Opinion

De política y cosas peores

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Catón

lunes, 01 junio 2020 | 05:00

Ciudad de México– "Mi esposa tiene dos amantes". Eso le contó, desolado, don Cucoldo a su amigo Candidicio. Éste, que por haber leído al doctor Norman Vincent Peale practicaba el pensamiento positivo, le recomendó al mitrado marido: "Mira esto por el lado bueno: tu mujer necesitó dos hombres para sustituirte". Es en los baratillos donde he comprado mis más caros libros. Soy cliente asiduo de las librerías de lance, tanto que la asociación que agrupa a los beneméritos  libreros de viejo me entregó hace años, en la Feria del Libro de Oaxaca, su presea nacional. A cada ciudad a donde voy, en el país o en el extranjero, procuro ir a una de esas entrañables librerías, y paso en ella deleitosas horas buscando en los anaqueles o las mesas una pepita de oro. La encuentro casi siempre: una edición antigua, curiosa o rara cuyo hallazgo me hace sentir la misma emoción que la del buceador que saca del fondo del mar una preciosa perla como la de Steinbeck. Permítanme mis cuatro lectores presentarles ésta que me estaba esperando en una librería de la calle de Donceles, en la Ciudad de México. Es un pequeño libro publicado en 1906 por la señorita profesora Dolores Correa Zapata, maestra de Economía Doméstica en la Escuela Normal para Profesoras. Se llama  "La Mujer en el Hogar". La autora dedicó su obra, naturalmente, a doña Carmen Romero Rubio de Díaz, esposa del Presidente de la República. No resisto la tentación -ninguna he resistido nunca- de poner aquí algunos párrafos de ese libro de consejos, algunos de ellos medicinales, a las esposas y madres de familia. "Mordedura de perro rabioso-. La eminencia del peligro debe dar en este caso a la madre todo el valor que se necesita para aplicar al niño adorado un hierro candente en el lugar donde ha sido mordido por el perro". "Congestión y hemorragias cerebrales-. Al mismo tiempo que se procura atraer la sangre a los miembros inferiores se debe procurar igualmente desalojarla de la cabeza por medio de compresas de agua fría renovadas incesantemente. Hay que cortar el cabello si es largo". Pero el texto más aplicable a los días que corren -muy lentamente, pero corren- es el que sigue: "Epidemias-. La mujer que quiere merecer el título de cristiana no sólo debe defender a los suyos, sino favorecer (en lo posible) a sus semejantes. En una pequeña ciudad de la República se pronuncia todavía con veneración el nombre de una piadosa dama que en la época aciaga del año 40, en aquel terrible cólera que diezmó campos y desoló ciudades, fue el hada benéfica de su ciudad. El régimen que usó para prevenir el contagio no podía ser más sencillo. Consistía en tomar por todo alimento carne asada, arroz cocido y pan frío, y una sola fruta dos veces al día; bañarse dos veces por semana con agua hervida y hojas aromáticas, llevar el vientre cubierto con un parche de perrubia y copal, sujeto con una banda de franela, y en el pecho un escapulario doble, y tan ancho que dejase cubiertos pecho y espalda, llevando en un lado la efigie del Crucifijo y en otro la estampa de la Santa Virgen. Dicho escapulario debía contener una capa de algodón bendito y una bolsita con alcanfor, debiendo ponérsele además, cada tres días, tres gotas de esencia de canela...". Ahora digo yo: las medidas de protección citadas por la señorita Lola ¿no se parecen algo al Detente de López Obrador y al notorio desconcierto de las autoridades nacionales de salud ante el coronavirus? Y otra pregunta: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?...  La india piel roja le dijo alegremente a su azorado novio: "¡Una buena noticia, Alce Parado! ¡Ya no vas a sr el último de los mohicanos!". FIN. 

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Es fama en el Potrero que doña Jesusita envió a su marido al otro mundo.

No se sabe de qué medio se valió para despacharlo. Y como todos querían a la señora Chita, y ninguno a su marido, nadie se puso a averiguar la causa de su repentina muerte.    

Era un mal hombre. Jamás bebía, pero sus violencias eran mayores que las de un ebrio violento. Golpeaba a su mujer porque sí y porque no. Un día la dejó al punto de la muerte porque le sirvió tibio el café. 

Se fue del mundo de repente. "Ayer estaba bueno y hoy está tendido", comentaron los vecinos. Y luego de esas palabras la sombría reflexión: "No somos nada". 

Doña Chita no lo lloró. De ahí nació la especie de que lo había matado. En el velorio y el sepelio se le vio tranquila. No le dio el ataque que a todas las viudas les daba obligatoriamente. ("¿A qué horas se va a atacar, comadre? Es tarde ya y tenemos que irnos"). 

¿Es una asesina doña Jesusita? Yo digo que no. Desde que murió su esposo se le oyó cantar al hacer los quehaceres de la casa, cosa que nunca había hecho. Y las asesinas no cantan.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS.

Por AFA.

"AMLO reanuda sus giras"

Se ve que a tontas y a locas

va haciendo cada visita.

Y es el que más necesita

que le pongan tapabocas!