Opinion

Egoísmo Ético

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Daniel García Monroy

domingo, 26 septiembre 2021 | 05:00

La actitud no es nueva en  la historia de la clase empresarial hegemónica, pero como concepto sí es definitivo para entender el mundo capitalista fin de la historia. Se define de forma clara y concisa al Egoísmo Ético como la justificación teórica que establece que una empresa está en su derecho de hacer lo que más le convenga a los intereses de sus inversionistas y/o propietarios, pasando por encima de cualesquier otro interés individual o colectivo, legal o racional, en tanto estos atenten contra sus ganancias y con ello su supervivencia en el mercado. 

De suyo contradictoria, la idea del egoísmo ético ha sido diseñada e instalada en la filosofía capitalista, para sintetizar de una forma aceptablemente lógica la arbitrariedad de privilegiar el bien de unos cuantos por sobre el bien común. Una vuelta de tuerca al evangelio democrático para ajustarlo a la visión-misión de las minorías económicamente poderosas apretando a la menesterosa masa ciega. Pero ¿cuál es el verdadero impacto del egoísmo ético empresarial en la vida de los ciudadanos consumidores de cualquier país?     

Se facilita la comprensión de los efectos de esta anómala ética egoísta si la explicamos a la luz del actual dilema de la industria automotriz. La contaminación planetaria por el excesivo consumo de combustibles fósiles ha alcanzado su límite catastrófico. El efecto invernadero causa del calentamiento global y sus desastres inherentes ha logrado asustar lo suficiente a los gobiernos poderosos para obligar a la industria automotriz a disminuir las emisiones de CO2 en sus miles de unidades armadas. 

La normatividad anticontaminante para los autos de explosión interna se ha endurecido para la docena de grandes firmas fabricantes, que desde hace lustros se han erigido en oligopolio mundial, repartiéndose el mercado automovilístico y la totalidad de las utilidades posibles. 

No obstante que la solución final está en sus manos, es decir dejar de construir motores que quemen hidrocarburos y cambiar a la producción de limpios motores eléctricos, dueños y socios se niegan a parar la contaminación que han generado por décadas, aún a riesgo del futuro de la misma humanidad. Es aquí donde apelan al Egoísmo ético, para argumentar que están en todo su derecho de seguir produciendo coches contaminantes, pues eso es lo más provechoso para la vida de sus empresas y la de sus inversionistas. El egoísmo ético es un eficaz subterfugio para disculpar todo el daño ecológico forjado por sus productos, en contra de la vida de las especies en el planeta. Tan simple y sorprendente como observar que  aunque a toda la humanidad le convenga limpiar la atmosfera reemplazando los autos ruidosos y explosivos por los silenciosos de baterías, la desaforada industria automotriz sigue llevando a cabo hasta hoy, lo que más le reditúa al bolsillo de sus propietarios: Egoísmo ético.   

De ahí que estén ralentizando (dejando para mañana), la fabricación masiva del carro eléctrico, aún a riesgo de provocar un irreversible aumento en la temperatura mundial que nos conduzca al fin del mundo, por lo menos para millones de habitantes de las costas. Han invertido demasiado dinero en tecnologías para los motores de combustión y ahora se ven en  fatal necesidad de amortizarlo. Irremediablemente, en tanto controlen el oligopolio del auto, los señores de esta industria continuarán armando y enviando a las calles las máquinas que nos condenaran cada año a más a sequias-incendios/huracanes-inundaciones, con su estela de víctimas, terror y desgracias: Egoísmo ético. 

Pero bueno fuera que el Egoísmo ético capitalista iniciara y terminara en la industria automotriz. El fenómeno se repite en decenas, cientos de formas distintas dentro del conglomerado fabril que mueve al mundo. La comida chatarra produce millones de enfermos en toda la tierra habitada pero no hay forma de detener la máquina que envía productos malignos a niños y niñas que aprenden felices a intoxicarse y destruir su salud. La vital industria norteamericana de las armas demostrando sublime que el trabajo es vida. Exportando a nuestro país miles y  miles de revólveres, fusiles, granadas, proyectiles y demás bellas piezas salidas de las ejemplares líneas de producción con los mejores estándares de calidad jamás alcanzados por el hombre. Hasta la amada industria de carne de res consumiendo millones de litros de agua y desapareciendo miles de hectáreas de bosque para sembrar el forraje que comen felices las vacas contentas que terminan en nuestros asadores de fin de semana. Por desgracia el Egoísmo ético ha cubierto con su capa de lógico razonamiento humano a una gran parte de las actividades productivas del hombre.  

Aunque como ilusión óptica nos lo hagan parecer justo. Aunque el estado derecho sostenga el absurdo de su ilógica creencia. Aunque el dios dinero sostenga el castillo de naipes de la felicidad como ganancia económica. El egoísmo humano seguirá siendo ubicado  como el mezquino interés personal por sobre todos los demás intereses circunvecinos. La semilla del individualismo miserable y sórdido. No puede haber forma que a este mal-vicio-pecado, se le conjugue con la ética como acompañante conceptual para enderezarlo, recomponerlo, regenerarlo. El intento de reconvertirlo de mala a buena actitud, sólo puede ser intento de los vicarios del mercado, los brujos de las finanzas, los nuevos párrocos de los templos bancarios. Contra el Egoísmo ético, la ética sin intereses capitalistas, la ética alejada del mercado y los sistemas financieros. La esperanza en la ética humanista que detendrá el cambio climático contra humo y marea.