Opinion

El “genio femenino”

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Felipe Castro

domingo, 03 marzo 2019 | 01:53

Dentro de pocos días, 8 de marzo, se celebra el día internacional de la mujer. Una jornada para celebrar el don que la mujer representa para la humanidad. Y para recordar que aún queda un largo trecho por recorrer hasta alcanzar el pleno reconocimiento de la dignidad de todas las mujeres, no sólo en el papel, sino en la vida real.

Al margen de errores históricos y del peso milenario de una mentalidad machista y clericalizada, la Iglesia católica ha dado una aportación fundamental, no sólo para que se reconozca la igualdad en dignidad y derechos de hombres y mujeres, sino también para que se conozca y reconozca la riqueza y la originalidad de la mujer con respecto al varón.

San Juan Pablo II, tan conservador en temas doctrinales como vanguardista en temas éticos y sociales, nos legó su visión de la mujer en varios de sus escritos, entre los que destacan con vigor la Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem” (“La Dignidad de la Mujer”), del 15 de agosto de 1988 y la Carta a las Mujeres del 29 de junio de 1995. Una visión que era fruto, por un lado de acertadas intuiciones personales entramadas con profundas reflexiones teológicas y filosóficas (existencialismo personalista y escolástica tomista); y por otro de su propia experiencia personal. Él, en efecto, cultivó desde su juventud amistades importantes con diversas mujeres, que perduraron y se reforzaron a lo largo de su ministerio sacerdotal, episcopal y papal. Amistades sólidas, transparentes, enriquecedoras. Nunca, antes de él, se había visto a un Papa abrazar a una mujer, mostrando sin temor y sin ambigüedad el sincero afecto fraterno que les tenía.

Su mejor amiga fue Wanda Póltawska, médico y escritora polaca, víctima de atroces experimentos por parte de los nazis en el campo de concentración de Ravensbrück, adonde fue deportada por haber participado en la resistencia clandestina como parte de un grupo de scouts. Wanda declaró que el sacerdote Karol Wojtyla, a quien conoció en el año 1950, fue quien le ayudó a salir del terrible dolor de la prisión y a dejar de sentirse culpable por haber sobrevivido a las mujeres que sucumbieron en el campo. Wanda llevaba también impreso el horror de los niños sacrificados; en el campo había mujeres embarazadas; los nazis no las forzaban a abortar; las dejaban dar a luz; no por altruismo, sino simple y brutalmente para no disminuir la mano de obra; una vez nacidos, dejaban morir de hambre a los bebés, o los arrojaban vivos a los hornos. Tras esta horrible experiencia, Wanda se convirtió en una intrépida defensora de la vida y de los derechos de la mujer. Karol Wojtyla la acompañó en esta lucha. Y la hizo suya. Y llevó esta causa a su pontificado. Los dos documentos mencionados arriba son expresión de este compromiso suyo en favor de la mujer.

Uno de los conceptos clave de Juan Pablo II, proclamando la originalidad de la mujer y apuntando a la fuente de la aportación que ella ofrece al mundo como su don específico, es lo que él llama “el genio femenino”. “Genio” entendido como el talante propio, su modo original de ser, su disposición innata, su talento distintivo y peculiar, que la distingue precisamente en cuanto mujer, diferente, no necesariamente contrapuesta, al varón.

El genio femenino no es una serie de dones extraordinarios encarnados en mujeres extraordinarias. Son dones vividos por mujeres simples que los encarnan en la normalidad del vivir cotidiano. No son prerrogativa de una clase especial ni de una cultura o de una época. Son simplemente parte constitutiva del ser-mujer, aunque no todas las mujeres los vivan de igual modo ni con la misma intensidad.

Se ha intentado formular conceptualmente los rasgos constitutivos de ese genio propio de la mujer. Pero los intentos se han quedado cortos. Siempre queda algo más por añadir. Pero sí se puede al menos enumerar algunos de los rasgos determinantes, como son la sensibilidad, la capacidad de acogida, la inteligencia intuitiva, la tendencia instintiva a empatizar, acompañar, ayudar, servir en su más pura expresión, la capacidad de soportación que la hace moralmente fuerte ante la adversidad, la necesidad de crear y producir, el instinto de comprensión y protección.

La mujer, también en el mundo actual tan llena de retos, mantiene intrínsecamente el ímpetu por el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad y la empatía.

Aún con sus tropiezos y fallos como cualquiera, y a pesar de todas las empresas en las que se aventura a lo largo de la vida, la mujer parece tener en la memoria ancestral, la encomienda divina de hacer que la humanidad no decaiga. No se desvirtúe. No se despiste.  No se olvide de sí misma. No se pierda. No se extinga. Juan Pablo II afirmaba que una de las principales prerrogativas del genio femenino es el tener bajo su cuidado la “custodia de la humanidad”.

De suyo, la protección y el cuidado son parte de ese genio. La protección que provee la mujer, es en esencia diferente a ese instinto natural y  también  aprendido, del varón;  que utiliza su fuerza, su capacidad de trabajo sus habilidades físicas para proteger y proporcionar bienes materiales. En el caso de la mujer, su protección implica introducirse en el corazón de la otra persona, y desde ese conocimiento, potenciar sus virtudes y cualidades dotándola de seguridad. En el mismo sentido, le ayuda al otro a enfrentar sus miedos, angustias e inseguridades y llevarle al lugar seguro de la confianza, la esperanza y el optimismo.

Con frecuencia el progreso se valora según categorías científicas y técnicas, y también desde este punto de vista no falta la aportación de la mujer. Sin embargo, no es ésta la única dimensión del progreso, es más, ni siquiera es la principal. Más importante es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores del espíritu. En esta dimensión, desarrollada a menudo sin altavoces, a partir de las relaciones cotidianas entre las personas, especialmente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente al genio de la mujer.

Esta dimensión de la mujer, el genio femenino, de alguna manera se anida en ese espacio íntimo donde nadie entra, pero del cual todos conocemos algo. Es ese mundo interno tan propio de todas, en todas las edades. Igual podemos encontrar a una pequeña de 5 años absorta en sus pensamientos, que a una joven o una anciana. Todas acuden a ese espacio solo suyo de donde parecieran sacar aquello que necesitan para llevar a cabo su misión diaria. Tienen una visión completa de las circunstancias y situaciones en las que se encuentran. Esa característica de pensar en los demás parece llevarlas a no olvidar a nadie. Que si la abuela tiene comida, que si el hermano ya encontró trabajo, que si el hijo con gripa trae calcetines, que si la amiga sigue perdida, que si el vecino requiere ayuda. Y es que de natural, la mujer antepone su bienestar al de los que le rodean.

Todas estas características del genio femenino acompañan a su estructura física y sicológica, y dan a su capacidad de maternidad un significado mucho más alto que la simple fecundidad biológica.

Celebrar el día de la mujer debería, pues, llevar a valorar la aportación única que ella da a la sociedad, mucho más que a reivindicar una supuesta igualdad de roles, no siempre posible. Quedaría por individuar más en detalle el peso de esa aportación en los diversos ámbitos del convivir humano, del familiar al laboral, del social al eclesial.

Este próximo 8 de marzo ha de ser finalmente un día para agradecer a las mujeres. Como decía san Juan Pablo II: “Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas”.