Opinion

Democracia o desgracia electoral

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Daniel García Monroy

domingo, 18 abril 2021 | 05:00

El reconocido y respetado maestro-filósofo-francés, Raymond Aron (1905-1983), reprodujo en tres ensayos una serie conferencias, que dictó en 1963 en la Universidad de California. Su magistral compendio editorial, de imprescindible lectura, se publicó en 1965 con el título de: “Ensayos sobre la libertad”. En el primero de esos textos, confrontó las ideas de dos genios de la historia de la humanidad: al joven aristócrata francés, Alexis de Tocqueville (1805-1859), versus el primer intelectual orgánico  --que renegó de ser marxista--, el alemán de origen judío: Carlos Marx (1818-1883). Aunque contemporáneos, se acepta que el pequeño-burgués, Marx, bien pudo haber leído a Tocqueville, en tanto que el adinerado francés, jamás supo del trabajo teórico de su similar en la fama histórica. Factor no menor en el análisis del maestro Aron.

En su ensayo, Raymond Aron, analiza pieza por pieza las ideas y teorías reflejadas en las dos más imponentes obras de los filósofos que desmenuza: “La democracia en América” y “El Capital”. No le aplaude a uno y despotrica contra el otro. Nada que ver. Estudia y descubre cosas, más allá de los respetados ideales escritos por los padres del pensamiento liberal y socialista, en el ya lejano siglo XIX. 

Aron inicia su ponencia con el desafío de Alexis, quien afirma que en la Europa de su tiempo: “existen los ricos, pero la clase de los ricos no existe. Porque los ricos no tienen ni espíritu ni objetos acostumbrados, ni tradición ni esperanzas en común. Los ricos no se hallan sólidamente unidos entre ellos, ni con los pobres. El fabricante no exige al obrero más que su trabajo y el obrero no espera del propietario más que su salario”. Entre el trabajador y el patrón, remata Tocqueville, las relaciones son frecuentes, pero no existe verdadera asociación, (diríamos hoy solidaridad) --Hablamos de conceptos escritos hace más de 150 años, que quede claro--. 

Raymond recupera la crítica de Tocqueville al naciente capitalismo industrial: “El deseo de enriquecerse a toda costa, el gusto por los negocios, la avidez por las ganancias, la búsqueda del bienestar y de los goces materiales, son pues las pasiones más comunes. Esas pasiones se extienden fácilmente a todas las personas, penetran incluso en aquellas que se habrían mantenido más apartadas de tal deseo hasta entonces y llegarían pronto a excitar y a degradar a toda nación entera si no hubiese nada para detenerlas”. –¡Don Alexis, que bien dibuja al México actual desde el lejano pasado, sin quererlo!-- 

Tocqueville enaltece las bondades de la monarquía. Afirma que la obediencia a la autoridad del Rey, no era generada por el miedo al castigo o al ostracismo, sino por la ¡legitimidad! del poder que representaba. Los monarcas europeos de la edad media eran elegidos-impuestos por Dios; y someterse y reverenciarlos era un deber moral-religioso, más que político. La democracia con su voto en suma no existe todavía. No obstante, nadie en su sano juicio se plegaba a los designios de una autoridad ilegal-fraudulenta, eso era una despreciable forma de degradación personal. Un príncipe ilegítimo era la encarnación de Satán, contra la que había que pelear y derrocar, aún a costa de la propia vida. Orgullo era luchar para exterminar al rey espurio, como absurdo y perverso era no obedecer al auténtico emperador representante de Dios en la tierra. 

Raymond Aron descubre entonces, que en contrapartida, el pensamiento marxista creado en la época post-Revolución Francesa, establece una nueva forma de aceptación y obediencia a la autoridad gubernamental. En la línea de Maquiavelo, constata la servidumbre que todo soporta por conveniencia de utilidad o temor a la represión. La legitimidad del poder, como su principal atributo, se fue trastocando terriblemente en el razonamiento colectivo. Ya no importa quién ordena sino la fuerza para obligar a la obediencia, indica Marx. 

Tocqueville, señala Aron,  cuando viaja y observa la convivencia social de la incipiente pero igualitaria Norteamérica, ni ubica ni piensa en una supuesta lucha de clases, por el contrario ve con mayor probabilidad de futuro la opción democrática, que cambiaría la legitimidad de los gobiernos modernos: de la designación divina a la confrontación de candidatos, el debate de ideas y proyectos; más el voto, el fantástico voto ciudadano-responsable-inteligente a favor del mejor contendiente con aspiración leal a llegar ser autoridad comunitaria. La democracia simple y directa como la pieza clave para el avance de nuestra civilización occidental.         

 Por su parte, examina Aron, el pensador nacido en Renania, Carlos Marx, el enconado enemigo de la democracia electoral, y de todas las libertades formales y no reales, sentencia que la lucha de clases es el único motor posible de todo cambio socioeconómico verdadero. Identifica al capitalismo explotador como el caldo de cultivo de la guerra civil en cada país, entre propietarios contra sus obreros degradados, que no tienen nada que perder más que sus cadenas. ¿La democracia electoral? Una ingente farsa, un circo creado por la clase empresarial-militar-clerical, que hace creer al inocente pópulo, que su voto pacífico podrá algún día generar un cambio de modelo económico. Es decir mejores condiciones de vida para los trabajadores en las sociedades capitalistas. Marx si es un profeta de su verdad absoluta. Se somete a una disciplina brutal en la biblioteca de Londres para estudiar cientos de libros y poder escribir su propia biblia, cuyo paraíso no es el de Adán y Eva, sino la utopía de una sociedad sin clases. Ni propietarios abusivos ni obreros explotados. Todos iguales y trabajando en lo que más les guste. Dejándole a las máquinas las labores más cansantes-inhumanas-enajenantes. A cada quien según sus necesidades, a cada cual según sus capacidades productivas. El místico paraíso comunista.

Y despertamos en Chihuahua, México, abril del año 2021. La profecía marxista no se cumplió, no obstante imposible no reconocer la serie de intentos históricos que pretendieron el camino de la fe en el materialismo histórico. Desde el afamado indio Victorio, hasta los asaltos bancarios de enero de 1971, pasando por la Revolución Mexicana de Villa y su estela de abusos y muertos. La dictadura del proletariado a dios gracias no se instaló. 

Más cerca parece la teoría de Tocqueville. La democracia electoral nos llegó de la mano del panismo de los místicos del voto. Y no porque Chihuahua fuera la sociedad igualitaria que jamás vamos a ser, sino por el factor del voto ciudadano, secreto, que cuenta y se suma bien en la bella incertidumbre de la noche del día de los comicios. Es el pequeño gran salto que hemos dado; del gran dedo elector que desde los Pinos designaba a los gobernadores de nuestro estado, al dilema que se decide en cada casilla con ciudadanos contando cada sufragio la tarde noche del fatal día. La democracia no nos resuelve los problemas, nos evita la guerra entre nosotros mismos. Poca cosa para algunos, buen avance para distinguirnos un poco de los animales salvajes, para otros.