Opinion

El aumento al pasaje que viene

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Daniel García Monroy

domingo, 07 noviembre 2021 | 05:00

Hablar del pulpo camionero y su truculento servicio es y será exigencia crítica del sufrido viacrucis nacional. Desde la invención del camión urbano, al homo sapiens de a pie se le ha adjudicado una característica cuasi-biológica más, el transportarse en forma de paquetes estibables-comprimidos-rebotables, y condenados a pagar por la experiencia.

El cíclico conflicto del aumento al pasaje del transporte público reaparece puntual a inicio del sexenio Marunista, para recordarnos la permanente existencia de los poderes fácticos. Esos que sin ser elegidos decretan incrementos de impuestos con la venia y complicidad de las autoridades. Pues, qué es el alza al pasaje sino un impuesto puesto por la fuerza del poder, sobre la masa desorganizada de usuarios y por tanto indefensa a cuanto latrocinio se le impute. 

El atrofiado servicio de transporte concesionado es un anacrónico animal prehistórico supervivente en el siglo XXI. Su origen no fue otro que la habilidad del ogro filantrópico tricolor para emprender negocios desde los palacios. Los gobiernos priístas entregaron las redituables empresas del transporte a su sector obrero. Cooptar para amansar. De la noche a la mañana, líderes obreros cetemistas y croquistas, muchos de ellos analfabetas, fueron convertidos en flamantes empresarios. A cambio de su incondicional apoyo, --que por décadas significó acarreos, publicidad móvil y dinero en efectivo para campañas políticas--, los sexenios tricolores autorizaron el aumento al pasaje, prácticamente como su primer acto de gobierno. La falsedad repetida hasta el hartazgo como burla de coartada fue siempre la promesa del mejoramiento del servicio. 

El amasiato funcionó por lustros en beneficio de sus originales perpetradores. El usuario, invariablemente, fue visto como un estorbo, un fastidio al que había que pasar por alto  y soportarle sus mentadas de madre, pero nada más. Al final las monedas sustraídas de sus míseros salarios, pero multiplicadas por miles de viajes, se transformarían en las mansiones, carrazos y joyas de los barones de la chatarra rodante. 

Con la democracia electoral y su alternancia partidista, los ciudadanos soñamos con un potencial cambio en el desastre de la movilidad citadina diaria. Se llegó a pensar que la humillación que los fundadores panistas habían soportado por años de parte de los concesionarios --orgullosamente priístas--, por fin tendría una justa compensación. Llegada la oportunidad de la venganza ¿por qué dejarla pasar? Había que someter a la horda de pandilleros que desde siempre ha maltratado a los usuarios; abandonándolos en las oscuras esquinas; cortándose a la hora que les viene en gana; manejando como cafres drogados que odian su trabajo. Pero oh, triste realidad, los gobiernos panistas se acomodaron. Negociaron con el pulpo fáctico y el servicio siguió empeorando cada sexenio. 

Los funcionarios públicos de todos los partidos, que han acatado las exigencias de los concesionarios jamás viajan en camión, ¿cómo pedirles que comprendan la desdicha de quienes están obligados a trasladarse diariamente, triturados, estrujados y con el Jesús en la boca  (con todo y pandemia), para alcanzar la entrada a la escuela o el checador de su centro de laboral?     

La esperanza de una moderna transformación al servicio de transporte en las ciudades nos llegó de fuera. Las benditas plataformas de Uber, Didi y demás pusieron un alto al malo y caro servicio de taxis, que también estaba monopolizado por los sindicatos de las centrales obreras. El avance ha sido loable. El fin en la concesiones en este servicio público abrió la competencia mejorando en gran manera la atención y el precio de los viajes a todos sus clientes. Los taxis tal como los conocimos en el siglo pasado ya son una especie en extinción, a Dios gracias.

Pero el dinosaurio camionero sigue aquí. Y su demanda de más monedas recolectadas de entre los más pobres chihuahuenses sigue también aquí. Para justificar cada incremento de tarifas los gobiernos venden una idea absurda: lo que se necesita es la renovación de sus unidades. Con cien camiones nuevos el servicio mejora. Ni un billete de 15 pesos es más falso. Nadie en su sano juicio puede creer que se requieren camiones nuevos cada año, ni siquiera cada cinco. Con ventanas y puertas que se abran y se cierren correctamente, más llantas y mantenimiento que evite accidentes fatales es más que suficiente.                

La verdad es que el usuario término medio dispuesto estaría a pagar un tanto más por el servicio de marras, pero bajo la condición de que mejorara en una de sus más trágicas anomalías, la que más daña a los usuarios: el desorden de sus horarios.

Nada irrita más a los pasajeros que la espera de su transporte. Peor aún, cuando desde las ocho de la noche ya no se tiene la certeza de si su ruta realmente pasará. Por qué ha sido  imposible que los malhadados concesionarios y sus choferes tengan horarios precisos, por lo menos en las paradas más utilizadas y respeten esa hora. El largo y penoso plantón a 40 grados en verano o bajo cero en invierno es el problema básico del servicio. No debería ser tan difícil entenderlo. Uno podría aceptar viajar en una guagua cubana si a las 7.30 de la mañana la unidad estuviera puntual en su cita con su pasaje. Mejorar el servicio sería que todas las rutas operaran hasta su última corrida estipulada. Ya hablar de una aplicación que permitiera ubicar en tiempo real a cada unidad es una utopía más lejana que los autos voladores. 

Lo que sí es real es que nadie reclamaría aumento alguno a sus ganancias, si el pulpo camionero comprara un reloj para cada uno de sus tentáculos y se moviera con respeto por lo menos al tiempo del usuario, que sin remedio no dejará nunca de estrangular.