Opinion

El amor ¿qué es eso?

.

Alfredo Espinosa

domingo, 07 noviembre 2021 | 05:00

¿Qué se ama cuando se ama?, se pregunta el poeta Gonzalo Rojas, y quizá esa es la gran pregunta. No se sabe por qué se ama, tampoco se conoce a quién se ama. ¿Se ama acaso a ésa una única que cada quien inventa con la poderosa maquinaria de sentimientos y ficciones?  ¿Se ama a ese (a) en la que uno se mira como en espejos de humo, y donde se es más verdadero?, ¿o se ama a la que destila una química que sólo el secreto corazón descifra?  ¿Es el amor la insana diversión de buscar en otras, en sus raíces y en sus locuras, a aquélla que Dios te dio en el viejo paraíso?

¿Quién provoca estos encuentros? ¿Es el azar, los caprichos del destino, una elección sentimental o un cálculo de la mente? ¿Qué es eso, amor?, ¿es un cultivo, una construcción, o un relámpago, o de plano, un milagro? ¿Es Dios o el Demonio quien nos induce a tener ilusiones y delirios en esa enfermedad del alma que es el amor?

¿O todo es mentira, un gran juego, una treta del instinto que empuja al apareamiento? Somos animales, sin duda, pero animales que imaginan. Y entre más imaginamos, en una noche, podemos reescribir el Kama Sutra, o abrir las puertas del infierno al, por ejemplo, oscuro abandono de los celos.  

La criatura amada es un divertimento, un rompecabezas, un laboratorio; es el poema inasible de líneas curvas y atmósferas perfumosas. La criatura amada es tierra que gira, luna que muda, fuego que danza, agua que marea, aire que nos revuelve como se le antoja.

El amor es una de las experiencias que más conmocionan. Nadie sale ileso de ese trance, porque el amor obliga, atropelladamente o sucediéndose una a otra, a que participen todas las emociones humanas. 

El amor es el reino de las paradojas y de las contradicciones. Nadie lo puede definir, pero cualquiera que lo haya vivido, lo reconoce. 

Siendo el amor un fenómeno universal, presente en toda la historia humana y en todas las culturas, y que causa en quienes lo viven o lo estudian una enorme perplejidad, me sorprende que no exista un acuerdo: ¿se trata de un arte, una ciencia, una religión? Pese a que el amor es percibido como una enfermedad, una locura, un delirio, no existen hasta ahora profesionistas del amor. No existe una ciencia que se llame, tentativamente, amorología. A lo sumo existen sexólogos, terapeutas de pareja, consejeros matrimoniales, etc., pero nadie se atreve a anunciarse, pese a la propensión a la charlatanería, como amorólogo. 

La razón es que, pese a los rezongos de la neurobioquímica o de la antropología evolutiva, el amor no es asunto de la ciencia sino algo inefable que pertenece al mundo de los misterios. Por eso todavía las razones del amor se siguen buscando por muchos en las artes adivinatorias, la magia y las religiones, y siempre se encuentra en los ojos amados.

No obstante, se le ha pretendido explicar a partir de las concepciones supranaturales (divinidades, demonios, intervenciones mágicas), religiosas, artísticas, o –en contraste- a través de múltiples disciplinas científicas como la historia, la antropología, la psicología, las neurociencias, entre otras.

Por más que se le resista, el amor trastoca el prudente modo de comportarse, la sensatez civilizada que hemos aprendido para relacionarnos con la otredad. El amor seduce y cautiva, pero también altera y perturba, y con no poca frecuencia lo que pretendimos vivir como un sueño, se convierte en una aterradora pesadilla.

Los internautas se enamoran en algún sitio del ciberespacio de igual modo que Platón se enamoraba de los efebos en sus banquetes. 

Esencialmente el amor es el mismo: dos personas, independientemente de los motivos que aduzcan, se unen porque un sentimiento poderoso los arraiga en el corazón del otro. 

Lo que ha cambiado del amor son sus formas y su perdurabilidad. Y esto tiene que ver con la posición de la mujer en la escala social. Su integración al mercado laboral, su independencia económica y acceso a los contraceptivos, entre otras cosas, le permite vivirse no como propiedad de otro sino de sí misma. Y el cuerpo que antes permitía que lo tatuara su propietario con su fierro, se libera. La mujer ya no es un bien mueble facturado a un dueño, sino un instrumento de trabajo, sí, tanto como un vehículo de placer, un hervor de emociones propias, es decir, una persona. 

Aunque todavía persisten diferencias entre un hombre y una mujer respecto a la experiencia erótica, cada vez más parecen difuminarse. Ambos disfrutan el carrusel del sexo, sin duda, sin embargo algunas mujeres todavía defienden la supremacía sentimental en esos apareamientos. Lo cierto es que ya dueñas de su albedrío, muerden cualquier manzana que se les antoje. 

Pero una cosa es el sexo y muy otra el amor. Aunque muchas mujeres sigan jurando que primero aman luego tienen sexo (Tinto Brass asegura, en contraste, en una de sus deliciosas películas pornoartísticas que “las mujeres primero se mojan luego se enamoran”), pueden abundar los deslices, los cancos, los fugaces ligues, los acostones, las noches de copas locas, los reventones, etc., porque en la vida existen una enorme cantidad de tentaciones a las que sucumbimos, encuentros de cualidades diversas, pero de estos solamente los que sean excepcionales pueden convertirse en amorosos. Los más impactantes nos marcarán el corazón con una profunda y dolorosa herida cuya cicatrización será lenta y agónica. Con esos amores entreveremos el paraíso y habitaremos, por una larga temporada, el infierno. 

El amor son los amores; sus rostros son distintos. Pero cualquiera que sea su cara, es indefinible porque cada historia amorosa posee sus peculiaridades y matices. 

El enamoramiento, su primera etapa, es quizá, la más espectacular e ilusoria: un flechazo, un relámpago, una química mágica, logra de pronto que una mirada recorte a una sola persona entre la muchedumbre y la vuelva única; que se aventure en ella y en ella se interne extraviándose, hasta que la otra voz lo reencuentra y lo bautiza con su verdadero nombre. 

El amor provoca un sacudimiento, un arrebato, un vuelo súbito, una locura, una caída a lo insondable porque, parafraseando a Breton, el amor es convulsivo o no es. Y es que el primer movimiento del corazón que ama es la posesión, y paralelamente, la renuncia a su propia libertad para esclavizarse al amado. Sin embargo, la esencia del amor es la libertad. He ahí el indisoluble conflicto del amor.

Seguramente fuerzas ancestrales propician el apareamiento de dos criaturas con la finalidad de la procreación y la supervivencia de las especies. Sin embargo, en los humanos, el poderío del amor reside en que las personas que lo viven están convencidos que lo que está sucediendo, de ese modo tan especial y vibrante, sólo se da por que es él o ella, o ambos, y juntos. En el encuentro amoroso hay magia y milagrería, y la pareja, viviendo la novedad del encuentro, está convencida que están llamados a escribir una épica legendaria.

Comentarios:

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com