Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

Desastre de Incalculable Valor: Palacio de Gobierno de Chihuahua (1941) (Primera parte)

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/ Terrible incendio a Palacio de Gobierno, acabo con la mayoría del acervo histórico de la ciudad y el estado de Chihuahua (Fototeca-INAH-Chihuahua).
/ Momentos cuando el Palacio de Gobierno de Chihuahua estaba en plena construcción. La foto muestra la esquina (hoy Libertad y Vicente Guerrero) que 50 años después de su inauguración se incendiara, ocasionando la pérdida del mayor número de documentos del acervo histórico chihuahuense (Fototeca-INAH-Chihuahua).
/ Antiguo edificio del Convento Jesuita de Nuestra Señora de Loreto donde décadas más tarde se construiría el Palacio de Gobierno de Chihuahua (Fototeca-INAH-Chihuahua).

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 06 junio 2021 | 05:00

Después del terrible incendio suscitado en el Palacio de Gobierno de Chihuahua el sábado 21 de junio de 1941, en donde se quemaron importantes documentos de la historia de nuestro terruño y donde quedó prácticamente destruido, el prolífico historiador chihuahuense Lorenzo Arellano Schetelig quien ocupara un lugar preponderante en las letras chihuahuenses de finales del siglo XIX e inicios del XX, hacía una interesante reflexión sobre la tragedia sufrida en el edificio que representaba los tres poderes en el Estado, el Ejecutivo, Legislativo y el Judicial, por ello en esta ocasión, Crónicas de mis Recuerdos rescata esta tan importante reflexión en una época de incertidumbre y de mucha zozobra.  

Decía el maestro Arellano Schetelig: “Muchas generaciones pasarán sin que se pueda apreciar debidamente en toda su enorme magnitud y trascendencia, la pérdida sufrida por todos los chihuahuenses  con el terrible incendio sucedido el sábado 21 de junio que casi destruye el total del Palacio de Gobierno del Estado y, de esa pérdida incalculable sin que haya exageración alguna en el concepto ya que no la representa tan solo la destrucción del bello, majestuoso y querido edificio cargado materialmente de recuerdos en los últimos años que ha vivido Chihuahua con todo su grande significado, sino la pérdida, la catástrofe tremenda que es para todos nosotros y para la Patria grande y chica, el incendio que hizo presa acabando con los tesoros documentales que allí se guardaban, formado de riquísimos archivos como el General y del Congreso, documentos, expedientes, folletos, impresos diversos, muchos rarísimos y en extremo valiosos de interés y enormes para la historia del Estado y el norte de México, los cuales irremediablemente fueron consumidos por el fuego en pocas horas y de manera que a todos nos sorprendió y nos parece casi inexplicable.

“Jamás podremos llorar la pérdida de estos tesoros, lo que merece ser llorada. Nunca nos lamentaremos lo bastante de tan enorme y trascendental desastre que nos ha dejado anonadados de las tragedias y las muchas vicisitudes que ha vivido Chihuahua a través de su historia; ésta, es la de mayores desde mi punto de vista por sus consecuencias y trascendencia. Vuelvo la vista atrás en los anales de su pasado, donde sólo encuentro una catástrofe que la supera, la expulsión de los jesuitas de sus dominios que hizo en 1767 el Rey Carlos II de nefasta memoria para los chihuahuenses, pues con su infame y torpe medida, dejó truncada la obra civilizadora y de paz que los hijos de San Ignacio de Loyola habían emprendido con óptimos frutos en esta región de lo que hoy es la República Mexicana. Fuera de esa inmensa desventura de tan tristes resultados, no hay otra que igual a la que hoy nos partiera el corazón, nos contrista y abruma el ánimo en nuestros sentimientos de chihuahuenses. Ni las guerras civiles que han ensangrentado y sembrado la ruina en este suelo, ni cuando vimos el hogar de nuestros padres saqueado e invadido en los primeros días de la Revolución, perdiendo muchas cosas queridas acumuladas en la casa paterna en el transcurso del tiempo, recuerdos y papeles de familia insustituibles para nosotros y de un valor sin precio, sufrimos la impresión de ahora.

“Porque el desastre actual –refiriéndose al incendio de Palacio de Gobierno- es de un alcance infinitamente mayor, no es familiar, ni  individual o personal, es colectivo, es para el momento que vivimos y para el futuro de todos los que amamos este suelo y su pasado algo trascendental; los que sabíamos del tesoro que para su historia representaban aquellos archivos, lloramos amargamente su pérdida y nada más absolutamente nada, puede ni podrá consolarnos nunca de tamaño desastre de lo que representa y quiere decir la destrucción de esos papeles venerados que celosamente, guardaba la historia de esta querida tierra. Con índice de fuego, quisiéramos señalar a los culpables de esta catástrofe.  En un comunicado de la Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos, leía un fragmento de un capítulo de mi obra sobre la Catedral. Alguien me preguntó qué de dónde había tomado los datos importantísimos que en él cito y contesté, que se hallaban en el archivo del Congreso, pues en realidad era así, allí existía un expediente valiosísimo sobre la construcción de nuestra Catedral y felizmente, tomaría desde hace tiempo los datos que necesitaba de ese expediente que con otros de valor inmenso, devoró el fuego.

