Opinion

Definiciones

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Luis Javier Valero Flores

domingo, 21 junio 2020 | 05:00

¡Qué difícil tarea la de analizar la realidad con la imparcialidad que limitan las propias concepciones, en estos tiempos de polarización extrema en el país!

Prácticamente dividido el país, que unas por demás peyorativas apelaciones -chairos y derechairos- describen de la mejor manera lo que hoy ocurre; en medio de la pandemia, que agravó la crisis económica previa; en el inicio de un gobierno que trastoca varios importantes aspectos de la vida pública, lo que, de suyo, genera naturales resistencias, nos encaminamos a la celebración de las elecciones de mitad de sexenio.

Todos le atizan a la lumbre. No hay el menor sentido de la gravedad de lo que ocurre en el país. No sólo los principales actores se enfrascan en salvajes confrontaciones verbales, sino que sus seguidores las multiplican y agregan contenidos aún más agresivos e insultantes.

Por su papel, su peso y su conducta frente a las oposiciones y las críticas (que no son lo mismo), el presidente López Obrador es el principal responsable del encono existente. En tanto, sus opositores despliegan una airada actividad   que contribuye decisivamente a la polarización.

En un escenario polarizado resulta aún más dificultoso elaborar críticas a la actuación presidencial que no se confundan con las lanzadas deslealmente por sus opositores -y de las que son reflejo de los errores, omisiones y erróneas políticas públicas, con un elevado sustrato de veracidad- y en el que el principal protagonista del país, el presidente López Obrador (y no porque sea él, sino porque el régimen existente es extremadamente presidencialista) ha convocado, a definirse: “… estamos a favor de la transformación o no, (o) estamos a favor de que se mantenga el mismo régimen de corrupción, de injusticias y de privilegios”, repitió el viernes, a propósito de las renuncias de Mónica Maccise como presidenta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), de Asa Cristina Laurell a la Subsecretaría de Integración de la Salud y de Mara Gómez Pérez a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV).

No hay lugar para las medias tintas, dice el presidente; lo que va exactamente en el sentido contrario a la realidad de un país extremadamente plural y diverso. 

López Obrador es el mexicano que está obligado a la definición, no los ciudadanos que llama a que apoyen de manera incondicional e irrestricto al proyecto de la 4T.

Una parte importante de la sociedad mexicana ya no resiste tal exigencia; no se trata de allá los malos y acá los buenos. Como bien lo saben todos, existe un inmenso y colorido mapa de colores, no sólo partidistas, sino, también de simpatías políticas y sociales, en el que las subordinaciones incondicionales y el culto a la figura presidencial pertenecen al pasado.

En tanto una buena parte de los opositores se recrean llamando al presidente “kakas” y casi revientan de coraje las redes sociales ante cada dislate -real o creado- del presidente, o ante cada acción que creen equivocada, los seguidores del presidente alaban cualquier gesto, palabra, acción o descripción y replican, contentos de gusto, las descalificaciones que el presidente le lanza a sus opositores -derecho de réplica, le llama- y éste hasta se da el lujo de difundir mamotretos, considerándolos como genuinos, como el del BOA.

Por supuesto que la derecha más reaccionaria atiza el antiamloísmo; incluido el PAN y algunos organismos empresariales y líderes sociales de la derecha más clerical y otros actores, como Gilberto Lozano, principal activista de FRENAA; pero ahí se encuentran también, todavía de manera inorgánica, miles de ciudadanos que votaron -o no- por López Obrador y que ahora critican muchas de sus medidas, muchas de las cuales, deberán aceptar los seguidores del presidente, son equívocas.

Yerra el movimiento amloísta al llamarlos a todos “fifís”; y también se equivoca al descalificar al total de los participantes de las caravanas anti AMLO como parte de la élite más rica del país; en ambos acuerpamientos se encuentran mexicanos que, por supuesto, no comparten las ideologías de izquierda, menos las de corte socialista, pero que representan, casi hasta emblemáticamente, el grado de incultura democrática prevaleciente en la sociedad mexicana.

¡Vamos, llegan a creer que El Peje es socialista y que lleva al país a estadios semejantes a los de Cuba y Venezuela!

Estos ciudadanos, casi todos de las capas medias del país, que son quienes menos se identifican con algún partido político, son de donde provienen 8 a 10 millones votos emitidos a favor de López Obrador en el 2018.

Ni son de izquierda, ni eran simpatizantes de Morena o AMLO; la mayoría sufragaban por el PRI y el PAN. Ante el desplome de estos partidos concluyeron que solamente el de Macuspana podía derrotar al PRI y al régimen.

¿Qué esperaban López Obrador y sus seguidores luego de su contundente triunfo electoral?

