Opinion
Hablando y escribiendo

El arma del boicot

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Daniel García Monroy
lunes, 15 abril 2019 | 19:43

Todos los consumidores del mundo tenemos ante sí y a nuestra disposición una    potente arma --que no de fuego--, pero genial y maravillosa arma para protegernos,  para amenazar y para atacar a quienes todo quieren que les compremos, les creamos, les confiemos. Esa arma se llama BOICOT. --Gorda pero bonita la tal palabra, eh--. Término que de acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española es la adaptación de la muy similar voz inglesa “boycott”, que los anglo parlantes inventaron para definir la realización de una acción destinada a entorpecer o impedir que una persona o una empresa desarrolle normalmente sus actividades; utilizable como medida de presión para que dejen de discriminar, engañar  y/o robar a sus clientes. Pues qué bien suena el atractivo concepto. Nadie en su sano juicio puede negarlo; porque, perdón, pero al final de la perenne compra diaria, todos somos solitarios, frágiles y vulnerables: sempiternos consumidores.

Para explicar y enamorarnos de su histórica y trascendente significación, conozcamos el mejor ejemplo clásico de auténtico y efectivo boicot. 

Resulta que en el siglo pasado y sur de los Estados Unidos, existían leyes estatales draconianas de brutal segregación racial, por las que nunca los negros ---ni las negras, ninguna, niñas ni ancianas--, podían ocupar los asientos de la primera mitad de los camiones urbanos. Cuando por vacíos los lugares, un ciudadano de color osaba sentarse en esos sitios, en cuanto un hombre blanco subíase al chingado camión, la tal persona negra de indistinta edad, profesión, posición económica, cualquiera, estaba obligada por ley a levantarse y ceder su asiento a todo piel-pálida que se les parara enfrente. --Lógico es pensar que esas nazis-leyes arrasaban, aunque pocos fueran entonces, con cuanto migrante tomaba un camión en Alabama y demás estados racista; latinos-chinos-musulmanes, todo color de piel diferente debió sufrir feroz maltrato, qué duda cabe, si hasta ahora--.   

Pero llegó un memorable día primero de diciembre de 1955, en la ciudad de Montgomery, Alabama. Una desafiante, bendita y digna mujer negra de 42 años, llamada Rosa Parks, se negó a pararse ante un infame-caballero-albo-bestia, que le exigió el asiento. (Tal como medio siglo antes lo había hecho un joven abogado moreno llamado Mahatma Gandhi, en un ferrocarril de Sudáfrica). Pues nada, que el chofer, por supuesto blanco también, detuvo su autobús, llamó a la policía, y Rosa, la bienamada negra Rosa Louise Parks, fue sobajada, detenida, fichada y encarcelada como criminal, por su condenable violación a las leyes de la mejor democracia del mundo. (A Gandhi en 1899 sólo le habían aventado del tren en despoblado).  

El hecho trascendió por la prensa libre norteamericana y la reacción de los discriminados y humillados negros no se hizo esperar. Fue inteligente, solidaria y potente; se llamó: BOICOT AL TRANSPORTE PÚBLICO de aquella pequeña, religiosa y combativa ciudad sureña estadounidense de Montgomery, que con esa colosal acción de dignidad humana grabó su nombre con letras de oro en la historia mundial.

Un joven pastor protestante de 26 años, desconocido en aquel tiempo, llamado Martin Luther King, convocó desde su púlpito al paradigmático boicot. Y 48 mil negros unidos por una causa justa dejaron de utilizar el transporte urbano de su ciudad. Se organizaron y pusieron coches, trocas y cuanto vehículo pudieron al servicio de quien se quisiera subir de “rait”. Fueron insuficientes, claro está. Pero en paralelo sus demandas legales crecían y se fortalecían ante tribunales locales y federales, y más importante, ante la opinión pública nacional e internacional.   

Los idiotas dueños blancos del transporte de Montgomery, pensaron inocentes: jajaja, cuánto van aguantar estos pinches negritos caminando a la intemperie por las banquetas, jajaja. Pues pasaron los días que se hicieron semanas y luego meses. La protesta no retrocedió ni un milímetro. Para la comunidad negra fue un orgullo de lucha social caminar por las calles, serios y valientes, con frío o calor, viendo pasar a los camiones vacios que comenzaron a parar y sus propietarios a quebrar ante la falta del dinero de sus dignos pasajeros ausentes. 

