Opinion

El amargo y solitario adiós al poder

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Daniel García Monroy

domingo, 05 septiembre 2021 | 05:00

Narra el intelectual orgánico Jorge Castañeda en su libro “La Herencia”, que en sus últimos días cómo presidente, don Gustavo Díaz Ordaz deambulaba en pijamas, de madrugada, por los lóbregos jardines de los Pinos, como ánima en pena, mortificado y colérico a la vez, evidentemente dañado mental y emocionalmente. Hablándose solo sobre su gloria y su ocaso en la agobiante labor del poder gubernamental. Su leal chofer lo vigilaba de lejos y al final le servía de paño de lágrimas en la oscuridad del bosque y de su alma.

La separación, el amargo y solitario adiós al poder político debe ser uno de los traumas más angustiantes para quien ha vivido toda una vida en la cúspide de la  pirámide burocrática.

En la memoria del depuesto deben resurgir los maravillosos momentos de su ascensión. El éxtasis del inicio bautismal del poder y sus privilegios. Todo nuevo, todo suyo, todo a sus pies. El poder que atonta a los inteligentes y a los tontos los vuelve locos, embelesa, hincha el ego, tonifica la soberbia. Hace ver desde arriba de los ladrillos del Palacio a sus pequeñitos desemejantes.

Pero el poder sobretodo separa. Separa a los gobernantes de sus coterráneos gobernados. El aislamiento de los poderosos es parte inherente de cada cargo asumido y directamente proporcional al puesto que se ocupa en lodosa montaña gubernamental. --Se ha establecido (con certera ironía) que su alejamiento de los mortales no es arrogancia pura, sino precaución para evitar que los votantes se percaten de que las afamadas autoridades en nada se diferencian del ciudadano término medio, incluso que pueden ser más defectuosos y anodinos que muchos de sus electores--.

Es por eso que para evitar la pronta desilusión están los cuidadores, los guardaespaldas, los guaruras, la primera línea fronteriza, que impedirá desde la toma de protesta que los humanos se acerquen a los elegidos. Luego vienen  los vigilantes en las puertas, los secretarios particulares, la cadena de cadeneros cuya labor es evitar que los contribuyentes se acerquen a quien recibe su sustancioso salario de sus impuestos. La parafernalia de vehículos blindados, suburbans, helicópteros, aviones, y el sequito de servidores al pendiente de cada movimiento, de cada gesto, de cada suspiro del amado protector, dispensador de favores y trabajos, puestos y presupuestos. La primera ley que todo político que asume el poder aplica al pie de la letra es aquella que establece que (como escribió el maestro Daniel Cosío Villegas) “la vida pública es estrictamente privada”.    

Pero en la debacle del término de su mandato el hombre de poder se enfrenta al regreso a su común y corriente vida. El regreso a su rancho, su empresa, su oficina, su familia. La reducción de servidores, la disminución de chequeras, el acabose de las desmesuradas atenciones. Su espíritu se desinfla, las  adulaciones desaparecen, su ego se empequeñece. Ya no habrá la automática atención de miles ni de cientos, quizá ni en su casa le hagan caso. Volverá a ser un simple y común ciudadano. Cuando no un preso número nueve, si es acaso que no robo los dineros públicos con impecable astucia y sin dejar rastro.  

Uno puede imaginar al político sin poder como un abúlico aburrido cuando regresa a su solitaria soledad. En la ausencia de público el gobernante desempleado desfallece sin duda, pues para él, hablar con la atención de grupos y masas es una verdadera necesidad fisiológica. Se consuelan después con charlar y sentir el interés a sus palabras de sus mascotas más queridas.

Si en el ejercicio del poder se enfrentó a la realidad de sus limitaciones, --es decir a su impotencia contra los poderes fácticos, y su ineficacia para enfrentar los dos problemas sociales sempiternos: la inseguridad pública y la desigualdad social--, mejor habrá de superar la crisis de su despido. Verá como ventura poder vacacionar, jugar golf, correr con lo libertad absoluta del desempleado. Recobrará el derecho a su pereza que el malhadado poder le embargo por un tiempo.

A decir verdad el político mexicano típico se aburre del poder, su entusiasmo inicial se agota pronto en cuanto se da cuenta de su inutilidad. De su carencia de imaginación para enfrentar los graves problemas de la sociedad; de su impericia y la de sus colaboradores para innovar, para intentar nuevas soluciones a los conflictos y retos de siempre. El reclamo social que su ignorancia y fracaso generan lo irrita y lo incomoda a los pocos  meses del encargo. Cuando realmente conoce de qué se tratan sus responsabilidades legales, el animal político añora la siesta despatarrada del rey león sobre la sabana. Y no pocos eluden su trabajo delegando, comisionando, subcontratando. ¿Qué testigo en nómina se atrevería a denunciar la ineptitud, la negligencia, la pachorra de un jefe ejecutivo a quien se le debe el honor de estar a sus órdenes?  Con lo único que se quedan, a lo que nunca renuncian es a la administración del dinero público. El entretenido juego de disponer del dinero de otros como si fuera suyo.  

Pero a su salida del poder ya no hay más puestos que obsequiar, ni presupuesto que repartir, ni negocios que compartir. Se acaba la representación del dios dinero en la patria chica o grande. Se termina el poder cuando se termina el control de plazas, sueldos y partidas financieras. Cuando ya no hay reparto de nada tampoco hay amigos leales, prójimos serviciales, ni compañeros dispuestos. Llega la hora de conocer la valoración real al otrora temido y amado patrón. ¿Qué persona de confianza les queda del ejército de incondicionales después del mandato perdido? Al refrán que sentencia que a los verdaderos amigos se les conoce en la cárcel y en el hospital, habría que sumar en el caso de los políticos, y en el día después de su desalojo del poder.

La desgracia del fin del poder público debe provocar estrés e insomnio en muchos de nuestros representantes populares. Pasar las noches en vela pensando en sus errores y horrores cometidos por acción u omisión. Reconfortarse con lo hecho bien y bien gastado a favor de algunos o de muchos. Deprimirse por los privilegios desaparecidos, por los sirvientes consumidos, por la nostalgia de la autoridad que se cancela. Justificarse en el “nadie está obligado a lo imposible” para creer que lo imposible es la obligación del esfuerzo y compromiso que debe comprobar el pueblo del que dimana el poder y los dineros que ostentan, quienes deambularán solitarios por los oscuros caminos de los imperecederos problemas de Chihuahua.