Opinion

Del origen de la Religión

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Daniel García Monroy

domingo, 04 abril 2021 | 05:00

El mejor análisis científico-antropológico hasta ahora escrito sobre el origen de las creencias religiosas en nuestro mundo, fue expuesto desde hace un siglo por el creador de la sicología moderna, el admirable maestro austriaco, Sigmund Freud (1856-1939). 

En dos de sus geniales libros: “Tótem y Tabú” más “Moisés y la religión monoteísta”, publicados en 1912 y 1939, respectivamente, Freud trata de explicar cuál fue la raíz, que en apenas tres milenios, logró construir en la humanidad una de sus principales columnas vertebrales, que ha mantenido estructurada, pero también confrontada, la convivencia social en nuestro planeta: la trascendental Religión. 

Su estudio está basado en dos áreas de conocimiento bien definidas: la historia de las civilizaciones, más el descubrimiento del monoteísmo egipcio, como origen del judaísmo ortodoxo; padre renegado del actual catolicismo y protestantismo occidental. 

En la primera parte de su tesis las básicas premisas tienen que ver con las investigaciones certificadas de los creadores de la antropología como ciencia en el siglo XIX, que descubrieron una serie de similares fenómenos realmente observados entre tribus aisladas en los más remotos lugares del planeta, sin posible contacto alguno entre ellas. Del Congo africano a la Amazonia brasileña, de la Norteamérica de los indios Piel Roja a los aborígenes de las islas Filipinas. Análisis fortalecido con datos históricos sobre las culturas más antiguas y creativas: egipcia, persa, semita, celta, griega. 

La magnífica tesis freudiana sobre el origen de la religión, puede ser resumida de la siguiente manera (con disculpa explícita para el inmenso maestro en intento de resumirlo): 

En el lejano pasado de la historia de los primeros homo sapiens, las pequeñas hordas que se congregaban en reducidos espacios territoriales eran dominadas por el padre-jefe más fuerte físicamente y experimentado de vida en la horda, quien mantenía un poder absoluto sobre el conjunto de seres bajo su dominio; hembras y machos, hijos-sometidos, por la fuerza y el terror establecido por el sujeto más poderoso del clan. --El sistema era semejante al que continúa existiendo hasta ahora en las manadas de los felinos más feroces, como el rey león-- 

Y de pronto ocurrió la rebelión de los sumisos jóvenes, desesperados por una regla brutal: la prohibición de las relaciones sexuales con las hembras del grupo. Pues el poderoso regente era el único que podía regenerase, tener progenie directa, amo y señor de la procreación diseminada entre sus féminas esclavas. Quien violaba la norma era excluido del grupo, cuando no sacrificado. Ante tal represión, llegó el tiempo de la revuelta de los hijos varones, que es la piedra de toque del vital fenómeno prehistórico descubierto. La fuerza de grupo de los subordinados se organiza para terminar con el bárbaro poder del más fuerte. Y entonces deviene el acto brutal: el día en que los hijos deciden matar al odiado padre. Se organiza la fuerza de la unión de los condenados a la prohibición de lo sexual. Después del sangriento homicidio, el violento grupo  toma el control de su comunidad. Pero sicológicamente el asesinato del padre provoca una conmoción, una terrible epidemia de miedo y dolor –en el que las madres hembras algo debieron tener que ver, aunque Freud soslaye su participación--. 

Desaparecido el jefe-padre-poderoso ¿a quién recurrir para seguir existiendo en casos de tragedias y agresiones externas? ¿A qué protector fuerte y experimentado pedir auxilio ante la oscuridad ambiental y la desconfianza contra el otro? La reorganización tribal es imprescindible para evitar el caos. Los rebeldes jóvenes asesinos determinan continuar con las reglas del jefe aniquilado. La exogamia se convierte en ley consensuada. Nace el “Tabú”, la regla que inhibe hasta nuestros días las relaciones incestuosas, establece Freud. 

Pero para sostener al nuevo sistema se requería de algo más importante: la creación del símbolo del padre como autoridad desaparecida, pero superviviente de otra nueva forma, igual de fuerte y estricta, pero ahora no material si no espiritual-metafísica. Como el imperio del poder palpable ya no existe es necesario recrearlo simbólicamente. Y entonces, señala la lejana historia analizada por el padre de la sicología, los grupos humanos de las más esparcidas tierras, inventan-diseñan-erigen: “Tótems”. Figuras visibles e imponentes echas de recios troncos de árboles esculpidos que representan al padre, pero con la cabeza de los animales más fuertes y terribles en sus respectivos territorios: osos, águilas, leones; esos temibles antepasados de nuestros dioses todos. La relación sicológica de estos “Tótems” con el jefe de la horda aniquilado es evidente y directa. --Ya no tenemos físicamente a un enérgico dirigente para controlarnos y protegernos, pues entonces, démonos el vital icono-símbolo del poder que destruimos. 

Comienza a conformarse la idea de un ser todopoderoso que nos vigila, protege y castiga por encima (más-allá) de todos los miembros de las primigenias comunidades. Un ser omnipresente y eterno que trasciende materia y tiempo. Bueno noble, pero iracundo juez terrible. Dios omnipotente y misericordioso para mantenernos a raya, o mejor dicho: obedientes a las reglas por todos aceptadas. Imagen reconfigurada y reverenciada en todos los originarios ritos sagrados de adoración obligatoria y periódica, realizados desde entonces alrededor del grandioso y temible dios: el “Tótem”. 

Que el fenómeno analizado y descrito por Freud, se descubra repetido en todos los grupos humanos descubiertos y comprobados por la antropología moderna desde hace más de 200 años, es algo que mueve a pensar en un origen único e irrefutable de nuestras benditas religiones.