Once largos meses de lucha después de iniciado el impresionante boicot irrenunciable, el transporte público y el gobierno racista de Alabama, doblaron las manos, cuando fueron sometidos por la Suprema Corte de Justicia estadounidense, que decretó: en el transporte y en las escuelas de todo el país no se aplicarán nunca más reglas de segregación racial. La primera gran-mínima-victoria de respeto a la vilipendiada raza afroamericana se había logrado. La fuerza de la unión bajo un liderazgo confiable e incorruptible marcaba la ruta de las grandes hazañas para vencer a los nefastos poderes fácticos.  

El triunfo de Rosa y Martin encabezando a miles de negros solidarios de Alabama, se catapultó a nivel nacional. Fue la chispa que prendió el incendio de la lucha norteamericana por los derechos civiles. Y todo comenzó señores, con la magnífica potencia social de empuñar la sencilla pero majestuosa arma del ¡BOICOT!

El boicot es democrático, casi comunista, porque puede ser enarbolado por torpes poderosos millonarios o pobres usuarios del transporte público. Donald Trump amenazó con convocar a su electorado republicano a dejar de comprar carros y productos de cuanta empresa estadounidense trasladara plantas de producción industrial a México. El ignorante amo supremacista blanco a abandonado ese discurso. Alguno de sus asesores con dos centímetros de frente le debió haber aconsejado: pues que está loco señor presidente, párele, no se imagina usted lo que podría pasar con los miles, millones de productos gabachos que vendemos en nuestro patio trasero. Pues sí míster Trump, abra usted la caja de pandora de la guerra del boicot y a ver de a como nos toca. 

Nuestro querido presidente Andrés Manuel López Obrador, amagó y cumplió con dar a conocer a las gasolineras más caras y a las más baratas, por el precio en mercado libre, con el cual se venden los hidrocarburos. Veladamente está convocando a un tímido boicot de las clases medias nacionales dueñas de automóviles, para que dejen de darle más y más dinero a los concesionarios que han aumentado su margen de ganancia, cuando Pemex les está llevando producto a menor precio. El fenómeno va ser muy pero muy interesante. Habrá que ver si el oculto boicot gana y va. 

En Chihuahua el eterno problema del transporte público esta escalando hacia una confrontación violenta entre un noble grupo de ciudadanos usuarios que están desafiando a un poder fáctico empresarial, que se ha hecho millonario explotando concesiones gubernamentales de un servicio público, que ya ni es servicio ni es público. Los dueños de camiones --prácticamente en todo el país--, arribaron a su jugoso negocio gracias a la corrupción del sistema priísta en declive, que no desaparecido. Pero aquí, como en toda ciudad, construyeron un sistema sindical donde 50 familias “propietarias” y mil trabajadores contratados bajo dos centrales obreras con dirigentes-dueños inamovibles es decir amafiados, se han convertido en un poder fáctico que somete increíblemente a cuanto gobierno estatal llega al poder.    

Lo único posible para recuperar el transporte como servicio público chihuahuense es el boicot. No contra el vivebús por supuesto, que es lo único salvable del sistema, sino contra las incontrolables rutas alimentadoras. Pero en guerra de guerrillas, no enfrentándolos a todos de un golpe. La estrategia demostrada es pésima porque más une a la pandilla que son los dueños del transporte y sus acólitos contra la sociedad usuaria toda. La táctica debe ser boicot ruta por ruta. Convocar a los usuarios de las rutas más denigrantes y golpeadas. La de las Granjas por ejemplo. Donde cuatro camiones dan el servicio entre semana y sábados y domingos un solo camión, que tarda hasta hora y media en pasar, se apiada brindar servicio.  

Convocar ahí, en esas colonias con pocos pero irritados usuarios, para que una victoria mínima se catapulte a toda la ciudad. Organizar el servicio en autos, camionetas lo que sea para que nadie se suba a esos urbanos. por el tiempo que se necesario, y con eso que los concesionarios dejen de dar el servicio y entreguen las rutas al gobierno; hasta al municipal, para que una buena señorita panista con visos de candidata a gobernadora, pudiera intervenir, y dar servicio gratuito cuando el conflicto escalara. Poco a poco ruta por ruta. Por las malas, en enfrentamientos directos, ellos los choferes y concesionarios son más lacras y delincuentes desaforados que nadie. Con un bello boicot parcial, por lo menos, se tendrían que sentar a negociar. Recuperemos para la historia de Chihuahua nuestra mejor arma social el BOICOT.