¿Acaso esperaban que la oposición desapareciera, extasiada ante los buenos resultados del gobierno de la 4T?

¿Creen que toda la prensa -e incluso aquella más beneficiada por los gobiernos anteriores- dejaría de ser cuestionadora del poder?

¿De veras creen que la llegada de López Obrador se debe sólo a su “incansable” lucha por la presidencia de la república?

Claro que ese fue un factor muy importante, pero no el único y quizá fue el detonante de una inmensa cantidad de pequeñas batallas, guerras, luchas, sordos y sangrientos enfrentamientos y, también, de la creación de una no pequeña comunidad académica, intelectual, de organismos y organizaciones de la sociedad civil; de la aparición de infinidad de medios de comunicación alternos y de la creciente participación electoral de los mexicanos en las contiendas.

Claro, el régimen cultivó una creciente cauda de intelectuales “orgánicos” al calor, sobre todo, de las dos cadenas de Televisión, cuyos propietarios son, hoy, paradójicamente, amigos del tabasqueño.

En el camino de acotar al poder, los mexicanos fueron capaces de imponerle contrapesos, surgidos de la sociedad, o de los partidos políticos, a veces tan importantes y tan poderosas que el régimen se vio obligado a aceptar.

Se equivoca AMLO al sostener que los órganos autónomos fueron creados para “comprar conciencias”; no, no lo fueron para eso, se luchó -en el caso de los nacidos al influjo de exigencias de la sociedad, los de los derechos humanos, de la protección a desaparecidos y sus familiares; los refugios para proteger a las mujeres y niños de la violencia doméstica; los organismos de mujeres, los de la transparencia y especialmente los electorales, etc.- con el propósito y la aspiración que fueran organismos para defenderse de los excesos del poder.

Por supuesto que el régimen intentó, por todas las vías, cooptarlos.

Ahí es en donde debe definirse el presidente, nadie le creyó que ignoraba la existencia del Consejo para la Prevención de la Discriminación (Conapred). 

Simuló y mintió en un solo instante, actuó para la tribuna, para agregarle fuerza a sus verdaderas intenciones, desaparecer a todos los organismos autónomos, cuando lo que debería hacer la 4T es delinear cuales son los que deberían existir en el Estado mexicano post-López Obrador; uno, en el que el presidencialismo sea superado por la vía de la creación de un diseño institucional de un Estado moderno, democrático, que establezca los contrapesos y candados para evitar las decisiones unipersonales.

Se requiere una reforma de todos los organismos autónomos, iniciando por los ingresos y el modo de designación de sus integrantes, pero de ahí a desaparecerlos es un verdadero despropósito. 

Por una razón, el presidencialismo no ha desaparecido.

Puede el presidente López Obrador decir que es diferente, pero en tanto no cambien las estructuras de las instituciones, el regreso de la presidencia imperial estará siempre presente.

Ahí se encuentran algunas de las carencias más importantes de la 4T; no hay definiciones claras, de largo plazo sobre estos temas, sólo pronunciamientos y determinaciones del momento, tomadas con base en las exigencias del instante.

Quienes llevaron a la presidencia a López Obrador no votaron sólo para cambiar al ocupante de la silla que no quiso usar Francisco Villa.

Se quería un cambio en los modos de gobernar y de las enormes  incapacidades para hacerlo, además de acabar con la desmesurada corrupción, que ha corroído hasta los cimientos a la sociedad.

Para ello se necesita construir un nuevo régimen, a partir del diseño de una nueva institucionalidad, con las definiciones que no aparecen.

MÁS MOMENTOS DEFINITORIOS. También al gobernador Corral le llegaron los momentos de las definiciones, pero éstas serán las de la despedida. El viernes, las Comisiones Unidas del Congreso rechazaron su propuesta de elecciones primarias, puede ser rechazada por la mayoría de los diputados.

Pero ya sabe que su gobierno ha terminado. 

Tendrá tiempo para recrearse en una carta que le enviara a Felipe Calderón, cuando éste terminaba su gestión:

“Innegable es tu forma de tratar a los panistas, perdiste todo sentido de civilidad política. La falta de respeto a varios compañeros y a tus propios colaboradores, una rudeza innecesaria a quienes disienten de tus opiniones. ¿Y qué has logrado? Renuncias de secretarios de Estado, expulsiones del partido, miembros que hicieron campaña no contra el PAN sino en despecho de ti. 

Las peores críticas a tu carácter, por cierto, las he oído en voz baja, en murmullos, de gente muy cercana a ti. Esa es la verdad inocultable…

Espérate a que conozcas la condición humana a partir de que dejes el poder y entiendas que lo que más te ha perjudicado eres tú, tu carácter colérico al que le gana el coraje en cualquier momento”.

Ce’st fini.

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