“Cómo sabemos el Palacio de Gobierno se levantó en el mismo lugar donde estuvieron el templo de San Felipe y el Colegio de la Compañía de Jesús, derribados precisamente para construir el Palacio. Siempre he dicho que no debíamos jamás echarlos abajo, ese templo y el colegio levantados en los primeros años de la vida de Chihuahua y vinculados a la obra grandiosa que los jesuitas llevaron a cabo en esta tierra. Por sus aulas pasaron y en sus celdas se albergaron hombres verdaderamente insignes. Las obras que se hacen sobre bases tan tristes y lamentables, no las bendice Dios nunca, parece que nacen saladas como suele afirmar el vulgo con sus expresivas como sencilla ingenuidad y elocuencia y tarde o temprano, un desastre suele echar por tierra lo que levantó el propósito y la soberbia de los hombres para otros usos en los lugares destinados y consagrados para rendir culto al señor.

“Exactamente en el lugar donde se hallaba instalado el valiosísimo archivo y el Congreso del Estado convertidos en cenizas, escombros y ruinas, se levantaba el Templo de San Felipe y en una de sus capillas, se hallaban los entierros de dos próceres ilustres de nuestra historia, ellos eran el Capitán general don José Orio y Zubiate y don Manuel de San Juan y Santa Cruz, dos Caballeros de la Orden de Santiago, uno y otro gobernador de la Nueva Vizcaya; impulsadores de la ganadería, minería y la agricultura en esta tierra; benefactores insignes de Chihuahua, sus tumbas y cenizas perdidas para siempre al derribarse el templo. No hubo después lápida alguna que recordara su memoria y sus hechos, ni en el Congreso ni en antiguo Archivo, ni en otra parte de Palacio posiblemente debido a la fobia que muchos años predominó en nuestra patria para borrar y hacer que se olvidara la obra portentosa de España en México. Nuestra gratitud para los hombres a quienes más debemos, no tienen parangón y debe corregirse.

“El templo de San Felipe destinado para rendirle homenaje y culto a Dios, fue convertido en teatro en los días que siguieron a la guerra de Reforma; no sé respeto siquiera el reposo de aquellos muertos ilustres que ahí estaban sepultados y al derribarse, la ignorancia hizo que nadie precisará en recoger y conservar sus respetables cenizas. El afán que ha prevalecido en México de echar abajo los templos y darle otro destino de aquel para el cual fueron construidos, no puede traer para nuestra patria las bendiciones que Dios derrama sobre los pueblos y las naciones que le rinden el tributo y el homenaje que es acreedor. Todo esto pensaba al recorrer con don Panchito R. Almada, Raúl Bustamante, Raúl Hermosillo, José Carlos Chávez y Alberto Terrazas Valdez, lo que fueron las hermosísimas arcadas y otras dependencias de Palacio al contemplar humeantes todavía los escombros y ruinas del archivo y de la Cámara de Diputados; de la Secretaría de Gobierno y de la mayor parte del magnífico edificio que en forma tan dolorosa celebraba en 1941 sus 50 años de vida.

“Siempre me identifique –decía Arellano Schetelig- con el Palacio desde mi niñez, pues a él iba casi diariamente, no había rincón que no tuviese un recuerdo para mí. Me sentía anonadado en la contemplación de tanta ruina, de tan grandes destrozos provocados por el desastre. El patio de honor del que guardo imborrables recuerdos de cómo muchas veces lo vi de niño adornado lujosamente para los grandes eventos que ahí se ofrecían para las veladas y las fiestas escolares. Aparecía ahora ante mis ojos convertido en ruinas, su aspecto era triste, pavoroso y el contraste tremendo con el que ofrecían mis recuerdos que meras y que deleznables son las glorias de este mundo. Esta Crónica continuará…

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. Desastre de Incalculable Valor: Palacio de Gobierno de Chihuahua (1941), forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros. Además los libros sobre “Historia del Colegio Palmore (1880 a 1944), adquiéralos en Colegio Palmore o al celular 614-148-85-03 y con gusto los llevamos a domicilio. 

Fuentes:

Periodista e historiador Lorenzo Arellano Schetelig

violioscar@gmail.com

Maestro-investigador-FCA-UACh