Opinion

De política y cosas peores

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Catón

viernes, 15 mayo 2020 | 05:00

Ciudad de México.- El reloj marcaba las 12 de la noche. Desde el bar Sino don Chinguetas llamó por teléfono a su esposa. “Ya voy a la casa -le anunció-. Nada más me tomaré un último trago”. Dijo la señora: “Todavía tienes tiempo de echarte otro, mi amor”. Sorprendido por esa amabilidad inusitada balbuceó don Chinguetas: “Muchas gracias”. Replicó su esposa: “A ti no te estoy diciendo”. Ante la mesa de operaciones, ya bisturí en mano, el cirujano cardiólogo corrigió a la joven practicante: “No me importa lo que le haya dicho su mamá, señorita Dulciflor. El camino más corto para llegar al corazón de un hombre no es su estómago”. Dos señoras conversaban acerca de sus respectivos cónyuges. Se jactó una: “Mi esposo es un marido fiel: estoy absolutamente segura de que nunca me ha engañado”. Declaró la otra: “Pues tu marido podrá ser de alta fidelidad, pero el mío es de alta frecuencia”. Poco después de acabado el porfiriato vino a México el novelista español Eduardo Zamacois. Se vivían los primeros años de la época revolucionaria, y cinco o seis jóvenes militares invitaron al escritor a cenar en una cantina de la Ciudad de México. Hubo abundancia de licor, naturalmente, y entre los humos de la borrachera uno de los muchachos se puso en pie, sacó su pistola, y después de quitarle las balas y dejar en el revólver una sola les propuso a sus compañeros: “Vamos a mostrarle a nuestro amigo de España la valentía de los mexicanos y el desprecio que sentimos por la muerte. Juguemos en su honor una ruleta rusa”. Todos aceptaron la idea con entusiasmo, y el que la había propuesto se llevó la pistola a la sien para ser el primero en probar suerte. El novelista se la retiró y dijo a sus anfitriones: “Disfrutemos ahora de la vida. Sobrado tiempo tendremos después para morir”. Pienso que todo esto del coronavirus ha sido en México algo en cierta forma parecido a una ruleta rusa. Los datos oficiales sobre el número de víctimas que ha cobrado la pandemia han sido cuestionados por expertos. No sabemos a ciencia cierta cuándo terminará el confinamiento y en qué fecha podremos salir a lo que se ha llamado “la nueva normalidad”. Se nos dice que todavía después de pasada la emergencia el virus seguirá rondando y podrá causar nuevos contagios y más fallecimientos. Desde luego toda esta confusión no es algo privativo de México. A decir verdad ningún país del mundo estaba preparado para hacer frente a una situación así, en nuestro tiempo inédita. Pensemos entonces en las palabras de aquel escritor; vivamos con plenitud cada día y cada hora -y aun cada minuto, en el caso de quienes hemos vivido muchos años-, y sin dejar de cuidarnos esperemos que un hado favorable nos acompañe en esta suerte de ruleta rusa. Eran los tiempos de la antigua normalidad. Terminaron las vacaciones en la playa, y cuando la familia de Pepito salía ya del hotel el chiquillo se devolvió apresuradamente a la habitación en donde había estado con sus papás. La encontró ocupada por una parejita de recién casados. A través de la puerta pudo oír lo que el enamorado novio le decía a su mujercita: “Lilibel: en ti he encontrado el amor, he encontrado la paz, he encontrado la felicidad”. Le preguntó Pepito: “¿Y no encontraste un guarache?”. El vecino de don Martiriano lo vio en la calle ante la puerta de su casa. Le preguntó: “¿Por qué estás aquí?”. Respondió el pequeño señor: “Jodoncia, mi mujer, me abandonó”. “¡Qué barbaridad! -se condolió el vecino-. Entremos a tu casa y ahoguemos en tequila tu pesar”. Dijo don Martiriano: “No tengo”. Inquirió el vecino: “¿No tienes tequila?”. Precisó don Martiriano: “No tengo pesar”. FIN.

         

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Una amable visitante llegó a nuestra casa.

He aquí que una hembrita de colibrí hizo su nido en la cochera y está empollando ahí sus huevecillos.

El nido es apenas un poco más grande que un dedal. Sin embargo en él cabe todo el prodigio de la vida.

No sé si exista la vida eterna, pero sí sé que la eterna vida existe.

En este tiempo en que la muerte asoma en cada esquina esta avecilla vino a recordarnos que la vida seguirá.

Le guardamos toda suerte de consideraciones a la mínima maestra. 

Ya no estacionamos el coche en la cochera: los gatos podrían subir al capacete y amenazar al nido. 

Por la noche no encendemos la luz, y a todas horas procuramos no hacer ruido. 

Dejamos cerca un poco de agua azucarada, y evitamos turbar, aun con una mirada, la paz de la avecilla.

En medio de la amenaza de la muerte la vida nos visita.

Bienvenida. 

¡Hasta mañana!... 

MANGANITAS.

Por AFA.

". Por el confinamiento aumenta el número de accidentes caseros.".

  Lo he escuchado varias veces

en estos días contingentes:

muchos de esos accidentes

vendrán a los nueve meses.