Opinion
Crónicas de mis recuerdos

Dos de Octubre de 1968: a 51 Años de Distancia

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Oscar A. Viramontes Olivas
domingo, 06 octubre 2019 | 05:00

Lamentablemente septiembre es un mes de acontecimientos desafortunados que se han quedado en la memoria de varias generaciones, donde la impunidad y la represión del Estado mexicano hacia diversos grupos políticos y sociales ha sido evidente. Uno de estos ocurrió hace 51 años en la plaza de “Las Tres Culturas” en Tlatelolco, Ciudad de México, donde miles de jóvenes saldrían a las calles el 2 de octubre de 1968 para exigirle respuesta al gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz a sus largas demandas. Este movimiento de jóvenes “soñadores” con ideales para construir un México mejor se gestaría 60 días antes en el verano de ese mismo año, cuando el calendario registraba el 22 de julio cuando un puñado de estudiantes de la Universidad Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional, generarían una verdadera trifulca en la Ciudadela de la Capital de la República.  

De inmediato los cuerpos policiacos llegarían para contener el fuerte escándalo generado por los estudiantes, sin embargo, esta pelea masiva fue disuelta violentamente por los granaderos del entonces Distrito Federal, generando una protesta contundente de la opinión pública en contra del abuso policiaco que se dio en estos hechos. Este evento no quedaría ahí, fue una especie de “mecha de polvorín” que desataría más tarde una ola de manifestaciones, repudiando la represión en contra de los jóvenes universitarios que día a día, llenarían las calles exigiendo acciones contundentes en contra de la represión gubernamental. En toda esta convulsión, se uniría el entonces rector de la UNAM Javier Barros Sierra, para exigir respeto y no represión ante las demandas que la multitud hacia al gobierno. Esta turbulencia gestaría un movimiento que sería llamado “Consejo Nacional de Huelga”, grupo que promovería la gran concentración del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos que iniciarían el 12 de ese mes. La verdad el ambiente estaba muy crispado y esto podría generar algún evento inimaginable un estallamiento social.     

Llegaría el gran día, el calendario anunciaba el 2 de octubre de 1968 y desde muy temprana hora empezaría a llegar mucha gente a la plaza de Las Tres Culturas para ir hacia el Casco de Santo Tomás en el IPN, que permanecía en manos de los militares cuando el reloj señalaba las 9:00 am. 

Inesperadamente, se informaba que esta marcha se cancelaría pues algunos estudiantes de apellido González de Alba, Guevara Niebla y Muñoz, estarían en pláticas con el gobierno para solucionar el conflicto, sin embargo, con todo lo que se comentaba sobre las negociaciones, se observaba un importante despliegue de militares que vestían ropas civiles y otros que según se dijo, se habían infiltrado en la concentración entre las 10:00 am y las 16:00 horas. Empezaría a subir de tono el nerviosismo entre la multitud, pues se decía que también existían francotiradores apostados en algunos edificios que según estaban a las órdenes del jefe del Estado Mayor, Luis Gutiérrez Oropeza, quien más tarde sería señalado como responsable de apostar los tiradores en la plaza de Las Tres Culturas y creador del grupo paramilitar “Los Halcones” y Marcelino Barragán quien tendría la responsabilidad de comandar el “Batallón Olimpia”.  

Era una tarde sombría y fresca cunado los relojes llegaban a las 16:00 horas, mientras cientos de estudiantes y simpatizantes del movimiento empezaban abarrotar la plaza con un estimado de más de 10 mil personas. Todo eran gritos de repudio al gobierno de Díaz Ordaz y a sus cuerpos de seguridad, mientras los oradores lanzaban consignas muy fuertes en contra las autoridades elevándose de tono los ánimos que se fueron encendiendo al exigir soluciones a las demandas y freno a la represión. Dos horas serían para expresar distintas consignas y faltando cinco minutos para las 18:00 horas, se observaría en el cielo del Tlatelolco un resplandor provocado por dos bengalas lanzadas por un helicóptero del Ejército mexicano, una de color verde y la otra roja. Muchos se quedarían atónitos al preguntarse qué significaba eso, sin embargo, era la terrible señal para que la “pirotecnia” de las balas asesinas empezara con toda intensidad. Inmediatamente comenzaría una movilización de militares con sus vehículos blindados que se desplazaban amenazantes hacia la plaza. Minutos después de esa misma hora, se sumarían elementos de la represora Dirección Federal de Seguridad, Policía Judicial Federal y el Servicio Secreto. De ahí empezaría la balacera mientras la mancha humana se dispersaba por todas partes, resguardándose de los proyectiles asesinos; no importaban las edades, porque la represión le pegó a niños, mujeres, profesores, vendedores y curiosos que se habían acercado a ver la manifestación.        

La noche se cubría de sangre ya que la masacre estaba a su máxima expresión, durando casi dos horas. En ese momento las campanas de la Catedral Metropolitana anunciarían las 20:00 horas en medio del caos entre muertos y heridos. En cambio, las autoridades empezarían a perseguir y detener a los principales líderes llevándolos al Campo Militar No.1. Muchos testigos señalaron la fuerte represión de las autoridades en contra de los manifestantes, y la forma como se impidió que los cuerpos de salvamento entraran a auxiliar a los heridos y a recoger a los muertos, quedando una postal macabra en Tlatelolco con muchos tendidos y agonizando. Los pocos que fueron atendidos, serían trasladados a diferentes nosocomios del Distrito Federal y alrededor de las 23:00 horas, vendría una aparentemente calma al retirarse el ejército que era comandado por el general Crisóforo Masón Pineda para el asunto de la Plaza de las Tres Culturas.

Existe controversia de cuántos fueron los muertos, algunos hablan de 150 a 350, en cambio la versión del gobierno indicaba que habían sido tan solo 26, eso sin agregar a las miles de personas que fueron detenidas, entre los que se encontraban gente gravemente herida. Finalmente, la versión que daría el gobierno sobre los hechos en voz de Fernando M. Garza director de prensa y relaciones públicas de la presidencia, manifestaba que extraoficialmente sólo se tuvo un saldo de 20 muertos y más de 400 detenidos, justificando las acciones tomadas por las fuerzas del orden en contra de los “agitadores”, mientras el comunicado del Ejército en voz del secretario de la Defensa Marcelino García Barragán, argumentaba haber intervenido en apoyo a la policía para sofocar el tiroteo que según él habían comenzado entre los manifestantes ya que estos estaban armados hasta los dientes.    

Para el día 3 de octubre los tristes y macabros acontecimientos sucedidos en la Ciudad de México, darían vuelta a todo el mundo quedando definitivamente marcado en la historia nacional y en las mentes y corazones de muchas familias que perdieron familiares, amigos o conocidos y este desafortunado hecho, seguirá vivo mientras no se habrán por completo los archivos y se castigue a todos los responsables de este genocidio y, si un día llega esto, muchos muertos así como vivos, encontrarán consuelo y una paz para la eternidad. Sin embargo la pregunta es ¿Hasta cuándo? 


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