, haciendo la comida y cuidando a los niños, y yo conseguiré quién por las noches me haga ya sabes qué. Ante el juez de los divorcios manifestó el marido: “Yo me quedaré con el negocio. Ella no aportó nada para tenerlo”. Declaró la esposa: “Entonces yo me quedaré con los hijos. Él no aportó nada para tenerlos”. FIN.

         

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Un hombre echó una botella al mar.

Las olas llevaron la botella por los siete mares.

Después de muchos años otro hombre la recogió en una playa al otro lado del mundo.

De nada sirvió que la encontrara.

El que la echó al mar no había puesto nada dentro de la botella.

Ni una carta. 

Ni un mensaje. 

Nada.

¿De qué sirvió entonces que el hombre hubiera echado la botella al mar?

¿De qué sirvió que el oleaje la hubiera arrojado a aquella remota orilla?

De nada.

Esta historia tiene una moraleja.

Si vas a arrojar una botella al mar pon algo de ti en ella.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS.

Por AFA.

". Cayó la ley Bonilla.".

El señor se dará al cuerno.

Con la pena que lo envuelve

será un milagro si vuelve

al Palacio de Gobierno.